lunes, 27 de agosto de 2012

Caricatura: Alfred Hitchcock

Alfred Hitchcock (pequeño)


Tenía un poco olvidados los ejercicios de caricatura. En varias oportunidades empecé algunos que siguen ahí como en una especie de purgatorio. Y lo cierto es que ese trabajo a caballo entre lo digital y lo análogo a ratos se pone cansón.


En esta oportunidad es Hitchcock. No voy a decir mucho de él, amparado en el hecho de que estas es una entrada de imagen y en realidad ahora mismo no se me antoja mucho escribir. Lo único es recordar la emoción que me produjeron cuando las ví por primera vez películas como The trouble whit Harry, North by Northwest, la Soga, Spellbound, Pshyco, Los pájaros... eso sin mencionar Vértigo, que tanto tiene hablando a todo el mundo ahora.

Algunas entradas similares:

Balzac, B.B king, Keith Richards, Woody Allen, Quevedo, Robert Walser

domingo, 12 de agosto de 2012

Batman, otra vez


Batman


Esta pretendía ser una entrada muy corta... pero el tema es Batman...

Fui a ver The Dark Night Rises con la ansiedad de cuatro años de espera. Ansiedad acentuada por la efectiva campaña de promoción y expectativa. La inquietud, mía y de la mayoría de seguidores de la saga, era cómo iba a superar Christoper Nolan la intensidad de Dark Nigth Rises y el encanto de Joker, el personaje interpretado tan magistralmente por Heath Ledger… parecía imposible. Además esa segunda entrega había estado muy bien adobada por esa reflexión sobre el bien y el mal que le ganó el respeto y los elogios de un gran sector de la crítica, que la celebró casi como una muestra de cine de autor y que le dio a Nolan el prestigio como director de superproducciones, casi al nivel de personajes como Spielberg y Luckas. Yo, en mi calidad de espectador, siempre he respetado al tipo, pero no llego a la veneración. De hecho creo que Inception (2010), película con la que el cineasta inglés selló su prestigio como director de culto, no pasa de ser una versión larga y aburrida de La Jetté.

En esta oportunidad me inquietaba mucho la similitud entre el relato que ha ido tejiendo Nolan (y su hermano) con las ideas de Joseph Capmbell, personaje que cuenta con mi total predilección. Campbell, valga recordarlo, fue fundamental para George Luckas a la hora de concebir La guerra de las galaxias y se refirió a la película comparándola con algunos de los más grandes relatos de la cultura occidental: La odisea, La divina comedia, en fin… El Batman de Nolan cuanta también con algunos de esos elementos de los relatos clásicos tan característicos en Luckas: el sacrificio, la caída del héroe (su descenso a los infiernos), una visión maniquea del mundo, la expiación de las culpas… El caso es que aunque todos elementos siguen presentes, Nolan dice nunca haber leído a Capmbell. Lo cual no significa que la influencia no exista…

Bane

Como a millares de personas también me llamaba poderosamente la atención Bane. Para cuando se anunció quien interpretaría al villano aún no había visto Bronson y me pregunté quién era ese tal Tom Hardy  ¿Cómo era posible que a Ledger lo sucediera semejante desconocido? Ok, por eso siempre he dicho que los prejuicios terminan dándonos una bofetada. En aquella película de Nicholas Winding Refn Hardy deja claro su gran estatura como actor y justifica muy bien su presencia en la saga de Batman. Bronson es un personaje detestable que prácticamente lo hace a uno revolcarse en la silla… Eso solo puede lograrlo un gran actor, uno que sepa darle profundidad a sus creaciones, que se transforme en ellas desde adentro. Y en efecto Bane es poderoso e imponente con solo su presencia. Desde su primera aparición en ese avión esposado y de rodillas uno siente que esta ante un león. Obviamente el toque final se lo da la voz, que se oye siempre como en un plano diferente (probablemente debido a que tuvieron que grabarla de nuevo atendiendo a las críticas que generó el primer tráiler) y que hace vibrar la sala cada que se oye. En mi opinión Hardy no fue inferior a Ledger.

Selina Kyle también me generaba curiosidad: ¿Cómo iba a lograr esa flaquita de Anne Hathaway ponerse en la piel de un personaje tan carnal y tan malicioso? Me parecía improbable que eso fuera posible para una belleza lánguida y de aire  hipster. Pero me equivoque otra vez. Hathaway le pone tanta gracia y nos muestra a una villana tan inteligente que uno lo lamenta cuando termina cada una de  sus apariciones . Creo que no es tan sensual como la Gatúbela de Michelle Pfeiffer, pero no le hace falta. Su aire de revelde buscapleitos le basta.

Se me ocurre que Dark night rises esta a la altura de lo que prometió: ser una épica conclusión de la saga, tan emocionante como su antecesora. En las más de dos horas y media que dura uno escasamente tiene tiempo de espabilar y a diferencia de Dark Knigth, que cuenta con ese clímax en la mitad que partía a la película en dos, en esta entrega el relato fluye encadenado, con un respiro luego del primer encuentro entre Batman y Bane pero reservando el impacto mayor de la historia para el final.

Hay que reconocer que el guion es grandilocuente y a ratos algunos giros parecen inverosímiles, propios de un comic y no del aliento realista que Nolan siempre le quiso dar. Pero aun así creo que mañana mismo iré a repetirla por tercera vez.

martes, 7 de agosto de 2012

Dos películas colombianas








Dos nuevos historias del cine colombiano. Una explora la fantasía y la otra la brutal realidad










Chocó de Jhonny Hendrix


El simple rumor de que venía una película sobre el Chocó me pareció emocionante. Un lugar tan abigarrado y hermoso debería dar lugar a imágenes e historias aún muy poco exploradas por la filmografía del país. Por supuesto, hubo que esperar su paso por los festivales de cine, donde al parecer le fue bien. Hasta que por fin se estrenó el pasado 3 de agosto y creo que, por lo menos en lo que se refiere a los paisajes, aquella expectativa se cumple de sobra: Jhonny Hendrix y su director de fotografía se detienen de una manera casi sensual pero al mismo tiempo rigurosa y naturalista, sin ensoñaciones, en ese mundo de verdes y ocres casi infinitos. En ese mundo de pieles oscuras y sonrisas luminosas. Su mirada es la del documentalista, de hecho el trabajo con los actores es notable: prácticamente todos son naturales y los que no lo son del todo, como es el caso de Fabio Restrepo, a quien vimos por primera vez en Sumas y Restas de Víctor Gaviria, se formaron justamente en el empirismo.  Hay secuencias fluidas y memorables que conmueven porque en ellas palpita la vida tal y como es.


Justamente  ese parentesco con el documental seguirá haciendo de Chocó una película importante y tal vez, aunque la palabra suene ceremoniosa, imprescindible. Porque no son solo las imágenes sino además las preguntas por problemáticas vitales de la zona, y del país, como la minería y la visión estereotipada y mezquina que persiste de la mujer como un apéndice del hombre. De hecho  Chocó, el personaje central de la historia, interpretado felizmente por Karen Hinestroza, es una representación alegórica de la región: de su belleza, que vive plano a plano encarnada en Karen o en los paisajes o en la piel y la sonrisa de la gente… Pero también es una representación de su miseria: de su descorazonadora falta de oportunidades, del saqueo al que la somete el país, el mundo entero… Vale la pena mencionar el ajuste de cuentas que la historia (no vamos a decir que el director) le hace a la cultura antioqueña, cuyo racismo ha menospreciado y explotado al Chocó de una manera casi sistemática.


Un aspecto que tal vez no está tan bien logrado en la cinta es la historia misma, y eso es serio considerando que hablamos de un argumental. Se me ocurre que la intención documental, por loable que sea, y los asomos de denuncia social dan al traste un poco con el hilo narrativo, le restan fuerza: en un episodio Chocó es la mujer maltratada, en otro es el pueblo carcomido por la minería, en otro es la antigua voz de la tradición, en otro es la magia de una tierra y una cultura, en otro es la presencia de la madre tierra, en otro sus costumbres…  Y la película se transforma en libro de estampas, dignas de verse todas ellas pero da la impresión de que tal vez quisieron meter mucha harina en el mismo costal y entonces el final, narrativamente, se siente un poco precipitado. Como si no se hubieran dado los pasos justos para llegar a él.


Sofía y el terco de Andrés Burgos





Este film es un respiro en medio de la marea de películas que vienen explorando la historia reciente de Colombia y su conflicto. Incluso a la luz de esa tendencia, y hablando exclusivamente de nuestro medio, casi que podríamos decir que es una propuesta arriesgada. La historia es muy sencilla: Sofía quiere conocer el mar pero no logra hacerlo porque su viejo esposo, el terco, vive encontrando pretextos para no emprender el viaje. El director, Andrés Burgos, ha declarado que la película tiene un poco el aire de Bresson y de Kaurismaki… A mi se me ocurre que podríamos ver también un poco  en este filme, en la simpleza de su historia, a un viejo maestro como Abbas Kiarostami, en particular  ¿Dónde esta la casa de mi amigo? E incluso, en su condición de road movie, recuerda en aquella gran película uruguaya que fue Whisky. Sin embargo hay también en Sofía y el Terco un aire onírico y fantasioso que la acerca al universo de Jean Pierre Jeunet y de películas concebidas para poner sonrisas en los rostros del público como Amelié…


Un aspecto para destacar es la participación como protagonista de Carmen Maura, una de las míticas chicas Almodovar. Sin embargo creo que en ella es donde la película empieza a flaquear un poco. La historia esta basada en una novela del mismo nombre y escrita también por Burgos. Yo la desconozco y por lo tanto ignoro si en ella la protagonista también carece de diálogos. En efecto, Sofía nunca habla, pero no es que sea muda, es solo que los demás hablan por ella y su lenguaje es el de los gestos. En alguna entrevista Maura ha declarado que esa característica, su mutismo, fue la que le resultó atractiva en el guion. Es del caso adelantar que la historia se cuenta en muy pocas palabras, casi nadie habla. Pero en el caso de Maura yo tengo una teoría retorcida: su personaje no habla porque no puede hablar, porque es española y su acento sería injustificable en la historia de una mujer que vive en algún lugar de Antioquia y no conoce el mar… Claro, era más fácil tratar de argumentar desde el guion la ausencia de palabras… Pero Maura no logra salir nunca de una suerte de realidad paralela dentro de la película debido a su silencio, parece un personaje traído de otra parte que no logra encajar, como una silueta de papel puesta sobre un óleo.


Hay también, creo yo, un ligero exceso de ensoñación infantil en la película. Espero que no sea un achaque mio pero vivimos en un mundo que ha sobrevalorado a los niños, a su estética… por supuesto la niñez es un paraíso perdido y es una etapa hermosa, pero las generaciones que crecieron en el pleno auge de los medios masivos de comunicación la han convertido a estas alturas en un cliché que raya en el absurdo: muñequitos en todas partes, ternurita aquí y allá… Y creo que eso afecta un poco a Sofía y el terco: cuenta con la bondad de explorar una manera de contar nuestra realidad pero se acerca peligrosamente al escapismo insulso.

domingo, 24 de junio de 2012

Cabo de Buena Esperanza (I)

Páginas de un diario de viajes
Cabo de buena esperanza I
Panorámica de Ciudad del Cabo desde Table Mountain

Fragmentos de un viaje desde Ciudad del cabo hasta Cabo de Buena Esperanza, uno de los confines del mundo.


El teléfono sonó a eso de las seis de la mañana. Wake up call, wake up call, dijo una vocecita al otro lado de la línea. Ok, gracias. Afuera caía un aguacero a plomo y en el puerto la nablina había devorado por completo los incontables barcos y yates. La ciudad entera parecía un refrigerador.  En la garganta la sensación de haber  bebido un puñado de arena. Traté de recordar qué día era… ¿Lunes? No ¿Viernes? Ni idea. Cerré los ojos de nuevo y oí por un instante  la algarabía y la canción de Fleetwodmac: Can you hear me calling out your name, you know that i’m falling etc, etc… Vi el dúo de hippies cincuentones tocándola allá al frente. Me vi brincando y derramando mi vaso de cerveza Guines sobre los hombros y las tetas descomunales de esa rubia… un sentimiento ligeramente parecido a la vergüenza se me metió en el pecho. It’s ok, había dicho ella con una sonrisa complaciente y hermosa.  

Sonó el teléfono de nuevo. Era Calvin. No recuerdo su apellido. Lo habíamos conocido alguna madrugada; fue el único taxista que sabía dónde llevarnos a comer a esa hora ¿Qué quieren? ¿ Do you like KFC, guys? Se oyó como a una promesa del Paraíso…. Hi, Juan, dijo esa mañana con su voz pastosa y aguda a través de la bocina. Are we ready? Ya bajo, Calvin. Colgué.

Tocaron la puerta. Era José. ¿Usté qué? ¿Va para Robben Island? El clima era atroz, por lo menos para alguien del trópico: unos cinco grados. Me habían advertido sobre Robben Island: hay marea alta, no van a dejar viajar a nadie.  Pasé por el restaurante, desayuné una taza de café con  tostadas, jamón y queso;  guardé dos manzanas en mi mochila. En la recepción del hotel mis demás compañeros de viaje hacían votos para que escampara. Quihubo ¿Vamos para Robben Island? No. Allí estaba Jack ¿Hablaste con calvin? Sí. Ok, vamos. Nos alcanzó José: ¿Ustedes para dónde es que van? Cabo de Buena Esperanza. ¿Y allá qué dan de bueno? No dijimos nada. Yo mejor me voy con ustedes, muchachos…Ok.

Nos subimos al taxi.  Where is your hat, Juan?  Dijo Calvin. Ignoro por qué decidí dejar mi sombrero. I like your hat. Ok…  Avanzamos en medio de la lluvia buscando lentamente el sur. Cerca de dos horas de viaje nos separaban de nuestro destino. A través de las ventanillas Ciudad del Cabo se veía pulcra y minuciosamente organizada con su mezcla de arquitectura holandesa y musulmana. De hecho nunca logré conciliar esa imagen con la reputación  de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. 

¿Are we coming to the townships?  Preguntó Jack. Calvin nos había propuesto hacer un recorrido breve por las zonas que durante el Apartheid habían sido destinadas a los “no-blancos”, los barrios pobres, los townships. Para allá vamos, respondió el viejo taxista. Recordé de inmediato la película de  Neil Blomkamp ¿Podemos pasar por el distrito seis? Le pregunté. Esa zona, que inspiró la historia de Distrito 9, había sido declarada exclusiva para blancos a mediados de los años 60. En los siguientes quince años más de sesenta mil personas fueron reubicadas a más de veinticinco kilómetros en los llamados Cape Flats. Yes, Juan,  I can take you there, y de paso les muestro mi casa, is that ok, guys? Calvin, que llevaba cuarenta años ganándose la vida como taxista, estuvo entre los primeros en retornar al distrito 6 en 2004, gracias al empeño del expresidente Mandela. Afuera había empezado a escampar.

Yeah, it’s ok, Calvin.


lunes, 18 de junio de 2012

Prometheus

Alguien le robó el fuego a Ridley Scott

prometheus



Reseña de la esperadísima precuela de Alien

A pesar de todos los años que han pasado no olvido la emoción enorme que sentí cuando vi por primera vez Aliens, la secuela de Alien, el Octavo pasajero, dirigida por James Cameron: el sonido de las armas, el diseño de las naves, la manera precisa como estaba definido cada uno de los personajes (según estereotipos del género, claro), la historia, que no paraba de dar sobresaltos… Por supuesto, para entonces no era nada más que un niño y resulta normal que me sitiera abrumado, pero incluso hoy creo que se trata de un relato maduro que obviamente explota las reacciones a flor de los espectadores, como es de esperarse de cualquier superproducción de ese tipo, pero que alcanza varios niveles de lectura y que merece un lugar muy destacado en la historia del cine de ciencia ficción e incluso en la historia del cine, así sin apellidos. La contienda entre la teniente Ripley y la reina Alien alcanza, creo yo, una intensidad y un dramatismo tal que a ratos parece una antigua epopeya. Es como el enfrentamiento épico entre dos fuerzas de la naturaleza.

De manera que cuando se confirmó la noticia de que Ridley Scott se haría cargo de una precuela de la historia, el entusiasmo y la ansiedad aparecieron de inmediato. Scott, como sabe todo el mundo, dirigió la primera parte de la saga y estuvo detrás de otro hito enorme de la ciencia ficción: Blade runner. Muchos se empeñan en seguir llamándolo un ‘gran director’, pero creo que más allá de Telma and Louise  sus películas nunca han pasado de ser, en el mejor de los casos, aceptables. Sin embargo, puesto que fue el creador del universo de Alien, su regreso era, por lo menos, esperanzador.  Mucho más aún si consideramos que luego de la segunda parte la saga entró un poco en desgracia: Alien 3 fue un muy buen intento de David Fincher, pero tal vez alejarse tanto de la estética visual de H.R Giger y del ritmo trepidante que impuso Cameron no fue del todo una buena decisión… Y Alien: Resurection fue un desacierto total por una razón extraña: la visión tan personal de  su director, Jean Pierre Jeaunet. El tipo sin duda es una de las personalidades más interesantes del cine actual, pero era demasiado raro ver en Alien a los mismos personajes de miradas desorbitadas y sentir la atmósfera onírica de películas como Delicatessen o Amelié. El tono sencillamente debía ser otro.

El caso es que luego de tanta espera llegó Prometheus, la historia de cómo la curiosidad humana provocó el surgimiento de esos asesinos voraces que son los aliens… Se trataba tal vez de la película más esperada del año luego de The Dark Knigth. La campaña de expectativa fue intensa: afiches promocionales, spots, un corto en el que se presentaba a David 8, un androide en la línea de Bishop… y los trailers. Tres. Todos electrizantes.


Y pues… habría que decir que la película no está del todo mal: se responden dos preguntas que siempre tuvieron a los fans en ascuas y que fueron motivos de críticas: el origen de los aliens y la identidad de la otra raza extraterrestre, mencionada en la segunda parte de la saga; eso está bien. Sin embargo, Ridley  Scott, fiel a su marca como director en las últimas dos décadas  avanza en el relato a empujones  y apela de manera impenitente a recursos  desgastados y predecibles, al punto de acabar con por completo con el carisma de la historia… Algo que recuerda un poco su  pésimo trabajo en Hannibal, la segunda parte de El silencio de los inocentes…

Por ejemplo: cualquier espectador con cinco dedos de frente sabe a ciencia cierta cual será el papel que jugará en la trama David, el androide interpretado por Michael Fassbender. Lo mismo ocurre con el personaje de Charlize  Theron, que probablemente no le aporta nada al relato, pero desde el principio se revela como un lugar común… Y la representación de la raza extraterrestre superior, los ‘ingenieros’… una variación de la apariencia estereotipada del típico marciano. En este punto hay que recordar que uno de los factores que más fascinación produjo en la saga fue esa estética poderosa y poco convencional. 

En favor de la película habría que decir que, en el contexto de la cartelera actual,  resulta incluso entretenida. Visualmente además es una delicia que cuenta con Dariusz Wolski, experto en ambientes lóbregos y bizarros, como director de fotografía… A Wolski, valga recordarlo, le debemos la fotografía de Piratas del caribe, Sweeney Todd, Alice in Wonderland,  Crimson Tide, (dirigida por Tony Scott, el hermano de Ridley)  y de otra película oscura, The Crow, cuya atmósfera opresiva es lejanamente semejante a la de Prometheus.

De los actores no hay mucho qué decir, excepto que es un gusto ver a Noomy Rapace  en este otro registro, bonita y ya lejana a Lisbeth Salander.

lunes, 11 de junio de 2012

The Boat that Rocked

Navegando por las nostálgicas aguas de la radio y el rock 'n roll

The Boat that Rocked



La entrañable comedia de Richard curtis, otro capítulo en el cine de la historia de la radio y el rock.












































































Fuentes:

Richard Ellen; “On the run”. Podcast diponible en la web: http://www.transdiffusion.org/radio/features/on_the_run_the


“British radio before the Caroline era”. Disponible en la web: http://www.radiocaroline.co.uk/#history_part_1.html




La escena puede parecer exótica y lejana pero guarda una curiosa similitud con el mundo de navegantes y de piratas virtuales en el que vivimos: en la Inglaterra colorida de los años sesenta, cuando la BBC de Londres llevaba más de cuatro décadas convertida en un imperio mediático incontestable, decenas de hombres al frente de emisoras instaladas a bordo de barcos en las aguas heladas del Mar del Norte, sin dios ni ley y fuera de la jurisdicción del gobierno británico, dedican sus vidas a la radio transmitiendo 24 horas al día una música nueva, extraña y corruptora de la moral llamada rock & roll.  El tipo de vida que muchos quisieran…Por supuesto, no pasa mucho tiempo antes de que  la Corona ponga todo su empeño en declarar la ilegalidad de esos medios, escandalosamente libres, carismáticos y entretenidos, cuya señal llega a más de veinte millones de ingleses, en su mayoría jóvenes y adolescentes baby boomers, aquella generación fruto de la insólita explosión demográfica en Inglaterra y otros países anglosajones luego de la Segunda Guerra Mundial. Esa generación que luego llevaría por estandarte la rebeldía y la lucha por las libertades individuales.

El encargado de contar en el cine la historia de esas emisoras, conocidas como pirate radios, fue Richard Curtis en The Boat That Roacked (2009),  una comedia sobre la amistad  y  la  música y una celebración de un medio que curiosamente encontró el impulso definitivo para su desarrollo con el hundimiento de un barco cuando en 1912, luego de tres días tortuosos, el Titanic lograra transmitir por fin su angustiosa pero ya casi inútil señal de S.O.S. La película cuenta con un elenco de comediantes y actores de ensueño que le aportan gran parte de su encanto: Phil Seymour Hoffman, Bill Nighy, Nick Frost, Chris Ifans, Emma Thompson, Kenneth Branagh… En fin. Curtis, valga decirlo de paso, cuenta con el peculiar mérito de ser el creador de Mr Bean y firmó en 2011 el guion de Caballo de Guerra, película del inesperadamente empalagoso Steven Spelberg. Escribió además comedias memorables como Cuatro bodas y un entierro, Love Actually (que además dirigió), El diario de Bridget Jones y su secuela.

Aunque The Boat That Roacked está ambientada en los años sesenta, la radio en realidad comenzó su historia siendo pirata: cientos de aficionados y experimentadores a finales del siglo XIX y principios del XX convertían el espectro radioeléctrico en un enjambre de señales confusas que una y otra vez interferían en las comunicaciones de los barcos, lo que en efecto ocurrió con el Titanic y aceleró la creación en Estados Unidos de una ley para regular las radio comunicaciones solo unos meses después del hundimiento. Algunos de esos aficionados están incluso involucrados estrechamente con el desarrollo del cine, al punto de ser figuras paternales: Lee De forest y Thomas Alba Edison, que recorrieron algún tramo del largo camino por dotar a las películas de sonido, y que además de inventores eran verdaderos hombres de negocios, invirtieron parte de su ingenio en tratar de encontrar las aplicaciones comerciales del trabajo de Tesla y Marconi.

Pero el esplendor de la radio pirata llegó en los sesenta con la eclosión de la música pop. En esa Inglaterra llena de jóvenes, la siempre adusta BBC Radio solo se permitía transmitir algo menos de una hora de música y vetaba a los artistas que se presentaban en medios como Radio Luxemburgo, una emisora comercial especializada en música y entretenimiento que amenazaba su imperio. Bastaron solo unos años para que un puñado de emisoras comenzaran a transmitir desde barcos, en aguas internacionales, especialmente en el Mar del Norte, para evitar la jurisdicción de las leyes inglesas. Algunas, como Radio Carolina y Radio London (que  aún existen pero ahora transmiten legalmente) se convirtieron en leye
ndas y sus DJ eran admirados como estrellas. Había que tomar cartas en el asunto…

Por supuesto hay una gran similitud entre aquellos piratas  que compartían la música que identificó a una generación con los piratas virtuales que actualmente mantienen en ascuas  a los gobiernos del mundo. En el fondo en ambos casos nos encontramos con negocios que aumentan el patrimonio de alguien, pero que al mismo tiempo benefician a millones de personas que pueden acceder libremente a ideas y conocimientos que de otra forma no conocerían. Y como sabemos perfectamente desde la invención de la imprenta, no hay mayor riesgo para el status quo que la difusión indiscriminada del saber.

Vale recordar en este punto que parte del poder que se le atribuye a la radio radica tal vez en el carácter in material del sonido que, a diferencia de lo que ocurre con las imágenes, le permite cruzar todo tipo de barreras y viajar impunemente por el espacio. En el Discurso del Rey, la película de Tom Hooper ganadora del Oscar en 2010, Jorge V le advierte a su hijo y sucesor que gracias al invento de la radio  ahora el Rey entra en la casa de cada uno de sus súbditos cuando pronuncia un discurso. Era un hecho y siempre hemos tenido que correr con las consecuencias. Antes que la televisión y mucho antes que el internet, las ondas hertzianas habían  invadido riesgosamente los hogares del mundo con su universo nostálgico de sonidos y palabras. Fue a ese medio en todo caso al que primero se le atribuyeron en el siglo pasado los efectos nocivos de la comunicación masiva. Por ejemplo En Días de Radio la madre le dice  a Joe, el alter ego de Woody Allen,  que va a arruinar su vida si no se olvida de la radio, que ya para finales de los años treinta estaba poblada de relatos de superhéroes escabrosos y vengadores enmascarados; lo dice como cualquier madre de hoy trataría de persuadir a su hijo de que se aleje de Facebook o de Twitter. Con mucha frecuencia se cita también el poder de convicción devastador de los discursos radiales de Adolfo Hitler y Joseph Goebbels, su ministro de propaganda, sobre la confundida y débil conciencia de esa Alemania que cargaba con la vergüenza de la derrota luego del Tratado de Versalles y aun así se preparaba para la Segunda Guerra Mundial. Y durante los peores momentos de los combates en el Frente Oriental tanto rusos como ingleses, maestros de la guerra sicológica, usaban sus emisoras para martillar una y otra vez el siguiente mensaje desolador: cada siete segundos muere un soldado alemán en Stalingrado… En Colombia en particular, y lo podemos comprobar en Confesión a Laura de Jaime Osorio, todavía recordamos con asombro y tratamos de comprender las consecuencias de la intervención de gente como Jorge Zalamea en la Radio Nacional y de las emisoras clandestinas que incitaban a la insurrección y transmitían los comunicados del Partido Comunista aquel nueve de abril de 1948.

Por último queda recordar de nuevo al Rock como gran parte del espíritu que les daba vida a aquellas emisoras piratas y como uno de los elementos más atractivos de The Boat that rocked. Esa música nacida del blues siempre ha llevado un aire subversivo y comunitario y logra que en ocasiones el espectador quiera olvidarse de la pantalla para ponerse a brincar mientras suenan The Rolling Stones, The Turtles, The Who y hasta David Bowie  y mientras los personajes van  por el barco haciendo air guitar como unos renegados inmaduros y encantadores.

domingo, 3 de junio de 2012

El Club de la Lucha de Chuck Palahniuk

el club de la pelea 5

Breve reseña de otra lectura aplazada



















Hace unos días pasé el dedo  sobre el lomo de los libros ubicados en el estante destinado a las novelas. La idea era leer o releer aquella en la que se el dedo se detuviera, al azar. Y el dedo, como una ruleta rusa, se detuvo en  otro de esos libros cuya lectura había aplazado durante mucho tiempo por desdén: El club de la Pelea de Chuck Palahniuk. Aunque creo que en esta oportunidad quien más desgano me producía era el autor en sí… y siendo mucho más específico, me producían desgano sus lectores… en fin, sin duda es un achaque más.

El caso es que  despaché el libro muy rápido: se trata de un volumen de algo más de doscientas páginas de narración ágil y salpicada de diálogos que no opone mayor resistencia. Ya hace unas semanas, tal vez preparándome sin saberlo, había leído Error humano (Stranger than fiction), una recopilación de crónicas y perfiles en las que Palahniuk  se vale de una escritura desabrochada y llena de imágenes muy al estilo de  Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y en general los viejos maestros del Nuevo Periodismo. El libro es una suerte de epítome de ese estilo que el tipo inició mucho antes en el Club de la pelea.

Me resultó extraño ir descubriendo esas imágenes tan bien conocidas ya por la película: los grupos de apoyo, la casa decrépita usada como fábrica de jabón, los sórdidos sótanos donde tienen lugar las peleas, los aviones, la cocina en la que trabaja Tyler Durden, en fin. Y hay que anotar que la películas en últimas fue bastante fiel al libro… lo cual a mi juicio constituye un merito enorme  porque siendo así de fiel resulta considerablemente más entretenida… Sin decir que el libro no lo sea, obviamente.

Algo que me llamaba mucho la atención era saber cómo estaba resuelto en el libro el momento en el que el protagonista, de quien no conocemos el nombre, descubre que él mismo es Tyler Durden. Recuerdo mucho el desconcierto que me produjo ese momento en la película de David Fincher. Esta bien que Fincher nunca muestra a Durden, al protagonista sin nombre interpretado por Edward Norton, y a Marla Singer en el mismo plano, pero Pitt y Norton aparecen juntos, acompañados por otros personajes que los reconocen como personajes distintos  en una infinidad de ocasiones lo cual constituye, considero yo, un engaño imperdonable por parte del director, quien sin lugar a dudas hubiera logrado un relato mucho más fino y sorprendente si nos hubiera ido dando más pistas para comprender el trastorno de personalidad del protagonista. Creo que se hubiera producido, como se produce en, digamos, el Sexto sentido, un impacto mayor condimentado por el hecho de que la evidencia del misterio siempre estuvo allí… pero no. La película sencillamente, de un momento a otro nos dice: lo  dos personajes son el mismo…Y en el libro ocurre exactamente lo mismo.

Recuerdo a propósito de ello cierto cuento de P.D James en el que un narrador en primera persona nos cuenta cómo presencia desde lejos un crimen. Nos lo cuenta minuto a minuto. Y solo al final revela que su narración es una mentira, y él es el asesino… Es un cuento decepcionante básicamente porque es como si el autor nos contara de hecho una mentira. Nunca estuvimos ni siquiera teóricamente en iguales condiciones para descubrir al criminal. Y no lo estuvimos  porque el narrador en lugar de velar la información la cubrió con datos falsos. Todo lo contrario hicieron siempre los grandes autores de misterio: darnos suficiente  información  como para que por nuestra cuenta supiéramos la identidad del asesino o descubriéramos el misterio, no importa cuál fuera… y es allí donde falla el Club de la Pelea, tanto la película  como el libro, lo cual de todos modos no le quita su lugar como uno de los intentos más felices de renovar el ya antiguo cuento de Jekyll  y Hide.

domingo, 27 de mayo de 2012

Versiones del Apocalipsis (II)

Una pesadilla espléndida de Brueghel

el triunfo de la muerte

Segunda entrada dedicada al tema del apocalípsis y el concepto de decadencia.

Desde el alba mismo de lo que hoy llamamos civilización podemos encontrarnos con la idea sin duda irónica de la destrucción y el caos como fuentes de la vida y el orden, y con la presencia repetitiva del concepto de decadencia e inminencia del fin. Concepto que tal vez resulte tan recurrente e intemporal en los seres humanos como resultado de la proyección inevitable del ciclo de nuestros  propios cuerpos y nuestras propias vidas en la realidad en la cual participamos.

Casi podría decirse que la historia de la civilización lo es también del concepto de decadencia. Todas las culturas, desde Sumeria hasta el mundo actual, han hablado del fin del mundo y de la corrupción que lo antecede. Se han valido para ello con el arte y la literatura de recursos apabullantes: imágenes siniestras que describen el sufrimiento final.

Una de las épocas más fecundas en aquel tipo de imágenes fue, sin lugar a dudas la Edad Media. Las circunstancias eran perfectas. Para el siglo IV los pueblos bárbaros habían terminado por derribar al colosal imperio romano y entonces Europa se atomizó en decenas de pequeños pueblos brutales que en sus torpes intentos de expansión se perdieron en interminables y sangrientas guerras: en Oriente una nueva religión, el islam, daba lugar a un conflicto que terminaría con esa sucesión de masacres conocidas como las Cruzadas, y la peste diezmaba a la población con sus constantes rebrotes. Tal mortandad y confusión quedó documentada en la obra de escritores como Boccacio y Dante: en la pintura surgió una especie de subgénero profundamente religioso.

 En retablos e ilustraciones aparecieron escenas que representaban a la muerte personificada en esqueletos que invadían los poblados armados de hoces y espadas y masacraban a quien encontraban a su paso. Era el Triunfo de la Muerte (o la Danza de la Muerte), un tema puramente que sin embargo alcanzó su máxima expresión en el Renacimiento con la obra de Peter Brueghel, el viejo. Como el Quijote de Cervantes, El Triunfo de la muerte, pintado por el artista flamenco en 1569 da cuenta de lo que puede ocurrir cuando un genio creativo se ocupa de un tema gastado y tal vez trivial. De cualquier forma, por recurridos que hubiesen parecido los esqueletos, la esencia de lo que representaban continuaba intacta: la conmoción religiosa ocasionada por la Reforma de Lutero en Alemania a principios del siglo XVI se vio muy pronto refrenada por innumerables masacres de católicos y protestantes. De hecho, unos pocos años después de que Brueghel plasmara su obra ocurrió en París la llamada Noche de San Bartolomé, una orgía de sangre en la que los cristianos pasaron a cuchillo a cientos de protestantes y que parece inspirada en la pintura de el viejo Brueghel…


La pintura, un óleo sobre madera de 117 x 172 que reposa en la colección del Museo del prado de Madrid, es una suerte de poema épico lleno de personajes y situaciones conmovedoras: un ejercito de esqueletos brutales se toma un poblado, masacrando a quien encuentran, incluso al rey a quien uno de los esqueletos muestra un reloj de arena mientras otro saquea sus arcas; en el extremo inferior a la derecha un bardo, moribundo en manos de su amada, saca las últimas notas de su laúd. muy cerca de ellos tal vez el personaje más importante y conmovedor: un caballero, como resignado a no desenvainar su espada, contempla la escena con asombro e impotencia.






sábado, 12 de mayo de 2012

A dangerous method

A dangerous method poster



Una película más de Cronemberg, que ahora nos tiene en ascuas esperando Cosmópolis.

Para tratarse de una película de solo hora y media A Dangerous Method resulta bastante fiel a la complejidad del psicoanálisis. Mérito que se le debe sumar al de ser un relato legible y fluido. Las imágenes por momentos parecen visiones de algún paciente en terapia: en algún fotograma vemos al doctor Freud, que trata de resolver la incógnita de la mente humana, parado ante la inquisitiva y solemne estatua de una esfinge, como si fuera un Edipo moderno. En otro, el joven Jung, quien se siente un poco agobiado por su matrimonio, se sueña en la amplitud de un mar esplendoroso navegando confortablemente con su amante en un pequeño velero  que, visto desde arriba semeja unos genitales femeninos. Y a esa amante, una paciente histérica que al parecer no ha superado lo que el psicoanálisis llama la ‘fase anal’ y evidencia una tendencia notable hacia el sadomasoquismo,  Cronnemberg nos la muestra en cierta secuencia retozando feliz y embarrada en un pantanoso charco… 


Sin embargo Cronemberg no es fiel a uno de los aspectos más felices del psicoanálisis: ser entretenido. De hecho algunas de las críticas más feroces a la ciencia de Freud, que en últimas viene siendo el último aporte reconocible de las humanidades al pensamiento científico, es que su fundamento son las ensoñaciones y los desvaríos de su creador, por decirlo así, de una manera resumida… El caso es que, muy a pesar de lo que puedan decir personalidades como Michael Onfray, el psicoanálisis produjo una porción de la mitología y la literatura más fascinante en siglos. No en vano Harold Bloom le concedió a Freud en el Canon Occidental el título de mejor ensayista del siglo XX (pero no cabe duda de que el viejo Bloom hubiera querido premiarlo como autor de ficción)  La Introducción al psicoanálisis, por ejemplo, es un libro carismático que uno termina devorando por su estilo ameno y sencillo y por la infinidad de anécdotas y casos de pacientes que hacen sentir al lector como un voyerista mirando a través de una cerradura. Es un libro, si uno lo piensa bien, muy cercano al Cronemberg de Desayuno al desnudo: absurdo y genial, lleno de colorido y retorcido como la peor pesadilla.





Pero en A Dangerous Method, que sin lugar a dudas es una digna obra se su creador, Cronemberg se pone demasiado ceñudo… No es que uno pretenda que en todas las películas del  director canadiense el piso quede regado de sesos o de miembros cortados… No, solo con unas nalgadas puede bastar. Pero se siente un control excesivo que hace ver al film un poco como un ejercicio académico… 


Sin perder de vista que la película parte de la adaptación de una obra de teatro, que a su vez es la adaptación de un libro, se extraña por ejemplo el poco vuelo que se le da al personaje de Sigmund Freud. La crítica ha aclamado unánimemente a Viggo Mortesen, pero aunque su presencia actoral es importante, el personaje vive más por lo que se dice de él, que por sus apariciones y por el trabajo del actor. De otro lado esta Carl Jung, interpretado por Michael Fassbender. Se trata de un personaje robusto, lleno de contradicciones y complejo cuy a evolución de pensamiento resulta bien retratada en la cinta mediante  el sueño aquel de Europa inundada en sangre. 


Keira Knightly, tan detestable y sobrevalorada siempre, hace un buen trabajo, tachado de exagerado por algunos, pero que sabrá apreciar cualquiera que conozca una clínica de reposo siquiátrico.



sábado, 5 de mayo de 2012

Reseña: El topo de Thomas Alfredson

Tras los colores de la traición

tinker tailor soldier spy







Luego de Let the rigth one in el director sueco nos entrega una película sofisticada y hermosa que les puede resultar difícil a algunos espectadores.


Gary Oldman, tinker tailor soldier spy
Gary Oldman, brillante como es costumbre, esta acompañado por algunos de las actores ingleses más brillantes de su generación: John Hurt, Colin Firth y Mark Strong.













Hace unas semanas dejé de resistirme a la tentación y comencé a ver esta largamente esperada película de Thomas Alfredson en Cuevana, pero luego de algunos minutos de esa fotografía hermosa decidí que definitivamente debía seguir esperando para apreciar semejante espectáculo, como debe ser, en una pantalla de cine. Y en efecto, creo que valió la pena.

Hoyte van Hoytema, a quien recordamos bien por su anterior trabajo con Alfredson en Let Rigth one in y por The fighter con David O. Russell, es el encargado de la dirección de fotografía. Se trata de una labor  impecable  que  transmite perfectamente el aura de soledad y aislamiento que caracteriza a todos los personajes; y lo hace en gran medida gracias al trabajo en equipo con un personaje que ya nos ha dejado con la boca abierta en otras ocasiones: la Directora de Arte María Djurkovic, cuya hoja de vida incluye un joyas como Las Horas y Billy Elliot.

En esta adaptación del libro de Le Carre no vemos nunca un color vivo (excepto eso sí por el rojo vino tinto que viste Ann, la mujer de Smiley, la noche en que él la descubre con otro hombre) Todos los decorados están dominados por tonalidades frías o colores tierra, a pesar de que los principios de la década de los setentas, época en la que se desarrolla la película, abundaban en colores  estridentes, propios de la psicodelia. En esa decisión cromática hay una gran sabiduría que va desentrañando lentamente el recorrido de George Smiley por el laberinto que lo llevará a descubrir al agente doble, al traidor, al topo que lleva años infiltrado en las altas esferas del servicio secreto británico.

En Dial M for Murder Hitchcock nos informa lentamente de la tragedia interior que vive la protagonista, Grace Kelly, por medio de los colores de sus vestidos. Al principio vemos una mujer esplendorosa que viste trajes y abrigos de colores intensos: en alguna secuencia inicial, en el apogeo de su amor, la vemos vestida de rojo intenso, por ejemplo. Pero a medida que avanza la trama y la traición de su marido empieza a ser evidente, esos colores, casi sin que nos demos cuenta comienzan a congestionarse con tonalidades ocres cada vez más opacas.

En El Topo vemos como el gris agente Smiley, derrotado al principio,  viejo, abandonado por su mujer y despedido de su trabajo, se va convirtiendo en un personaje cada vez más nítido hasta que en la secuencia final lo vemos triunfal,  impecablemente vestido con un traje negro cuyo tono es tal vez el más intenso en toda la película, lo vemos casi esbelto delante de una pared naranja sentado en el sitio que antes ocupó Control … Y como en la película de Hitchcock comprendemos cómo la fotografía y sus colores también nos habían ido contando  la historia en silencio.

viernes, 20 de abril de 2012

Caricatura: Honore de Balzac

Honore de Balzac

Un recuerdo de Fenhofer


la obra maestra desconocida



Reseña de la pequeña gran obra de Honore de Balzac

Ante todo La obra maestra desconocida es un inesperado tratado literario sobre cómo percibimos el arte. Un antecedente muy a su manera del trabajo de Wassily Kandinsky o Rudolf Arnheim. De hecho es muy probable que hasta 1926, año en el que se publicó Punto y línea sobre el plano nadie hubiera logrado una reflexión tan condensada y  profunda sobre los componentes básicos de las artes visuales.

Hay quienes le han otorgado la etiqueta siempre imprecisa de ´novela corta’, pero en rigor probablemente solo alcance el estatus de relato. Fue publicada por primera vez en 1831 en la revista L’Artiste y algunos años después fue incluida en el tomo XV de La comedia humana (los estudios filosóficos), al lado de obras como La piel de zapa y La búsqueda del absoluto. En total la historia no ocupa más de unas cuarenta páginas. Los protagonistas son tres pintores, dos de los cuales son figuras reales de la historia del arte: François Porbus, destacado retratista, y Nicolas Poussin, gran representante del clasismo, ese movimiento que surgió  en el siglo XVII como reacción a la extravagancia del Barroco; el tercero es Fenhofer, un viejo maestro de la pintura que se ha pasado la vida tratando de arrebatarle a la naturaleza el secreto supremo de la Belleza, una suerte de alquimista obsesionado con convertir el arte en vida.

Porbus y Poussin, encandilados por brillo secreto de Fenhofer,  quieren ver a toda costa la  pintura en la cual el viejo ha trabajado durante años, quieren arañar un poco de su sabiduría. Pero cuando finalmente logran su objetivo se encuentran con que la obra escapa por completo a su comprensión (la visión es un presagio de lo que mucho despues sería la pintura de Willem de Kooning, Alberto Giacometti o Mark Rotko, por mencionar solo unos nombres)… Un hecho reconocido por todos los estudiosos de su obra es que Balzac para esa época estaba notablemente influenciado por las narraciones fantásticas de E.T.A Hoffmann, lo cual es evidente en la Piel de zapa, por ejemplo. En la obra maestra desconocida además se sienten vestigios de Mary Shelley y en últimas del antiguo mito de Prometeo. También hay rastros de Pigmalión. Esa pintura laboriosa de Fenhofer es el cuerpo desnudo de una mujer  a la cual el maestro quiere dar vida: una veladura aquí para separar el cuerpo del fondo, una pincelada allá para sugerir el flujo cálido y apacible de la sangre, un pequeño empaste para el brillo que dará vida a los ojos…


Ilustraciones de pablo Picasso para la edición de 1931



Aunque el relato transcurre en los primeros años del siglo XVI, Fenhofer es la encarnación de las grandes preguntas que el arte, muy especialmente la pintura, se estaba haciendo en la Europa que se había ido cocinando en los calores de la Revolución Industrial. La presencia de Poussin en la historia representa el carácter apolíneo, equilibrado y cerebral de la pintura que había puesto en cintura la imaginación encendida del manierismo. Pero su deslumbramiento por la presencia dionisiaca de Fenhofer representa al mismo tiempo el anhelo de  pintores  románticos como Turner, Delacroix o Gericault por desprenderse de la frialdad académica para imprimirle a sus lienzos el vértigo de la vida y ser fieles a la máxima de Victor Hugo según la cual ‘todo lo que la naturaleza contiene, incluso lo grotesco, merece la atención del artista’.



Balzac, que era cercano a gente como Theophile Gautier, y por lo tanto cercano a las discusiones de los círculos artísticos de la época, nos depara por medio de Fenhofer párrafos totalmente reveladores acerca de lo que J.J Belgion dio en llamar ‘la gramática del arte: nos recuerda por ejemplo que la línea no existe en la naturaleza y que la realidad esta integrada por planos de luz que se superponen o se limitan. Y el trabajo del pintor es modelar la vida con esa luz.
Un aspecto curioso es que Fenhofer, un personaje creado por la literatura, se haya convertido en una influencia tan notable para la pintura del siglo XX. En Una  Fábula del arte moderno, Dore Ashton describe minuciosamente la manera cómo dos de los pilares de la pintura como hoy la conocemos, Paul Cezanne y Pablo Picasso, vivieron y obraron hechizados por el misterioso personaje de Balzac. Ashton describe por ejemplo la convicción con la que Cezanne, ya en su vejez, se paró alguna vez ante su amigo Joseph Bridou para declararle, conmovido: Yo soy Fenhofer…. en efecto habría que decir pocos han asumido la pintura con la poderosa y secreta convicción de estar rehaciendo el mundo como lo hizo el maestro de Provenza (Gioto, Rafael, Rembrandt…) por su parte Picasso, que ilustró la edición que Abroice Vollard hizo en 1931 de La obra maestra desconocida, y que manifestó siempre su interés por el viejo protagonista, vivió siempre dominado, como Fenhofer por el tema del pintor y la modelo, por ese vínculo de posesión y creación que se crea entre ellos.



martes, 10 de abril de 2012

Reseña: Kitchen

"La felicidad es vivir sintiendo, lo menos posible, que el hombre esta solo"


kitchen - Banana Yoshimoto



Lectura de una novela cuyoculto creció en los 90's.








 

Kitchen, en la colección Fábula de Tusquest Editores.


Tengo la impresión de que este libro me ha estado esperando durante muchísimo tiempo. Lo he visto siempre ahí  paciente en el estante desde que Tusquets publicó la segunda edición en español en el ya remoto 1994. Eso ahora es por lo menos más de media vida. Por entonces ahorraba mis insignificantes ingresos para comprar cuanto libro podía. Y recuerdo que sentía especial debilidad por la colección Fábula. En ella leí por primera vez a gente como Luis Sepúlveda, Boris Vian, Malcolm Lowry… En fin. Allí estaba también Banana Yoshimoto, la jovencita de veinticuatro años que en 1988 había deslumbrado al mundo con esta breve novela titulada Kitchen. Ese deslumbramiento me producía desconfianza.

Creo que en el ámbito de la literatura, como en cualquiera otro, existe cierta propensión hacia la frivolidad y la ligereza.  Tal vez más, incluso. Por esa razón siempre he practicado la sana costumbre de desconfiar de las revelaciones o de los mesías literarios. Y aunque cada vez soy más laxo y sucumbo pronto a los embates de la mercadotecnia cultural, suelo esperar por lo menos unos años antes de prestarle atención a lo que el statu quo literario dictamina que hay que leer.

Con Banana Yoshimoto me ocurría además que era otro de los estandartes de la absurda, y sin duda superficial, adoración que occidente rinde a la cultura oriental. La prensa la vendía, y lo hace aún, como una gran heredera de la tradición literaria japonesa. Y yo me preguntaba, y me sigo preguntando, si alguien que cumpliera cabalmente con ese título alcanzaría a ser tan masivamente leído y vendido. Me atrevo a pensar que gente como Tanizaki o Akugatawa, incluso Yukio Mishima, escritores japoneses por excelencia, son moderadamente leídos hoy.  

Inevitablemente en nuestros tiempos cuando las personas compran frenéticamente un libro lo hacen más movidos por el impulso de la moda y por la presión mediática que por la convicción y el conocimiento… En 1999 por ejemplo el Ulises de Joyce se convirtió en un insospechado bestseller debido a que la prensa molió una y otra vez el anuncio según el cual los críticos de todo el mundo habían elegido esa novela como el mejor libro del siglo XX… Y claro, la gente salió a comprarlo en trapisonda como si se tratara de una entrega de Harry Potter o de otra novela de Pablo Cohelo… Yo hubiera pagado por verles la cara a muchos de ellos después de las primeras cinco páginas.

El caso es que este fin de semana dejé por fin a un lado el prejuicio y le hinqué el diente a la famosa novela de Yoshimoto. La historia es sencilla: Mikage, una joven universitaria queda sola en el mundo luego de la muerte de su abuela, su refugio entonces es la cocina de su solitaria casa, y su única compañía la nevera. Conmovidos, Yuichi y Eriko, su madre (descrita como una mujer de belleza excepcional) deciden invitarla a vivir con ellos: muy pronto Mikage descubre que Eriko es en realidad un hombre, un travesti. Entre los tres personajes, profundamente solitarios cada uno a su manera, se crea pronto una relación de gran cariño y respeto.

En efecto el ritmo de la narración es lento y sosegado, como se nos repite hasta el cansancio que es el espíritu oriental, y esta cargado de un tono nostálgico con cierto aire poético aquí y allá. El relato, que solo abarca unas ciento cincuenta páginas se va sin que uno siquiera se dé cuenta y alcanza algunos momentos verdaderamente bellos. Comprendo perfectamente por qué miles de lectores hayan terminado por convertirla en una novela de culto: es una historia que le habla a hombres y mujeres de hoy, hombres y mujeres para quienes relacionarse es cada vez más difícil debido al mundo tumultuoso en el que vivimos.

Pero tanto tiempo después compruebo lo que siempre sospeché: Kitchen es un libro hecho a la medida para cierto  público contemporáneo afecto a la lectura pasiva. Un relato ligero (casi al punto de poder ser llamado light en el mal sentido del término); adobado con toques de romanticismo y melancolía muy bien aprendidos del cine y con el mismo aire occidental del Tokio Blues de Murakami, quien es una influencia más que obvia en Yoshimoto; así como también es una influencia Kazuo Ishiguro. Y ambos escritores, al margen de su calidad (aunque enfatizando que The remains of the day es una gran novela) no son precisamente continuadores de la tradición literaria nipona. De hecho son producto de la estrepitosa irrupción de Occidente en esa cultura. En Murakami es de sobra más evidente la influencia de Scott FitzGerald, que la de Kawabata y en Ishiguro encontramos más ecos de Henry James que de otro autor oriental. En su mayoría la obra de estos narradores puede situarse en  otro contexto cultural y seguir intactas. Lo cual no es una falta, incluso tiene cara de virtud, pero es además un indicio de que en ellos, como en Banana Yoshimoto, su pretendido espíritu oriental es mucho más un gancho publicitario que una cualidad real.

domingo, 8 de abril de 2012

Caricatura: Woody Allen





Woody Allen


Ejercicio de caricatura sobre alguien difícilmente más caricaturizable.

No hay mucho que quiera decir de Woody Allen, excepto que espero cada una de sus películas como si fuera el mensaje de un viejo amigo. Incluso, así como me ocurría con Ernesto Sábato, de tiempo en tiempo me descubro pensando lo mucho que voy a extrañar su forma de ver el mundo cuando el tipo deje de filmar.

martes, 3 de abril de 2012

Melancholia



Melancholia poster



La nueva exploración místico-ecológica del gran creador de Dogma 95.

A estas alturas Lars von Trier viene siendo como una especie de hijo bobo del cine, o por lo menos un hijo echado a perder. Por su puesto muchos recordamos con emoción aquellas épocas gloriosas de Zentropa, Contra viento y marea, Bailarina en la oscuridad y Dogville, películas llenas de riesgos técnicos y narrativos que además indagaban en las circunstancias de los personajes, exprimiéndolos y convirtiendo las historias en experiencias significativas para cualquier espectador. Fueron grandes momentos de  un narrador original y poderoso.


Pero de un tiempo a esta parte algo le ocurrió al tipo. Si me lo preguntan yo diría que se trata de otra mente extraviada por la influencia de Alejandro Jodorowsky. El caso es que un simbolismo detestable y una  extraña conciencia ecológica (‘el llamado de la tierra’) se han apoderado por completo de sus dos últimas obras, al punto de hacerlas totalmente herméticas.

Resulta curioso que tanto Antichrist como Melancholia abunden en referencias a pintores flamencos como Brueghel el Viejo y Hyeronimus Bosh. Ambos fueron creadores imaginativos y complejos cuyas imágenes se caracterizaban por el uso de metáforas y mensajes cifrados muy a la usanza de la época aún oscura que les toco vivir. El universo de Lars von Trier se ha ido nutriendo de las preocupaciones de aquellos pintores, pero aquel lenguaje que funcionó tan bien en el Renacimiento se siente en extremo rimbombante y ridículo en el cine del director danés.


Melancholia
Malancholía es una versión del apocalipsis que sobreviene por el choque inminente de cierto planeta contra la tierra. Como en Armagedon, ni más ni menos; pero como esta es la obra de un  enfant terrible renovador del cine, viene adobada con el pretencioso drama psicológico de una mujer recién casada cuyo espíritu esta probablemente agitado por la alteración cósmica. Pero en las poco más de dos horas que dura el film en realidad no pasa nada, es un lenguaje calculadamente oscuro, pero a la larga vacio. La película hizo parte de la selección oficial de Cannes en 2011, lo cual a decir verdad habla muy mal del festival.


Algunos entusiastas  de Lars von trier han querido ver en Melancholia un tour de force, una incursión del director en la ciencia ficción. Al fin y al cabo muchos grandes directores se destacaron en el género, como es el caso de Tarkovsky o Kubrick, solo por mencionar dos casos. Pero hay que anotar que la mejor ciencia ficción puede prescindir siempre de las imágenes fastuosas y de los efectos porque su apuesta es siempre por la historia y por la exploración de la conciencia de los personajes; y en este caso nos enfrentamos a una propuesta que se queda solo en la imagen.

No puede pasarse por alto, así sea solo por mencionarlo, porque no es más, el increíble reparto  con el que cuenta Melancholía: John Hurt, Charlotte Gainsbourg, Stellan Skasgard, Charlotte Rampling (Kristen Dunst no lo hace mal tampoco...) Todos ellos al garete; o más bien, al mando de un capitán que lleva un buen rato con el rumbo perdido.