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sábado, 11 de enero de 2014

12 years a slave





Steve McQueen es a mi parecer la más grande sorpresa que nos ha dado la industria cinematográfica en los últimos diez años. Desde luego hay algo más de un puñado de cineastas en el mundo que nos mantienen la fe en el cine viva y moderadamente saludable, pero este director inglés, que despuntó con su ópera prima apenas en 2008, se ha convertido ahora, solo seis años después, en uno de los creadores más maduros y consistentes de la filmografía en todo el planeta.

En muchos espectadores, entre quienes me incluyo, aún se mantiene intacta la desazón que les produjo Shame, la película de 2011  en la cual Michael Fassbender encarnaba a un joven ejecutivo solitario y adicto al sexo. Se puede escribir mucho acerca de esa historia, de sus visos existencialistas, de cómo en ella parecen tomar forma algunos de los aspectos más odiosos con los que pensadores como Zygmunt Bauman o Gilles Lipovetsky han descrito la sociedad contemporánea, pero más allá de todo eso se trata de una obra capaz de hablarle a cualquier ser humano: de sus miserias, de su soledad, de la extrañeza del mundo que lo rodea.

Antes de Shame, McQueen ya nos había dado una primera patada en el hígado con Hunger, una suerte de crónica de la huelga de hambre de 1981 en Irlanda del Norte desde la perspectiva de Bobby Sands, un huelguista radical, profundamente convencido de su propósito y dispuesto a llegar a las últimas consecuencias.

En ambos films nos encontramos con personajes que, queriéndolo o no, emprenden un viaje a las regiones más oscuras de su propio ser, un viaje a ese corazón de las tinieblas que sin lugar a dudas está en cada uno de nosotros, pero al cual no todos logramos llegar.

Inspirada en una historia real, Doce años de esclavitud es, por decirlo así, la tercera edición de ese viaje: Salomon Northup, un hombre negro que vive libre con su familia en Nueva York, en los Estados Unidos del siglo XIX, antes de la Guerra de Secesión, es raptado y vendido como esclavo en Nueva Orleans. Desde entonces empieza para Northup, quien cuenta con buena educación e incluso interpreta hábilmente el violín, un descenso por el infierno de la esclavitud que lo lleva hasta los límites de la crueldad humana y del miedo.



Resulta difícil evitar el recurrido tema de las actuaciones: Chiwetel Ejiofor, Paul Dano, Benedict Cumberlatsh, Paul Giamatti… Todos, como de costumbre, impecables. A pesar de lo que se repite una y otra vez sobre la supuesta decadencia de las artes escénicas, a veces pienso que vivimos en una edad de oro de la actuación. Concuerdo con lo que se ha repetido con unanimidad: Lupita Nyong’o, en el papel de la atormentada esclava Patsy, lo deja a uno con el corazón en la mano, y Michael Fassbender, que ya viene siendo el actor fetiche de McQueen, produce tanta indignación y rabia como solo puede hacerlo un actor extraordinario.

La fotografía, a cargo de Sean Bobbitt, responsable también de Hunger y Shame, abunda en tonalidades de sepia y siena tostada, lo cual resulta perfectamente acorde con el color de la tierra y la madera y con el tono de la piel negra, encendida por la melanina. Se me vinieron a la mente una y otra vez las imágenes de Erskine Caldwell.

Como ha ocurrido con las guerras de Vietnam e Irak, con las consecuencias de la Gran Depresión o con el 9-11, la segregación racial y la esclavitud, cuyas sombras se alargan sobre la historia de Estados Unidos inclusive hoy, son lacras retratadas en el cine de ese país de manera obsesiva. En ocasiones el resultado de esa obsesión ha sido brillante, de lo cual dan cuenta Missisipi Burning o American History X, en ocasiones empalagoso, como en The Help. Doce años de esclavitud continua esa tradición pero con una particularidad: más que sobre la esclavitud como fenómeno histórico, la pregunta es sobre el ser humano y sobre su dignidad. Incluso se me ocurre que, en mayor o menor magnitud, cada uno de los personajes que pasan por la película, pasan en algún momento por la vida de muchos de nosotros.
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domingo, 14 de abril de 2013

Roa de Andy Baiz


roa


Esperé con mucho entusiasmo esta nueva película de Andy Baiz, de quien hasta ahora hemos visto en las salas Satanás y la Cara oculta, ambos trabajos con un tono muy característico, pero marcados por el rigor técnico en el manejo de la imagen y por la buena factura del guion.

En esta oportunidad la expectativa estaba en que el argumento se inspira en Juan Roa Sierra, el oscuro asesino de Gaitan. Ese crimen, como sabe cualquiera en Colombia, es uno de los puntos de mayor inflexión en nuestra historia, equiparable solo a magnicidios como el de Rafael Uribe Uribe, en 1914, y al de Luís Carlos Galán, en 1989.
A estas alturas, creo que muy probablemente nos vamos a quedar sin saber a ciencia cierta qué pasó aquel 9 de abril y cuáles fueron las verdaderas motivaciones de Roa Sierra; de allí la importancia de que alguien, en este país de asesinos anónimos, quiera reflexionar sobre la humanidad de uno especialmente significativo.

Andy Baiz parte de una novela muy celebrada: El asesinato del siglo, de Miguel Torres; libro que por cierto no he leído. Su intención es ponerle cara y cuerpo a Roa Sierra. Nos lo muestra como esposo y padre de familia, como hijo, como hermano y como un desempleado que para entonces, como sigue ocurriendo hoy, termina perdido en los caminos de la ilegalidad mientras busca una manera digna de ganarse la vida.

Hay muchas versiones acerca de quién era Roa: un hombre fascinado con teorías esotéricas, un sicario al servicio de la CIA, un amante celoso airado por los requiebros de Gaitán a su amada. Baiz pasa rápido sobre todas esas facetas y nos lo presenta además como una especie de sicópata que acecha a su víctima, que lo desairó en alguna oportunidad, tejiendo rutas sobre un mapa, como Erik Lonnrot, el protagonista de La muerte y la brújula. Pero el Roa que domina la película es el hombre humilde que queda a merced de intereses políticos mezquinos, como ha ocurrido y sigue ocurriendo con cientos de personas a lo largo de Colombia. Considero que en ese punto la historia de hace 65 años le habla claro al país de hoy y lo hace recordar tantos otros magnicidios.

Habría que aplaudir también la minuciosidad con que fue recreada la Bogotá de finales de los años cuarenta; sin embargo, ese trabajo tan aplicado tiene es su contra que todo se ve exageradamente pulcro: los carros sin una partícula de polvo, los vestidos sin una arruga, las calles como acabadas de lavar… Todo es bonito, y me parece que eso le resta verosimilitud al conjunto de la obra. Le da un aire demasiado frío y calculado.

Las actuaciones en cambio van por el camino de lo apenas aceptable: Santiago Rodríguez, en el papel de Gaitán se ve un poco extraño, sobre todo por esa nariz postiza, de la cual estoy seguro era totalmente innecesaria. Y Catalina Sandino, que interpreta a la mujer de Roa, es solo un personaje más, su presencia  es ante todo un gancho para la taquilla, porque dramáticamente no aporta mayor cosa
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domingo, 10 de marzo de 2013

Reseña: Correr




Correr de Jean Echenoz


No recuerdo con precisión cuándo supe por primera vez de esta novela de Jean Echenoz pero  recuerdo en cambio cierta entrevista en la que el escritor francés manifestaba su intensión de emular en ella, por lo menos parcialmente, al Marcel Schwob de Vidas Imaginarias. Y tal vez fue entonces cuando me decidí a leerla.

Correr hace parte de una trilogía de biografías noveladas en las que Echenoz se ocupa además de Maurice Ravel y de Nicolás Tesla. En este pequeño volumen el protagonista es el checo Emil Zátopek, gran leyenda del atletismo, ganador de tres medallas de oro en solo una semana por allá en los juegos olímpicos de Helsinki en 1952. Las ganó en tres competencias absurdamente arduas: 5000 metros, 1000 metros y la maratón. Zátopek fue la renovación del atleta invencible que rayaba en lo divino, tan propio de la antigüedad clásica, y que en nuestros días ha renacido en hombres como, Phelps, Schumacher, Messi o Federer.

Pero además fue un hombre con profundas convicciones políticas que lo llevaron a apoyar en 1968 aquella ola de renovación al comunismo conocida como la Primavera de Praga. El resultado fue, como suele ocurrir con la disidencia en los regímenes totalitarios, amarga para el gran deportista. 

Jean Echenoz
Jean Echenoz





Jean Echenoz relata la vida del corredor sin apasionamiento, como lo haría un notario: su juventud lejana a los deporte; su inesperado encuentro con el atletismo; sus entrenamientos mientras a lo lejos se escuchan las bombas del Ejército Rojo tratando de ahuyentar de una vez por todas a los alemanes, en desbandada y con la guerra ya perdida; sus líos con la prensa; sus incontables glorias y las infamias a las que lo somete el partido comunista. No hay, creo yo, una sola palabra, un adjetivo, que deje entrever alguna emotividad.  Ni siquiera el primer gran momento glorioso de Zátopek, cuando era un desconocido y ganó aquella carrera ante cientos de espectadores atónitos en Copenhague.

La narración, que avanza a zancadas como su protagonista, es fría, casi rutinaria, sumarial; la grandilocuencia le queda a la imaginación del lector, que en efecto se ve casi en la necesidad de desbordar esas palabras tan precisas. El autor por su parte no le hace nunca esa concesión, lo cual constituye sin duda un gran acierto. En esa medida resulta difícil leer Correr sin evocar el Reportaje al pie de la horca de Julius Fučík, ese otro héroe de la historia checa en el siglo XX, cuyo estilo a la hora de relatar su propia muerte resulta tan abrumadoramente parco.

Un libro entretenido, rápido y profundo; como para leer en una sola sentada.


domingo, 24 de febrero de 2013

Oscars 2013

Premios Oscar 2013

Y las nominadas son...

Life of Pi


Se trata de una de esas historias de superación personal que les encanta a los jurados. Después de que el buque en el que viaja con sus padres naufraga, un niño sobrevive durante meses al garete en el océano en una pequeña balsa en compañía de un tigre de bengala feroz.

Ang Lee fue considerablemente fiel al libro de Jean Martel. En particular me resultó conmovedor y bien logrado el momento en el que Pi Patel y Richard Parker, el tigre, llegan al final de su viaje: el animal, famélico y atolondrado, se interna lentamente en la selva y se olvida, por instinto prácticamente, de su amigo y benefactor con una facilidad asombrosa. Probablemente todos nos hemos sentido en algún momento como Pi se sintió en ese instante. La película es en efecto un banquete visual, cosa habitual en Lee, que en esta oportunidad contó con la fotografía de Claudio Miranda, el chileno que tantas veces ha acompañado a David Fincher. Incluso esta cinta tiene un poco de la pirotecnia visual y el encanto de El misterioso caso de Benjamin Button.

Pienso que, de todas las cintas en competencia, es la más perfectamente cortada con las tijeras del Oscar.

Lincoln


Tenía la convicción de la película iba a resultar aburrida hasta el sopor, pero me equivoqué. Obviamente su ritmo está lejos de ser frenético, pero los ires y venires de la reforma que finalmente abolió la esclavitud en un país tan pretendidamente libertario, tienen su propia tensión. Otro factor que juega muy a favor de la  narración es Daniel Day Lewis, tan soberbio como siempre y en un registro tan opuesto al de su anterior personaje en There will be blood.

A estas alturas tal vez solo John Huston contó la historia de Note América tan sistemáticamente en el cine como lo viene haciendo Steven Spielberg.

No creo que gane el premio a mejor película; pero sin duda DDL, ganará al de mejor actor.

Zero Dark Thrirty


A la larga esta nueva película de Kathrin Bigelow es una variación de su ópera prima: The hurt loker. La protagonista, Maya, vive por su trabajo, no se concibe sin él. En esa medida la película va mucho más allá del asunto de la guerra imperialista emprendida por los Estados Unidos luego del 9-11. Pero sin duda esa guerra es uno de los ejes de la narración y a diferencia de quienes piensan que se trata de una exaltación del orgullo americano, considero que Bigelow da un paso más en el camino que emprendió Spielberg cuando en Munich reflexionó sobre el vació y la locura de las guerras contra el terrorismo. Una guerra en la que los contendores, todos, terminan convertidos en fantasmas atormentados y atroces.

Como se ha repetido una y otra vez, la narración de los diez años de persecución a Bin Laden avanza a zancadas, casi no da respiro. A ratos resulta tedioso estar pendiente de tantos nombres… pero en general son dos horas cuarenta minutos muy digeribles.

Igual es una película hecha con el molde del Oscar. Encaja mucho más aun considerando que desde No country for old man incluso las historias oscuras admiten la consideración de los jurados.

Argo


Durante por lo menos tres cuartos del metraje nos encontramos con un triller político en clave de comedia considerablemente agradable. Pero las últimas secuencias son una payasada imperdonable. Una gringada. Creo que por esa razón es la cinta con más opciones para a ganar.

Django Unchained


Como ocurre en Lincoln, aquí nos encontramos con una cinta en la que un solo actor, en este caso Christoph Walz, hace que valga la pena pagar la boleta. Incluso ahora que lo pienso no hay más de dos secuencias de diálogos encantadores que no esté remachada por él. Cuando Walz ya no está en la película, la única alternativa que le queda a Tarantino son los balazos y las explosiones.

Es imposible que gane, reconociendo eso sí que los jueces son suficientemente estúpidos como para premiarla.

Beast of the southern wild


De tanto en tanto los miembros de la academia deciden nominar a un actor, a una actriz o a una película de la que nadie ha oído hablar para dejar en evidencia su erudición y su amplitud de miras. Eso pasó, por ejemplo, con Catalina Sandino. Este año la oportunidad fue para esta cinta de solo una hora y media que se hace larguísima por lo aburrida. En realidad hace mucho no me sentía tan desconectado de lo que ocurre en la pantalla.


Es a su manera una película tan pretenciosa como cualquier superproducción. En realidad la fatuidad no está solo en los grandes presupuestos y en la pirotecnia. El cine independiente, con su pretendida profundidad disfrazada de sencillez, se acerca con frecuencia a la misma superficialidad de la gran industria.

Por supuesto la niña, Quvenzhane Wallis, merece una mención aparte; y al lado de Emmanuelle Riva es tal vez la mejor dotada para recibir en esta oportunidad el premio a mejor actriz principal.

Amour


Tal vez debido a que con el paso del tiempo los niveles de testosterona tienden a mitigarse, ahora lloro fácilmente con algunos films. Y la verdad es que me gusta. Eso en todo caso me pasó con esta película de Haneke, que como era de esperarse cae como una patada en el hígado. El solo hecho de que haya directores que se atrevan a tratar con tal seriedad el universo de la vejez es ya un alivio en este mundo estupidizado por la obsesión con la niñez y con la juventud. Pero además es muy reconfortante ver el trabajo de artistas capaces de darle al amor, otro tema reducido a la ramplonería, una dimensión tan profunda.

No me cabe duda de que en un mundo en el que la estupidez no fuera la norma, Amour de Michael Haneke sería la rotunda ganadora del Oscar a la mejor película.

Silver linings playbook


Esta película es el peor irrespeto a la inteligencia del espectador que he visto en mucho tiempo. Todo en ella es por lo menos mediocre, sino decididamente malo: las actuaciones, empezando por Bradley Cooper, que luce sobreactuado todo el tiempo; y terminando con Robert De Niro en un papel demasiado torpe; Jennifer Lawrence no lo hace tan mal, pero de ahí a que la nominen a un Oscar y atrevidamente la pongan en el mismo nivel de Emmanuelle Riva… ahí sí hemos perdido la cordura del todo… 

Y ni qué decir de la dirección: David O. Rusell queda totalmente desdibujado a la luz de The Figther, que sin ser precisamente magistral, era una película aceptable y bien lograda.

Los Miserables


En mi vida solo he visto con gusto unos cuantos musicales: West Side Story, Singing in the rain, Jesus Christ Superstar y Dancer in the dark. El resto no los soporté. Por esa razón, y porque Los miserables es una de mis novelas preferidas, creo que me voy a abstener de ver la película de Tom Hooper.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Django Unchained

Tarantino dispara de nuevo


Django Unchained


La película


La historia  tiene lugar dos años antes del inicio de la guerra civil en Estados Unidos. Una guerra cuyo núcleo fue la lucha por el fin de la esclavitud en un país que  paradójicamente inspiró sueños de libertad como el de la Revolución Francesa, pero mantuvo una actitud ambigua e incluso mezquina con la población negra hasta entrado el siglo XX. Django es un hombre negro, libre, que quiere encontrar y liberar a su esposa. Para ello cuenta con la ayuda de King Shultz, un alemán al cual la esclavitud le resulta extraña, una especie de ángel de la guarda de Django que no comprende ni acepta la realidad que viven los negros.

Tal vez el reclamo parezca absurdo, pero creo que presentar a un europeo como estandarte del discurso anti esclavista es por lo menos extraño: Europa desangró África con especial salvajismo en la segunda mitad del siglo XIX. Y Alemania en particular fue responsable del genocidio herero y namaca, acontecimiento que en rigor fue la semilla de brutalidad del régimen Nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Tarantino


Entre todos los cineastas relevantes de esta época, Tarantino es probablemente el más superficial y plano. Muchos se empeñan en esgrimirlo como una de las más puras encarnaciones  de la postmodernidad en el arte. Ignoro qué significa eso, y creo que nunca voy a tratar de entenderlo, pero creo que a Vargas Llosa  no le falta razón cuando plañideramente repite una y otra vez que en el mundo en que vivimos hoy preferimos la pirueta, el destello y el ingenio antes que la inteligencia reposada y la sabiduría. Y justamente en eso se fundamenta el encanto de Quentin Tarantino, por eso es un producto perfecto de esta sociedad nuestra de candilejas; postmoderna o no.


Los diálogos


Ahora, debo admitir que soy un fan decidido de esas películas estrambóticas y profundamente infantiles. Adoro ante todo los diálogos:  Vincent Vega y Jules Winnfield intercambiando ideas sobre los masajes de pies;  el Sr Rosa y el Sr Rubio disertando acerca de las propinas; Hans Landa agradeciendo un vaso de leche… en fin. Hipnotizantes. Esos diálogos resultan demasiado reales, tal vez por eso sorprende que alguien los ponga en una pantalla de cine. Pero son pirotecnia, como también lo son los chorros de sangre y los sesos desparramados y los brazos cortados. Detrás de todo ese artificio no hay nada. Nada. Ni postmodernidad, ni estética, ni nada. Solo piruetas.



 Quentin Tarantino

Christoph Wals y Leonardo Di Caprio


Este actor austriaco es tal vez lo mejor que le ha pasado a la filmografía de Tarantino en mucho tiempo. En Inglorious Basterds cada aparición suya es una delicia. La morosidad y el desparpajo para pronunciar sus diálogos; su presencia tan extraña: un hombre pequeño encarnando semejante monstro. En esta oportunidad también se convierte en la columna vertebral de la película; su personaje, el Doctor King Shultz, un casa recompensas sin muchos escrúpulos es demasiado fino  para el mundo en el que vive; y ese contraste termina por darle un sabor especial a la película.

También es un gusto ver a Di Caprio, otro de esos galanes de cuyo talento como actor no queda duda: Calvin Candie, delicado hasta rayar en el afeminamiento, es impredecible, encantador y brutal.

De Jamie Foxx es mejor no hablar: el tipo lo ha hecho bien en otras oportunidades, pero aquí, muy probablemente con el patrocinio del director, parece más un pandillero que otra cosa.

El Western


Cuando luego del estreno de Kill Bill Vo 2 se supo que el siguiente proyecto de Tarantino sería un western, recuerdo que me desvelé alguna noche, unos cuantos minutos, deseando que al loquito le diera por adaptar Meridiano de  Sangre, que como ya todo el mundo sabe, es uno de esos proyectos errantes en Hollywood. Pero creo que esa misma noche caí en la cuenta de que la novela de Cormac McCarty camina por territorios demasiado oscuros y profundos; en ella los personajes tienen muchas dimensiones. Definitivamente necesita otro director.


Un tiempo después se supo que el creador de Pulp Fiction exploraría la historia de uno de los personajes más emblemáticos del cine de vaqueros, muy en particular del spaguetti western: Tarantino iba a filmar una nueva versión de Django, pistolero interpretado antes por Franco Nero, entre muchos otros, e incluido en películas de Sergio Leone y Takashi Miike. Eso, por supuesto, tenía mucho más sentido que mi deliquio con el Juez Holden.

Resulta comprensible que Tarantino optara por un personaje y por una historia emblemática del western. En primer lugar, nunca ha filmado algo que no responda a la maquinaria de ese género: desde Resevoir Dogs hasta Kill Bill pasando por Jackie Brawn, el capítulo de  CSI y etcétera, etcétera. Y en segundo lugar porque las películas de vaqueros pertenecen al género que más se ha construido a partir de estereotipos, su esencia está en cumplir con ellos, en respetarlos. Quien filma un western cuenta un poco con el respaldo de todo el género. Un punto más a favor de Quentin.
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viernes, 1 de febrero de 2013

En jardines ajenos


en jardines ajenos

Reseña de un libro de cuentos memorable.































En jardines ajenos en la edición de Acantilado

Soy uno de esos lectores que se enfrentan con entusiasmo una novela de 400 páginas pero se amedrentan ante un cuento de 40.  Al respecto de ambos géneros, se cita con frecuencia a García Márquez: escribir una novela es como ganar una pelea por rounds; en cambio escribir un cuento es como ganarla por nockout. Esa misma relación es válida para la lectura. Por la manera en que está concebido, un cuento pide ser leído de una vez, sin interrupciones; solo de esa forma el mecanismo interno de la historia puede causar su efecto. En esa medida tienen mucha razón a quienes comparan al cuento con la poesía. El poema no se lee por tandas, una estrofa o un verso hoy y otro mañana. No. Ese licor se va en un solo trago, y tal vez por eso es necesario tener una disposición especial también. La novela en cambio es un viaje largo en el que tenemos tiempo incluso de aburrirnos, de parar y de reiniciar mucho tiempo después…

Comienzo con esa digresión a propósito de En jardines ajenos (2006), libro de cuentos del escritor suizo Peter Stamm (1964). Para mí la dificultad con los cuentos radica en encontrar aquella disposición. Y celebro muchísimo cuando por fin encuentro un libro de ese género que me obliga a leer sin detenerme de tapa a tapa. Peter Stamm me volvió a dar esa alegría (Creo que infantilmente siempre he querido volver a encontrar en algún otro libro la emoción que me produjo Las nuevas noche árabes hace ya muchísimo tiempo).

De una manera lenta pero sólida Stamm se ha ido constituyendo en una de las voces más sugestivas de la literatura actual.  Al punto que su novela Siete años (2011) ha sido recibida por innumerables críticos y reseñistas del mundo como una obra maestra… Pero Stamm es ante todo un maestro del cuento.

A pesar de ser un escritor suizo, la escritura de Peter Stamm le debe más a la tradición narrativa norteamericana que a la europea. Su estilo limpio y directo,  pero al mismo tiempo elusivo, está fuertemente emparentado con Hemingway y con grandes herederos suyos como Raymond Carver, John Cheever, Lorrie Moore o Michael Chabon.

En jardines ajenos está integrado por once relatos en los que, como es común que ocurra con ese género después de Carver, en apariencia  no se cuenta nada. Son historias sencillas cuyos desenlaces nunca nos deparan una revelación o una sorpresa, son a primera vista tan prosaicas como la vida misma pero, como también ocurre en la vida, están llenas de secretas frustraciones y anhelos que terminan por atribuirles tensión y misterio.

Hace poco escuché una entrevista concedida a una emisora canadiense en la que justamente el Stamm enfatiza en que no se trata de contar historias con un principio y un final, ese camino ya está agotado desde hace mucho tiempo. De lo que se trata, dice él, es de crear atmósferas y explorar las motivaciones de los personajes, los resortes que los mueven.

Los tres elementos fundamentales de En jardines ajenos, de cada uno de los relatos, son la soledad, el viaje y  la espera: una mujer sola y ya casi olvidada por sus hijos, un hombre que viaja solo a Europa del, tres jóvenes que esperan el tren... Eso, unido a una escritura sobria y precisa, termina por darle al libro un aire evocador e intimista que ejerce en el lector un efecto sedante y muy agradable. 


sábado, 26 de enero de 2013

Moonrise Kingdom


moonrise kingdom


Algunas ideas sobre la última película de Wes Anderson

La soledad

Mi película preferida de Wes Anderson es, de lejos, Bottle Rocket. Y siempre estoy esperando que el gran director algún día recupere la sencillez de su ópera prima. Eso no significa que no sienta gran aprecio por  lo que vino después. Pero creo que progresivamente, durante un buen tiempo,  sus personajes y sus argumentos se fueron haciendo cada vez más abstractos y sofisticados, casi indescifrables, diría yo. Al punto que The Royal Tenembaum parece una obra del teatro del absurdo

Moonrise Kingdom tiene algo de esa sofisticación pero en el fondo es bastante sencilla. Lo que da sustento a la historia es la profunda soledad de los personajes. Es una soledad que tiene varios hilos narrativos: esta la soledad de Walt Bishop, el padre de familia que parece naufragar en su propia casa; esta la soledad del el capitán Sharp; y obviamente esta la soledad de Suzy y Sam. La película parece estar ambientada en los años cincuenta o sesenta pero pronto uno comprende que esos personajes son intemporales y que su aislamiento podría ser el nuestro.

La soledad es uno de los temas predilectos de Anderson, cuyos personajes además parecen haber perdido el sentido de la vida: Margot Tenenbaum, Dignan, Steve Zissou, los hermanos  Whitman.

Los actores

Con la excepción de Bottle Rocket, la atmósfera en la que viven los personajes de Wes Anderson es siempre extraña y hasta cierto punto onírica. Casi nada de lo que ocurre en esas películas quiere imitar fielmente a la realidad. En Moonrise Kingdom, solo por mencionar un caso, todo está dispuesto de manera que el espectador siempre comprende que lo que tiene ante sus ojos es un decorado, como en una obra de teatro: la balsa en la que Sam escapa al principio de la película es prácticamente de juguete y la casa de Suzy es como de muñequero. Algo similar ocurre con los actores: dicen sus diálogos de manera convincente, podemos ver también  sus emociones, pero siempre hay en ellos, en su actitud, algo ligeramente sobreactuado.

Ahora que lo pienso se me ocurre que buena parte de esa extrañeza radica en la mirada: cuando uno los ve ante la cámara, los personajes de Wes Anderson prácticamente no parpadean, sostienen la mirada como si estuvieran en éxtasis. Lo mismo ocurre con los diálogos: parecen escritos en piedra, siempre definitivos. Esa característica resultaría ridícula en muchos otros directores, pero sobre todo, resultaría ridícula con otros actores. El caso es que aquí estamos frente a maestros: Bill Murray, inmutable como siempre, pero también encantador;  Frances McDorman, Harvey Keitel; Edward Norton… Jason Schwartzman, que no podía faltar y que como siempre encaja perfectamente…

Jared Gilman y Kara Hayward, los dos niños que interpretan a Suzy y Sam, de hecho parecen haber nacido para actuar en una película de Wes Anderson.

Bruce Willis

Por último quiero mencionar lo mucho que me gustó Bruce Willis. Para mí el tipo tiene un no sé qué de Humprey Bogart. Infortunadamente no siempre se ha involucrado en proyectos que le permitan explorar mejor su presencia escénica. Tal vez fueron Terry Gilliam y Tarantino quienes mejor lo supieron aprovechar.


sábado, 19 de enero de 2013

Argo

Ben Affleck al rescate argo


Ben Afleck empezó a perfilarse como un tipo odioso desde Armaguedon,  pero vino a consolidar esa imagen en Pearl Harbour, película que además de contar con él como protagonista constituía una exaltación chapucera del siempre predecible patriotismo norteamericano (vale recordar que ambas tuvieron como director a Michael Bay, también detestable). De hecho creo que nadie lograba explicarse cómo aquel actor mediocre con ínfulas de galán había ganado alguna vez un Oscar. En efecto Affleck escribió junto con su gran amigo Matt Damon el guion de Good Will Hunting, trabajo que les valió aquel premio en 1997. Pero cinematográficamente hablando, creo que pocos estaban dispuestos a atribuirle algún otro mérito. Hasta que anunció que iba a incursionar en la dirección.

La primera película dirigida por Affleck fue Gone, Baby, Gone (2007), que además contó como protagonista con su hermano, Casey Affleck. En contra de todos los pronósticos, se trató de una obra madura que llenaba al espectador de cuestionamientos éticos y morales, pero que ante todo lo mantenía en ascuas hasta el último minuto por el ritmo frenético de la narración. Por aquella misma época llegó Hollywoodland, otra sorpresa: allí Affleck interpretaba con notable solvencia al actor que encarnó en la década de los cincuenta a Superman en la serie de televisión: un George Reeves alcohólico y derrotado.

En 2010 el californiano ex esposo de Jennyfer López estrenó The Town. En esta oportunidad además de dirigir se encargó del papel protagónico y logró que la crítica del mundo comenzara a verlo definitivamente con otros ojos. Esta nueva película, un thriller de acción coprotagonizado por Rebeca Hall, sin lograr la profundidad y el cuerpo de Gone, Baby, Gone, reafirmaba el pulso narrativo de su director.

Por supuesto Affleck aún está lejos del nivel de directores de su generación como Poul Thomas Anderson o  Wes Anderson, pero la lejana similitud entre su carrera y la de grandes maestros del cine clásico norteamericano como Nick Cassavetes y  Clint Eastwood, logra que ahora muchos esperemos  con cierta expectación morbosa cada uno de sus proyectos. Por eso cuando el año pasado se anunció el estreno de Argo el entusiasmo fue general.

argo


Argo relata  una historia real: el operativo que en 1980 la CIA llevó a cabo para rescatar a seis funcionarios  de su embajada en Teherán durante aquella crisis de rehenes ocurrida en el agitado Irán posterior al régimen del Sha y dominado por los Ayatolas. Por supuesto esa trama está lejos de ser inocente y espontánea en un momento en el que Estados Unidos amenaza reiteradamente con atacar al régimen de Mahmoud Ahmadinejad. Incluso se me ocurre que es demasiado significativo que el director, que además es el productor junto con George Clooney, quisiera rodar en Teherán y el gobierno de U.S.A lo persuadiera de no hacerlo.

Affleck  interpreta al agente secreto Tony Méndez quien propone la filmación de una película de ciencia ficción en Irán como fachada para el rescate. Se oye absurdo. Y lo es. Pero el contraste entre las calles de Teherán, con  supuestos traidores al régimen colgando del cuello en el brazo de una grúa, las oficinas claustrofóbicas de la CIA y el brillo fastuoso de Hollywood le aporta a la historia un tono tragicómico acentuado por la presencia refrescante y  el gran sentido del humor de John Goodman y Alan Arkin, quien por cierto está nominado por su trabajo aquí al Oscar como mejor actor secundario.

La trama de Argo no le da tregua al espectador, que ve cómo los hilos de la historia se van tensando  y sufre en su silla por la suerte esos personajes, cuyo destino es incierto. Creo que merecidamente la película ha sido clasificada por algunos en el género de aventuras; por ese ritmo trepidante y por su sabor a intriga política en algunos aspecto me recordó North by Northwest de Hitchcock. Pero sin duda el precedente más notable es Wag the dog (1997), la película de Barry Levinson, que también aborda el tema del cine y la política internacional.

Un aspecto notable además es la fotografía de Rodrigo Prieto (Beutiful, Babel, Brooke Back Mountain, 8 Mile, Amores perros…) que por ratos lo hace a uno pensar que está viendo una película de Sidney Lumet. Eso sin mencionar la increíblemente minuciosa dirección de arte.

Quedan para  el olvido los planos en los que sin razón aparecen los pectorales y los abdominales del protagonista. Pero sobre todo, para el olvido los planos le atribuyen a la cinta el tufillo heroico y chauvinista que nos hace recordar el fantasma del Affleck de Pearl Harbour. 

Trailer

jueves, 3 de enero de 2013

Lecturas de vacaciones (IV)

Emma Reyes - Memoria por correspondencia

Memoria por correspondencia

Reseña de un libro hermoso, uno de los mejores de 2012.
















Emma Reyes, Memoria por correspondencia, Bogotá, Laguna Libros y Fundación Arte Vivo Otero Herrera, 2012.











Luego de leer Memoria por correspondencia me tomó varios días superar esa especie de duelo que se siente al terminar de leer  ciertos libros.  De hecho esas  palabras sobrias y precisas  me siguen retumbando en el oído.  

El libro consta de veintitrés cartas escritas por la Emma Reyes desde 1969, a lo largo de casi treinta años,  y dirigidas a su amigo Germán Arciniegas, quien  encontró en ese recurso epistolar la posibilidad de que Emma relatara por escrito las historias de su infancia que siempre había contado de viva voz. Al parecer ella no se tenía mucha fe escribiendo. Incluso en alguna carta le manifiesta a Arciniegas su desconcierto por no contar los sucesos de una manera clara y legible. Pero lo cierto es que como escritora Reyes demuestra  una  habilidad excepcional para crear imágenes, lo cual probablemente esté relacionado con su talento como pintora y artista visual.

Algunas personas resaltan la conmoción que les produce la lectura de esas historias descarnadas y llenas de detalles crueles, pero creo que lo que prevalece a lo largo de todo el libro es el vigor con el que  Emma y su hermana Helena se sobreponen a  las adversidades de su niñez en Bogotá, tan llena siempre de hambre y de infamias: las niñas, descorazonadoramente pobres,  desconocen a sus padres  y viven bajo la custodia de una mujer que a la primera oportunidad las abandona en una estación de tren, razón por la cual van a dar a un convento donde por caridad las monjas terminan su crianza.

Emma Reyes nos cuenta relatos sencillos pero memorables, llenos de una belleza amarga y de un sentido del humor implacable: las peripecias que debía hacer a los cuatro años  para botar las bacinillas pesadas de mierda; la felicidad que le producía, en el frío de Fusagasugá, ponerse  en las mejillas los huevos  tibios y recién puestos de las gallinas; la noche en la que en un patio del convento se le apareció el diablo; la primera vez que se confesó y le pidió al cura perdón por orinarse en la cama; la tarde en que se subió a un árbol para tratar de ver al niño Jesús; los castigos crueles y absurdos de las monjas…

Pero Memoria por correspondencia es además, como era de esperarse, una rendija  para asomarse a la Colombia de los años veinte: un país precario e inocente en el que los incendios que dejaban cien muertos se apagaban a poncheradas; y en el que un carro, ese invento desconocido y exótico, era recibido por muchos con el estupor y el asombro con el que se recibe a una bestia.

Leyendo a Emma Reyes recodé mucho a Frank McCourt y al Roddy Doyle de Paddy Clark JaJaJa, e insisto en que por disímiles que puedan parecer, hay muchísimos puntos de encuentro entre el pasado miserable de Irlanda del Norte y el de Colombia.

Sin duda estamos ante una obra que terminará convertida en un gran clásico de nuestra literatura.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Lecturas de vacaciones (III)

La Soledad del Lector, David Markson

Eduard Hopper, Rooms by the Sea (Detalle)


Reseña de una lectura de vacaciones.











Hay libros que acechan  al lector hasta que se imponen. Aparecen  algún día en una conversación,  de manera  casual e imprecisa, y luego regresan, agazapados en un  pie de página o mirándonos  ansiosos desde  su estante en la librería. Y entonces ya no queda más remedio que atender a ese llamado. Algo Así me ocurrió con La Soledad del Lector de David Markson,  libro que se ha convertido en una suerte de furor en algunos círculos de lectores en América Latina y España. Aunque moderadamente, eso sí. A mí por lo menos me tocó mandarlo traer desde Bogotá, porque en las librerías de Medellín nadie había oído hablar de él.

Publicado originalmente en 1996 con el nombre de Readers Block (título que en lo personal considero más significativo que el de la traducción), la novela de Markson apareció en el 2012 en el panorama de los lectores hispanos gracias a la edición de  La Bestia Equilátera. Y al parecer, por lo que he leído, hace parte de una trilogía. Mi entusiasmo inicial estuvo fundamentado en que pensé que se trataba de un libro de ensayos: entre más pasa el tiempo más razones se me ocurren  en contra de las novelas. En fin, achaques. El caso es que solo dos días después de haber hecho el  pedido llegó a mi puerta un sobre con el volumen; algo más de doscientas cincuenta páginas.

Una costumbre de lector romántico y estúpido que conservo  tal vez desde la infancia es la de oler minuciosamente los libros una vez caen en mis manos. Con los ojos cerrados, para añadir un detalle aun más patético. Luego doy un repaso a las páginas para darme una idea de a qué tipo de  ladrillo me enfrento. La Soledad del Lector olía bien, una mezcla de pulpa, pegamento y tinta. Típico. Pero  ante todo lucía extraño. De principio a fin párrafos muy breves, incluso líneas, bien separados unos de otros. Nada de capítulos ni apartados. La novela lucía más bien como un libro de aforismos. Empecé a leer.

                                                                             

"El cadáver de Laurence Sterne fue vendido a una escuela de medicina por unos profanadores de tumbas. Casi lo habían diseccionado por completo cuando por casualidad alguien lo reconoció." David Markson.
                                                                              


Ante todo, y como  señala una cita de David Foster Wallace en la contraportada, La Soledad del Lector es un relato experimental (el punto más alto en la ficción norteamericana, continua diciendo Foster Wallace). No hay en ella nada de lo que uno habitualmente espera encontrar en una novela. No hay diálogos, no hay hilo narrativo… casi podríamos decir que no hay personajes a excepción de dos entes abstractos llamados el Lector y el Protagonista de quienes no tenemos descripciones  sino más bien hipótesis o preguntas: ¿Y por qué el lector siempre visualiza el atardecer? (p. 147) ¿al menos el Lector tomó una decisión acerca de darle al protagonista algún tipo de pasado? (p. 192) Pero en realidad ninguno de los dos tiene cuerpo  ni carácter. Y sin duda no fue intención del autor que lo tuviera.  Ellos están allí, tal vez, para hacernos dudar en algún momento de quién es el verdadero creador a la hora de leer una ficción y para dejarnos la pregunta de  dónde viven  quienes habitan esas ficciones. O tal vez no sirven para nada. Porque por momentos uno parece olvidarse de ellos, hipnotizado por la marea de datos curiosos, absurdos y muy probablemente inoficiosos sobre todo tipo de artistas y escritores y personajes históricos, es como estar leyendo la Enciclopedia de Datos Inútiles de Homero Alsina Thebernet. 

                                                                             
"Cuando Daumier tenía sesenta años, era indigente y estaba completamente ciego, Corot compró la casa que Daumier alquilaba y se la regaló." David Markson.
                                                                              

Markson nos habla de suicidios: Jack London se suicidó… Y unas páginas más adelante: John Rigo se suicidó. Y luego: George Eastman se suicidó. Nos habla de vidas miserables, de la gonorrea padecida por este o del alcoholismo de aquel. Nos hace un censo minucioso  y espaciado de antisemitas: Séneca era antisemita. Tácito era antisemita. Chesterton era antisemita… Recuerda fragmentos breves de obras célebres, etc., etc… Y todo lo hace con ese estilo raro y repetitivo de párrafos brevísimos que dan la impresión de estar leyendo un timeline de Twitter. Y mucho más aun: dan la impresión de estar repitiendo un mantra.

miércoles, 17 de octubre de 2012

The Walking Dead

Después del Apocalipsis zombi alguien seguirá cortando el césped





El hombre se llama Rick Grimmes, lleva terciada una escopeta y va montado sobre su caballo. Va en busca de su mujer y su hijo, indefensos y extraviados en algún lugar incierto. Delante de él se extiende vacía la amplia  autopista que conduce hacia la ciudad. A lo lejos, los oscuros rascacielos se levantan como sombras. Al otro lado, apeñuscados en el carril de salida, abandonados e inmóviles,  centenares de carros  devorados por el polvo. Aquí y allá los cuervos picotean impasibles los restos de algún cadáver decrépito y reseco. En ocasiones el cadáver se levanta y trata de alcanzar a Rick, quien no comprende adónde diablos fue a parar el mundo… 

La secuencia es uno de los momentos iniciales de The Walking Dead, una de las novelas gráficas más populares de los últimos años, que cuenta la historia de un mundo post apocalíptico infestado de zombis por una razón que nunca nos será plenamente revelada . Se trata de un relato feroz en el cual abundan las yugulares sangrantes, las vísceras y los sesos desparramados  creado en 2003 por Robert Kirkman, a cargo de los guiones, y Tony Moore, como dibujante. La obra, publicada por Image Comics, fue premiada en 2010 en el Comic-Con Internacional de San Diego y el 31 de octubre de del mismo año el canal AMC, conocido por éxitos de audiencia ya casi legendarios como Mad Men y Breaking Bad, estrenó su adaptación a la televisión a cargo de Frank Darabort, guionista de Pesadilla en ELM Street en lo que constituyó un nuevo éxito puesto que The Walking Dead se convirtió de inmediato en una nueva serie de culto.

La historia  de The Walking Dead la conocemos de memoria, aunque no siempre nos la han contado con muertos vivientes: Rick Grimmes es un hombre joven de algo más de treinta años, trabajador, respetuoso de las leyes, padre de familia y esposo ejemplar, valiente y  buen amigo. Podríamos arriesgarnos incluso  a decir que su visión del mundo, al principio, es la de un  demócrata… Podríamos estar hablando del protagonista de la familia Ingalls (Little house in the praierie), de  Daniel Boone o incluso de Pedro Picapiedra. Rick es policía y en el cumplimiento de su deber recibe un disparo que lo deja en coma al borde de la muerte y recluido en un hospital. Un día el hombre despierta y descubre que el mundo tal y como él lo conocía ha desaparecido. Y en ese mundo debe arreglárselas para cuidar a su familia.

Ante todo a la serie hay que reconocerle que en su primera temporada, y muy especialmente en sus dos primeros capítulos, alcanzó un tono desolado y sobrio digno de La carretera o de El Poder y la Gloria (en el cómic esa sobriedad está muy bien acentuada por los dibujos a blanco y negro, que además constituyen una salida muy a la manera de Hitchcock a los frecuentes borbotones de sangre). Rick es un hombre común asediado por un mundo radical y absurdo, pero lo que en McCarthy eran hordas de salvajes  caníbales y violadores y en  Graham Greene crueles policías mexicanos de piel cetrina, en The Walking Dead son caminantes: cadáveres que han vuelto a la vida y que fuerzan a los sobrevivientes a convivir al límite, a enfrentarse unos a otros y a revelar de esa forma que en un ser humano el lado más espeluznante y brutal definitivamente se revela cuando esta en vida.






En este punto viene bien recordar que, como todo buen relato americano, y no obstante las tripas desparramadas, The Walking Dead tiene una profunda vocación didáctica y moralizante y en cada capítulo podemos encontrar una revoltura de los temas que más obsesionan hoy en día a esa sociedad, y casi podríamos decir a todo Occidente. La serie esta llena de acción  (para aquellos a los que gusta la acción) con abundantes elementos gore (para el público gore, que al parecer es enorme), y funciona, moderadamente, como relato de terror… Pero en realidad pretende mostrarle a Norte América sus propias miserias, en un tono más rimbombante de lo que uno esperaría de un relato de muertos vivientes en el que por alguna razón, a pesar de que van ya meses del apocalipsis, en todas partes el césped siempre está bien cortado. 

En De Caligari a Hitler, una historia psicológica del cine Alemán, Sigfried Kracauer  anotó que la proliferación de tiranos y seres monstruosos y contrahechos del cine alemán en los años veinte y treinta era la proyección de una nación que se sentía manipulada y desvalida luego del abusivo Tratado de Versalles y veía en esas figuras, con esperanza y temor, a alguien que manejara su destino. Los zombis han terminado también por admitir una variedad de lecturas desde que en 1968 George A. Romero estrenó La noche de los muertos vivientes. En principio muchos se apresuraron a decir que aquellos muertos que regresaban de sus tumbas eran los soldados caídos en la guerra de Vietnam dispuestos a atormentar a una sociedad opulenta (y considerablemente republicana). Otros, aún más imaginativos que Romero, adujeron que los zombis eran la representación de los peligros del comunismo, que acechaban más que nunca a Norte América por aquellos días… Romero ha repetido en innumerables entrevistas que todas esas interpretaciones no corresponden a su intención, que no estaba más allá de hacer una película de terror entretenida, pero lo cierto es que desde entonces los zombis han adquirido una gran carga conceptual que los convierte en símbolo por excelencia de la alienación (lo cual es evidente en El diario de los muertos donde Romero mismo reflexiona sobre los desmanes de las empresas informativas).

En la primera temporada de The Walking Dead, por ejemplo, una de las reflexiones más serias va entorno del verdadero papel de las mujeres en un mundo lleno de zombis y de machos alfa… Ninguno, parecen concluir los autores en un principio. Básicamente cocinar y lavar la ropa sucia, aunque lentamente Andrea, uno de los personajes femeninos comienza a alzar la voz y a verse tan fuerte como Rick o Shane, otro de los protagonistas. Nada más políticamente correcto podía esperarse del país y la era de Hillary Clinton, Sarah Palin y Condoleezza Rice. 

También  nos encontramos en con una forzada alusión a la gran problemática de los inmigrantes. De hecho los caminantes (walkers) son esos cadáveres que regresan y ahora amenazan el tradicional y sólido modelo de vida de la familia americana. Son inmigrantes, vienen del reino de los muertos, pero son inmigrantes  que con su presencia arruinaron los valores y las costumbres de quienes quedan vivos. Eso sí, entre el grupo de los vivos también encontramos a un coreano y aun afroamericano para mantener por supuesto el tono incluyente y abierto.

Pero como es típico en las historias de zombis, aquí  nos enfrentamos a una de las más reconocibles obsesiones norteamericanas: las armas. Es como si la serie fuera patrocinada por la Sociedad del Rifle. Todo el mundo quiere tener una pistola. Y todos quieren aprender a disparar, lo cual es comprensible en semejante mundo. Cualquiera de nosotros quisiera aprender. Pero cuando a Carl, el pequeño hijo de Rick de tan solo once años de edad empieza a llevar una 9  milímetros en la pretina uno recuerda aquella canción de Aaron Lewis tan descriptiva del sentir americano: I love my country, i love my guns.