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domingo, 4 de noviembre de 2012

Memorias del Puerto

Páginas de un diario de viajes




Hace unos días tuve que volver al puerto. Llevaba muchos años sin ir. A mi llegada vi de paso la vieja oficina… Creo que fue el último lugar donde estuve ante de irme: ese dia vi el pueblo a través de los amplios ventanales tratando de retener en mi memoria cada detalle, me llené los pulmones de ese aire tibio y cargado de polvo… Y lloré. Tal vez no quería irme. En fin. 

Me alojé en un hotel a la orilla del río, que se veía pasar oscuro e impasible, como siempre; y salí al balcón a beber una botella de agua mineral. La noche era fresca pero aun así el calor se sentia espeso, gelatinoso. Recordé esa tarde en la que Jorge nos propuso sentarnos a pensar  de nuevo el río, a escribir sobre él… Con el ánimo de molestarlo, en alguna línea escribí: ‘allá afuera nos aguarda el río, sucio de basura y sangre…’ Imposible olvidar su gesto de dolor: respiró profundo, cerró fuerte los ojos  y frunció el ceño; lo miré pero él no me devolvió la mirada… Los jesuitas suelen ser hombres apasionados.

A lo lejos se escuchaba una canción ya vieja, una de esas con las que aprendí a querer el sonido del acordeón: parece la misma novela con otro guion, con escenarios diferentes y el mismo actor… Y se me vino a la memoria la tarde en que salimos a buscar a Camilo. Ya sé dónde lo podemos encontrar,  dijo Ivonne mientras con una expresión de tensión y asombro. Vamos. Empezamos a bajar por el pueblo  a paso largo con un sol naranjado tostándonos el cuello; íbamos pensando en que la oscuridad no nos sorprendiera en medio de esa búsqueda improvisada. Dejamos atrás el cementerio, tan célebre por sus incontables N.N  y de pronto estuvimos en un laberinto de diminutas casas de ladrillo con techos de zinc y tejas Etenit, separadas por estrechas calles sin asfalto. Niñitos barrigones por todas partes.

A Ivonne le habían dado la dirección de un compañero del colegio de Camilo, un niño llamado Yuber. Yuber sabe dónde esta Camilo, le dijeron. Llegamos a una casa y preguntamos por él. La mamá vive allá al fondo. Entramos por un corredor estrecho y oscuro tratando de esquivar los charcos en el suelo;  contra las paredes una infinidad de fierros viejos y retorcidos. Se respiraba un aire húmedo y grueso; olía a sebo. A la orden, dijo una mujer diminuta y menuda; se veía aún joven pero el rostro estaba minuciosamente arrugado. Nos miraba mal. Nos presentamos. Estamos buscando a Yuber. ¿Y como para qué sería? Le explicamos. El niño no estaba. ¿Usted conoce a Camilo, señora? ¿Ustedes de dónde es que vienen? Nos preguntó de nuevo. En un poyo armado con tablas había un fogón de petróleo. Miré a Ivonne; el sudor le bajaba por el cuello. Señora, necesitamos encontrar a Camilo porque él tiene algo que es de nosotros y necesitamos que nos lo devuelva... Y como no lo hemos vuelto a ver. Creo que esa era la salida más diplomática y sincera posible. Ese es hijo de Marta Cortes, vea salga hasta la esquinita de allí, voltee para este lado y se van caminando hasta que vean una casita de madera pintada de verde, ahí voltea a mano izquierda y se va hasta el fondo: ellos viven en un ranchito de dos pisos, por ahí pregunta…

Seguimos fielmente la instrucción: llegamos a la esquina, caminamos hasta una casita presumiblemente  verde ¿Era verde? Doblamos a la izquierda… y comprendimos que nos habíamos perdido…  Ivonne se sabía la historia del barrio: la mayoría de familias eran desplazados de las guerras paramilitares de la región. Cientos de personas. Ahora el panorama no era de casas precarias de ladrillo sino ranchos de madera. Ya se sentía el olor del río. En el horizonte se veían las últimas ráfagas del sol y se recortaban las siluetas diminutas de los últimos gallinazos. 

Encontramos una tienda y preguntamos por Marta Cortés, por Camilo. No tenían idea. Nos bebimos un par de Coca-Colas sentados en un tronco dispuesto a manera de silla. ¿Qué le vamos a decir cuando lo encontremos? No sé… que por favor nos devuelva lo que es de nosotros. Andrés, eso na va a pasar… Camilo llevaba veinte días desaparecido. Pero algo me decía que debía seguir confiando en él. Entonces Ivonne me contó la historia de su hermano ¿Yo no le he contado? No. El tipo era oficial de una fuerza élite contra guerrilla y un día se despidió, salió para una misión... Pasaron tres años sin saber nada de él, lo dieron por muerto. Al cabo de ese tiempo recibieron una llamada, era él. Había pasado tres años explorando palmo a palmo cierto páramo del sur del país, en busca de guerrilleros. Así de simple. Una vez pasamos cuatro meses sin ver el sol, cuatro meses en un hueco, comiendo gusanos, les contó… Pero desde que apareció siempre pensamos que era otro, dijo Ivonne, no miraba igual. Nunca volvió a mirar igual…

Continuamos; intentamos recoger nuestros pasos buscando de nuevo la casa verde y preguntando aquí y allá por Camilo, por su madre. Hasta que dimos. Mire ellos viven allá, nos dijo alguien que señaló un ranchito de dos pisos. Afuera había una mujer madura y morena en la que todavía quedaban vestigios de belleza. Señora, buenas noches. Le explicamos. Ella era amable pero nos miró extrañada. Espere yo se los llamó. Pegó un grito: Camilo. De adentro del ranchito salió un niño de unos doce años. Vea, que aquí lo buscan los señores. Ivonne y yo nos miramos: ese no era nuestro Camilo… Les explicamos y ya nos íbamos a ir cuando el niño nos dijo: yo los he visto a ustedes, yo sé quienes son: ustedes están buscando es a Cepillo. En efecto nuestro Camilo se motilaba como un cepillo. Yo sé donde vive.

Emprendimos el camino hacia la ribera del río en medio de una oscuridad casi absoluta, pero aún alcanzábamos a ver en cada rancho, amarrada en un palo de escoba, la bandera de Colombia izada en alto, inmóvil y triste. Era el barrio Colombia. Ranchos de cartón y madera. Algunos con la puerta abierta, como la boca de un muerto. 

Entre más avanzábamos, menos ranchos. La corriente del Magdalena se sentía poderosa y aterradora a solo unos metros. En algún punto tuvimos que dar zancadas, así de alta estaba la yerba. Hasta que vimos la casa. Era el último rancho. El último. Quedaba a unos pasos del río: cuatro estacones unidos por tablas y cartones a las que algunos plásticos y  viejos pasacalles servían como techo.  Nos recibieron un hombre y dos mujeres, una joven y la otra ya muy vieja. Los tres se veían demacrados y flacos. Buenas noches… Estamos buscando a Camilo. Se miraron entre ellos. Él no está,  ¿Como para qué sería? Adentro había una vela moribunda encendida: el rancho estaba totalmente vacío, solo se veían periódicos y trapos tendidos en el suelo pelado. En un rincón un bebé lloraba inconsolable.  

En ese momento supimos que no había nada qué hacer… y además no importaba…

sábado, 6 de octubre de 2012

El Salar de Uyuni (I)

Páginas de un diario de viajes


uyuni
Vista de Laguna Verde, Uyuni- Bolivia.



Primera parte de un viaje a un lugar fascinante.


Llegué a Uyuni luego de un viaje alucinante de seis horas por una carretera escarpada y polvorienta bordeada  de montañas de  colores.  Atrás quedaban las noches de fiebre y carnaval en Oruro. Atrás quedaba Potosí con sus minas como fauces, sus pórticos coloniales y sus calles heladas. Atrás quedaban también Paula  y su refinado acento inglés: you ,tricky colombian guy, me dijo antes de despedirnos, are you trying to scape from me? Su mirada era de un azul intenso. Había dejado todo, su trabajo y su vida en Londres, para irse a dar la vuela al mundo. Y había empezado por Sudamérica; ya llevaba varios meses por estos pagos. La conocí en La Paz, camino a Chatalcaya, a unos cinco mil metros sobre el nivel del mar: you are from Colombia, your balls must be freezing. Queríamos continuar el viaje juntos, aunque solo fuera por unos días más… Pero creo que ninguno se atrevió a proponerle al otro que desviara su camino. O tal vez sabíamos que entre más pasara el tiempo más difícil sería despedirnos… en fin. En esos viajes el único compañero en realidad es el camino..

Uyuni es un pueblo diminuto y modesto dominado por la enorme estación del tren y asediado por turistas de todas partes del mundo. Bares, restaurantes, hostales… Pero sobretodo agencias de viajes, ese es el panorama en Uyuni. Yo llegué a las cinco de la tarde cuando ya casi no quedaba dónde alojarse. Bolivia es un  paraíso turístico subvalorado, eso hay que decir muy enfáticamente en su favor; pero en su contra hay que mencionar el mal servicio: en un restaurante fácil te atiende un niño mocoso y lleno de costras en la cabeza, nadie sonríe. Esa tarde en los hostales era frecuente ver letreros que rezaban más o menos esto: No hay habitaciones, no moleste. Daban ganas de entrar y darle un coscorrón al administrador.

Luego de recorrer palmo a palmo el pueblo encontré alojamiento en un hotelito que parecía una cárcel y me fui a buscar una agencia para comprar mi tour por el salar. ¿Usted es colombiano? Sí ¿Y hacia dónde se dirige? Después de cruzar el salar voy para Chile ¿Y no llevará algo en su equipaje? Usted me entiende, los colombianos…Malparidos. Fui a buscar otra agencia. Hasta donde recuerdo, los Bolivianos son lo más parecido a un colombiano en el continente: si uno se descuida lo dejan desnudo. Ya en la frontera con el Perú me había pasado algo similar: cuando escucharon que era colombiano me condujeron por un corredor largo y oscuro al cabo del cual había una oficina diminuta llena de folders. Sentado ante un escritorio un hombre robusto y bajito: si quiere llegar a Bolivia me tiene que dar veinte dólares, es un impuesto… obviamente le armé un escándalo y no pagué nada. Malparidos.

Luego de comprar mi tour, me fui a comer. Me esperaban tres días de viaje por el desierto de sal más grande del planeta. Entré a un restaurante italiano. Pedí risotto. Mientras aguardaba entraron don mujeres. No les presté mayor atención, pero pronto oí a una de ellas decir: ¡amigo cubano!!! Eran Ruth y Carmen, dos argentinas que había conocido en las minas de Potosí. A ellas les pareció que mi sombrero y mi arsenal de manillas me daban un aire muy cubano, y así me llamaron siempre: amigo cubano. Luego de comer bebimos una cerveza y hablamos mierda durante un rato ¿Y cuando salís para el salar, amigo? Nos cogió la media noche ahí sentados…



domingo, 24 de junio de 2012

Cabo de Buena Esperanza (I)

Páginas de un diario de viajes
Cabo de buena esperanza I
Panorámica de Ciudad del Cabo desde Table Mountain

Fragmentos de un viaje desde Ciudad del cabo hasta Cabo de Buena Esperanza, uno de los confines del mundo.


El teléfono sonó a eso de las seis de la mañana. Wake up call, wake up call, dijo una vocecita al otro lado de la línea. Ok, gracias. Afuera caía un aguacero a plomo y en el puerto la nablina había devorado por completo los incontables barcos y yates. La ciudad entera parecía un refrigerador.  En la garganta la sensación de haber  bebido un puñado de arena. Traté de recordar qué día era… ¿Lunes? No ¿Viernes? Ni idea. Cerré los ojos de nuevo y oí por un instante  la algarabía y la canción de Fleetwodmac: Can you hear me calling out your name, you know that i’m falling etc, etc… Vi el dúo de hippies cincuentones tocándola allá al frente. Me vi brincando y derramando mi vaso de cerveza Guines sobre los hombros y las tetas descomunales de esa rubia… un sentimiento ligeramente parecido a la vergüenza se me metió en el pecho. It’s ok, había dicho ella con una sonrisa complaciente y hermosa.  

Sonó el teléfono de nuevo. Era Calvin. No recuerdo su apellido. Lo habíamos conocido alguna madrugada; fue el único taxista que sabía dónde llevarnos a comer a esa hora ¿Qué quieren? ¿ Do you like KFC, guys? Se oyó como a una promesa del Paraíso…. Hi, Juan, dijo esa mañana con su voz pastosa y aguda a través de la bocina. Are we ready? Ya bajo, Calvin. Colgué.

Tocaron la puerta. Era José. ¿Usté qué? ¿Va para Robben Island? El clima era atroz, por lo menos para alguien del trópico: unos cinco grados. Me habían advertido sobre Robben Island: hay marea alta, no van a dejar viajar a nadie.  Pasé por el restaurante, desayuné una taza de café con  tostadas, jamón y queso;  guardé dos manzanas en mi mochila. En la recepción del hotel mis demás compañeros de viaje hacían votos para que escampara. Quihubo ¿Vamos para Robben Island? No. Allí estaba Jack ¿Hablaste con calvin? Sí. Ok, vamos. Nos alcanzó José: ¿Ustedes para dónde es que van? Cabo de Buena Esperanza. ¿Y allá qué dan de bueno? No dijimos nada. Yo mejor me voy con ustedes, muchachos…Ok.

Nos subimos al taxi.  Where is your hat, Juan?  Dijo Calvin. Ignoro por qué decidí dejar mi sombrero. I like your hat. Ok…  Avanzamos en medio de la lluvia buscando lentamente el sur. Cerca de dos horas de viaje nos separaban de nuestro destino. A través de las ventanillas Ciudad del Cabo se veía pulcra y minuciosamente organizada con su mezcla de arquitectura holandesa y musulmana. De hecho nunca logré conciliar esa imagen con la reputación  de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. 

¿Are we coming to the townships?  Preguntó Jack. Calvin nos había propuesto hacer un recorrido breve por las zonas que durante el Apartheid habían sido destinadas a los “no-blancos”, los barrios pobres, los townships. Para allá vamos, respondió el viejo taxista. Recordé de inmediato la película de  Neil Blomkamp ¿Podemos pasar por el distrito seis? Le pregunté. Esa zona, que inspiró la historia de Distrito 9, había sido declarada exclusiva para blancos a mediados de los años 60. En los siguientes quince años más de sesenta mil personas fueron reubicadas a más de veinticinco kilómetros en los llamados Cape Flats. Yes, Juan,  I can take you there, y de paso les muestro mi casa, is that ok, guys? Calvin, que llevaba cuarenta años ganándose la vida como taxista, estuvo entre los primeros en retornar al distrito 6 en 2004, gracias al empeño del expresidente Mandela. Afuera había empezado a escampar.

Yeah, it’s ok, Calvin.


martes, 10 de enero de 2012

Napú (Primera parte)


Diario de viaje a un lugar solitario y hermoso en el siempre olvidado Chocó
Camilo y Chipuco
Mis amigos Camilo y Chipuco





En el chocó, justo en la antesala del Tapón del Darién, hay un sitio con dos cascadas y tres playas libres de los detestables turistas. 




















I 


Toto me lo había repetido en varias ocasiones: voy a estar en Napú, tu verás si caes, el viaje no dura sino unas diez o doce horitas… ¿Napú? En fin… sí, tengo que ir un día de estos, Toto, decía yo como por decir. Pero este fin de año no sé qué pasó: Juan, voy para Napú, etc… Ok, yo voy. Estaba buscando un lugar solitario, lejano y agreste donde pasar el fin de año… 


Juan, te recomiendo llevar una cometa, no te vas a arrepentir. Ok ¿Pero dónde iba a encontrar una cometa sin ser temporada? Yo nunca fui un constructor competente de cometas. Tomé las páginas amarillas. El almacén más cercano quedaba en el centro, en el Pasaje de los libros… Cerrado ¿Sabe a qué horas abren? Le pregunté a un librero vecino. No sabía pero hablamos un rato del viejo oficio de hacer cometas. De niño uno se iba hasta la orilla del río por las varillas y luego asaltaba el ropero de una tía para conseguir los trapos viejos con que hacer la cola. Buenos recuerdos, pero yo seguía sin cometa. 


 Llamé a otros tres sitios pero nunca contestaron. Al final encontré un lugar: la Casa de las cometas. Quedaba en algún lugar de Villa Hermosa. Luego de más de media hora en un taxi buscando por callecitas estrechas y empinadas, llegué. ¿Cómo supo de la Casa de las cometas el amigo? Me preguntó un hombre rubio y bajito ¿Por Feisbum? No, por las páginas amarillas. Me preguntó que tipo de cometa quería. No sé, una normal. Ignoro lo que el tipo entiende por normal: trajo dos cometas enormes. A una la llamaba el avión y a la otra la cobra. Cada una medía dos metros de alto por noventa centímetros de ancho; con la cola alcanzaban los doce metros. Le recomiendo la cobra, dijo. Esa era la más cara. ¿No tiene algo un poco más pequeño, más … normal? No. Ok. 


II 


El tipo que iba a mi lado en el bus peleó con su mujer toda la noche por celular, su llanto no me dejó dormir. Viajé de noche bajo una lluvia menuda y llegué a Turbo luego de ocho horas tortuosas. A las ocho de la mañana el calor ya lo envolvía a uno como un vaho tibio y espeso. 


El Waffe, nombre con el cual es conocido el puerto, ya sonaba a vallenato y reguetón y estaba repleto: vendedores de pescado, de lentes oscuros, de mango, de tiquetes... En fin; gente que había llegado a Turbo a hacer el mercado o alguna visita y ahora esperba regresar a sus casa Atrato arriba... Y turistas: de Medellín y Bogotá especialmente, algunos de Montería, un puñado de gringos y otro de holandeses. 


Pero en realidad el sitio no estaba tan atestado como de costumbre a fin de año: el invierno amedrentó a la mayoría viajeros. Hay mar de leva, se oía decir por todas partes. ¿Tu para dónde vas? Me preguntó alguien. Para Napú. Eeerda, no te van a queré llevá porque hay maretas. Averigüé en todas partes: en efecto nadie me quería llevar por temor a que las olas volcaran la panga cerca de la playa. En Napú no hay muelle. La única solución es que te vayas hasta San Francisco y desde allá camines por la playa hasta Napú, sería como una horita caminando, me dijo un vendedor de tiquetes. La magnitud de mi mochila me puso a pensar, pero a esas alturas ya me daba igual, así que separé mi cupo y me senté a beber cerveza y a aguardar mi panga. 


III 


Lentamente la panga fue dejando atrás el puerto y toda esa infinidad de embarcaciones abandonadas, con el vientre carcomido por el salitre y el cagajón de las gaviotas. En las orillas, casitas de madera y niñitos barrigones navegando sobre enormes rectángulos de icopor. A ratos, entre las nubes espesas y tristes, se asomaba un sol amenazante y blanco que parecía comiéndotendote la piel a mordiscos.


A la altura del puesto náutico del ejército una panga que regresaba de Acandí se detuvo cerca. Ha llovido seguido los últimos cuatro días, dijo un tipo con acento bogotano, prepárense para quedarse encerrados. Todo el mundo lo miró como un culo. Pero entre más avanzábamos peor se veía el cielo. Tenía un aspecto mortecino, horrible. 


Había mar de leva en efecto, de lo cual dieron fe los innumerables traseros a bordo de la panga: durante las dos horas que duró el viaje, la pequeña embarcación no dejó de saltar azarosamente sobre las enormes olas de agua turbia y espumosa que se deslizaban apacibles pero veloces a lo largo del golfo. 


Llegamos a San Pacho. Se bajaron unos cuanto pasajeros, el resto iban para Sapzurro o Triganá. Yo no hice amago de bajarme. Una mujer le pidió permiso al panguero para ir a orinar. El tipo no tuvo problema. Yo me le acerqué. Aquí esta bonito el mar, me dijo. Si, verdecito, le respondí. Era un hombre amable. Tu te bajas aquí, me dijo. No, yo voy para Napú. Pero a mi me dijeron que te dejara aquí y que tu te ibas caminando. Sí, pero ¿usted por qué no me lleva de una vez a Napú, loco? Le dije con mi cara de angustia más convincente. Tu sabej que allá hay maretas, me dijo… pero ejta bien, yo te llevo. Así de simple. 


IV


Llegajte, mi hejmano, me gritó el panguero, que trató de acercarse a la playa lo más que pudo. La panga se estremecía con las olas. Bájate rápido que se voltea ejta vaina, dijo el hombre, alarmado. Yo levanté mi mochila, envuelta juiciosamente en bolsas de plástico, me quité los tenis  y me tiré. 


El agua me daba al cuello; sentí las piedras inclementes punsándome los pies a cada paso. Los pasajeros de la panga miraban desconcertados como si no pudieran creer que alguien quisiera quedarse allí: delante de ellos se extendía la playa como una franja infinita custodiada por una pradera enorme salpicada de caballos y vacas y con tres o cuatro casitas de madera desperdigadas. Mucho más atrás una hilera de montañas robustas, la antesala al Tapón del Darien. Cómo se llama este sitio, preguntó una mujer. Eso es Napú, respondió el panguero.



sábado, 28 de mayo de 2011

El último día del año en la Isla del Sol












Llegamos a Copacabana rayando la una de la tarde, el último barco hacia la isla del sol salía a la una y veinte. Señor ¿No quiere cambiar su sombrero por el mío? Dijo la señora a la que pregunté dónde comprar los tickets para el bote. Rectito nada más, respondió señalando hacia adelante ¿Y el sombrero? No acepté la oferta. Nos abrimos camino a paso largo por una calle abarrotada de vendedores de verduras y mujeres con canastos. En medio del afán estrujé a un tipo rubio, alto y robusto de lentes oscuros y rastas cubierto con un aguayo, al lado suyo iba otro casi idéntico y una mujer boliviana. Perdón, alcance a decir y seguí. El tipo dijo algo en francés. Ni idea. Eran los últimos tres tickets. Detrás de nosotros llegó el del aguayo y su compañero. También buscaban tickets…

viernes, 13 de mayo de 2011

De Medellín a Machu Picchu, indocumentado y pobre (II)

Metodo fácil para irse hasta el Perú echando dedo


Una vez en Cusco hay dos maneras para llegar a Machu pichu. La primera requiere más tiempo pero es mucho más recomendable y luego sabrán por qué: consiste en tomar desde la terminal de Santiago un bus hacia Quillabamba. El bus vale veinte soles y uno se debe bajar en santa María: son ocho horas de viaje, pero para cualquiera que haya llegado aquí desde el norte o el sur del continente por carretera (y haciendo autostop) ocho horas no son más que un suspiro. En santa maría se toma una combi hasta Santa Teresa.


Cuesta diez soles y el trayecto dura casi dos horas por una carretera desatapada al lado de un precipicio. Recomiendo irse al lado de la ventanilla, la sensación es muy agradable. Por las afueras de Santa Teresa Pasa el Río Urubamba (compañero inseparable de viaje de aquí en adelante) y antes de emprender el viaje final es necesario cruzarlo, ahora hay un puente pero antes solo había oroya: un cajoncito suspendido de una cuerda que se debe arrastrar por medio de unas poleas. Este es otro de los trayectos emocionantes del viaje: abajo el río caudaloso rugiendo y arriba uno arrastrándose por la cuerda. Al otro lado del río es posible tomar un camioncito hasta Hidro o caminar. Todo depende de la hora. El caso es que caminando de allí hasta Aguascalientes (el pueblito donde queda Machu Picchu) se van cerca de ocho horas; cuatro por un camino destapado y cuatro por la vía del tren con el río siempre susurrando al lado. Como podrán entender es muy recomendable ir bien livianos de equipaje, con impermeables y una carpa por si es del caso.


La otra manera de llegar a las ruinas desde Cusco es tomando el rumbo hacia Ollantaitambo: es mucho más rápida pero implica un obstáculo enorme. Así fue como llegamos mis amigos y yo: Una señora muy amable nos llevó en su remoque hasta el camino que conduce al km 82; caminamos como hora y media hasta la última estación de tren antes de Aguascalientes, allí estaba el obstáculo: en la estación hacen guardia policías y controles vestidos de civiles para evitar que los viajeros sigan a pie por su propia cuenta (lo otro es tomar la ruta del Inca pagando un guía: carísimo, el plan vale más de doscientos dólares). No sobra anotar que la única forma de llegar a Machu Picchu es en tren (o a pie claro) y el tren es siempre caro para los extranjeros (de hecho todo es caro para los extranjeros porque en Perú creen que todo el mundo es gringo, así sea de Colombia y parezca nacido en la Avenida Jiménez con Séptima o en pleno Parque Berrío, como es mi caso).


Nosotros no estábamos dispuestos a pagar los más de veinte dólares cada uno que nos costaba el tren y en un descuido de todo el mundo seguimos nuestro rumbo, a pesar de que ya un control se había acercado a informarnos que estaba prohibido el paso. Íbamos a paso largo sin mirar para atrás, como si fuera la cosa más normal del mundo, cuando comenzamos a escuchar los gritos. Detrás venía un guardia del tren con dos policías. Estaban enojados: Se les advirtió que esto está prohibido, los podemos enviar a la comisaría ¿Tienen todos sus papeles en orden?¡Claro, oficial, cómo no! ¡Por Dios, y yo que era un ilegal! Alcancé a asustarme un poquito. Nos toco devolvernos.


No podíamos creer que luego de semejante travesía, de cruzar tres países viajando en la parte de atrás de no sé cuantos camiones el asunto fuera a terminar así. Yo entiendo que ustedes están cumpliendo su deber, pero ustedes entiendan que nosotros queremos visitar las ruinas y no tenemos plata para el tren, somos latinos no gringos, además ese tren es manejado por extranjeros, si por lo menos fuera peruano. Me jugué la última carta. Mis compañeros alegaron razones similares. Todo parecía concluido y ya íbamos de regreso cuando miramos para atrás y vimos a los dos policías haciéndonos señas. Los dos que veníamos de últimos nos devolvimos. Flor y yo.


Está bien, les vamos a decir dos maneras en la que ustedes pueden seguir su camino por aquí porque entendemos bien sus razones ¡Bien!!! El truco consistía en lo siguiente: debíamos acampar lejos de la estación para que no nos vieran ni los controles ni nadie hasta las nueve de la noche cuando llega el último tren exclusivamente para peruanos (era la una de la tarde) Entonces debíamos separarnos en grupos de dos y montarnos sin decir nada en distintos vagones; cuando el tren fuera en marcha y el control se acercara a pedirnos los cinco soles del pasaje y el DNI (el documento de identidad) debíamos decir con nuestro mejor acento peruano que lo habíamos perdido y que íbamos a poner el denuncio en Aguascalientes. No les va a pasar nada, se lo aseguramos, nos dijeron los policías. A unos quince minutos de la estación, a un lado del camino, había un cultivo de maíz en medio del cual nos internamos y acampamos entre las altas mazorcas. Fue una tarde agradable: dibujando el paisaje a escondidas, matando mosquitos y ensayando nuestro acento peruano: ¡He perdido mi DNI, pues, oficial¡

Hacia las ruinas

Faltando algo para las nueve salimos de nuestro escondite y comenzamos a esperar cerca de la estación. La oscuridad era casi absoluta, en el cielo brillaban tantas estrellas como no veía desde que era un niño. A lo lejos se empezó a escuchar el silbido y el rumor de la máquina sobre los rieles. Nos separamos. Yo me quedé con Nati y con Flor. Caminé unos pasos hacia delante para ver el tren cando apareciera, en ese momento un señor que un rato antes nos había preguntado si necesitábamos transporte se le acercó a mis compañeras. El silbido se oía cada vez más cerca. Este señor dice que los del tren se van a dar cuenta y nos van a bajar. Y los van a maltratar, agregó el tipo. Las dos mujeres estaban aterradas.


El tren llegó, se detuvo. En medio de la oscuridad y a la distancia a la que estaba vi un sinnúmero de bultos subirse ¡No nos podemos ir ahí! dijo la ecuatoriana y salió corriendo en busca del los demás. El tren reinició su marcha. Esperamos un rato... Nuestros amigos se habían ido... A nosotros tres nos quedaba la segunda alternativa que nos plantearon los policías: esquivar un poco la estación y seguir a pie aprovechando la falta de vigilancia a esa hora. Le pagamos a un niño para que nos condujera por una colina hasta llegar de nuevo a la carrilera. Eran las diez de la noche y había empezado a llover. Estábamos en el Km 82. Machu Picchu queda en el Km 111...


Caminamos toda la noche, descansamos cinco minutos en cada uno de los cuatro túneles que encontramos (secos y acogedores según mi apreciación, aunque mis compañeras no pensaban lo mismo por la abundancia de arañas), dormimos veinte minutos sobre la carrilera con la llovizna acariciándonos la cara. Llevábamos solo una botella de agua y celebrábamos el avance de cada kilómetro con un trago hasta que se nos acabó en el kilómetro cien. Yo iba adelante alumbrando el camino con la única linterna que teníamos. Por momentos caminaba medio dormido y soñaba que iba por el centro de Medellín con un perro ladrándome al lado. Al despertar entendía que el perro era el río Urubamba.

Llegamos a las siete de la mañana con los pies destrozados por la grava enorme y filosa de la vía férrea. Por cinco soles nos dejaron dormir y bañarnos en un hotel de Aguascalientes y a la una de la tarde estábamos listos para subir a las ruinas.

Pero yo tenía un pequeño problema que resolver. En Lima fui a un cajero automático y dejé la tarjeta olvidada, de inmediato me comuniqué con mi familia en Colombia para pedir que llamaran al banco y la bloquearan. Sencillo. Yo tenía otra tarjeta así que no me sobresalté mucho. Ya en Aguas Calientes llamé de nuevo a mi casa. Nada más a saludar. Hola, cómo están todos. Nosotros bien, mijo, el de los problemas va a ser otro. Era mi mama, la noté rara. Por qué, qué pasa. Por la tarjeta. ¡¡¿No la bloquearon?!!! No, es que bloquiamos la otra también...


Yo sin lugar a dudas no soy un hombre valiente, pero la verdad es que no me asusto fácil. Sin embargo cuando escuché semejante noticia sentí en el vientre un vacío del tamaño de Machu Picchu ¿Qué demonios iba a hacer tan lejos y sin un centavo? Bueno, traté de tranquilizarme y pensé en una alternativa: antes de salir de Medellín hice algunos grabados al aguafuerte y a punta seca con imágenes de indígenas peruanos la idea era regalarlos como recuerdo, cambiarlos o venderlos. Una amiga que ya ha hecho el viaje dos veces me lo recomendó: no te vas sin cosas para cambiar, vender o regalar, así sea bolsitas de café. Yo llevé lo que sé hacer y en el camino de subida hacia las ruinas empecé a ofrecerle un suvenir a cuanto extranjero con cara de europeo pudiente me encontré.

Mis compañeras se me adelantaron pronto. La subida toma unas dos horas y se necesita un buen estado físico. En el trayecto me encontré con mis amigos ecuatorianos, los que sí habían tomado el tren. Les fue bien, no los descubrieron, pero no habían podido entrar a Machu Picchu. Ninguno excepto Chema, un hombre robusto y de baja estatura que se nos habñia unido en el Cusco: me subí por un barranco y alcancé a ver la ruinas, vi la muerte porque casi me voy al vacío, pero lo logré; yo creo que tú también puedes, Juan, yo sé que sí. Sí, intentalo, dijo un argentino que venía con ellos, vale la pena,che. ¡Por un barranco! Yo estaba sin un centavo, me habían dado dinero falso, se me habían perdido los papeles de identificación: no estaba seguro de querer tentar más a mi suerte subiéndome por el tal barranco. Además conozco un método mucho más civilizado para entrar gratis a Machu Picchu.


Cuando llegué arriba eran más de la cuatro de la tarde y estaba empezando a llover. En la cafetería traté de vender más grabados: me estaba yendo bien, ya tenía cincuenta solecitos en el bolcillo. Trabé conversación con algunas personas y se me fue el tiempo de tal forma que cuando el aguacero arreció caí en cuenta de que no había visto a mis compañeras...


Casi a las seis de la tarde, en medio de los chorros de lluvia las vi salir de las ruinas. La ecuatoriana se me fue encima y me dio un abrazo tan fuerte que casi me daña los lentes: ¡Habían entrado gratis! Bueno aquí está el método, que es conocido por un buen número de mochileros: durante la subida es necesario trabar conversación con viajeros que recién salgan de su tour y pedirles que si por favor te regalan su tiquete, muchos lo miran a uno extrañados y se niegan, los latinos dicen que lo quieren conservar como recuerdo, en fin. Pero llega un turista desprendido que te regala su tiquete. Listo, lo que sigue es entrar a las ruinas como si nada y cuando el control pida el tiquete uno le dice que salió un rato para comer algo. Y ya. Estas adentro. Es como cuando uno va al cine y le dan ganas de orinar: al regresar muestra la mitad del tiquete que le queda. Pero cuidado, el tiquete tiene que ser del mismo día...


El caso es que por las circunstancias que ya mencioné yo no entré ese día sino al siguiente, cuando me despedí de mis amigas,que no me podían esperar y partieron cuanto antes. Yo emprendí de nuevo la subida ¡Uuuf! Me quedé cerca de dos horas en Machu Pichu; entre con el ticket de un señor llamado Phillip Dalmon, canadiense. Yo le di un grabado como agradecimiento. Estar allí fue una sensación extraña, como cuando se conoce en persona a alguien famoso: uno no logra conciliar su imagen con la que veía en televisión, se ve igual pero distinto. Además para mí una vez estuve adentro fue como la coronación de una especie de extraño sueño americano, con todas las adversidades que tuve que pasar (y con las que me faltaban) No pienso decir mucho más porque creo que definitivamente hay que visitar el lugar por cuenta propia para poder hacerse una idea. De cualquier forma nunca voy a olvidar las amplias terrazas, los senderos de piedra y la figura enorme del Wainapicchu en el horizonte, como llegando al cielo.


El camino de regreso

Inicié mi retorno como a las tres y media de la tarde. Debía llegar hasta Santa Teresa en el Km 127. Tomé la vía del tren con la esperanza de llegar a Hidro y alcanzar un carro. Pero no, a las siete de la noche, cuando llegué ya no había carros y me tocó seguir mi camino a pié bajo la lluvia. De Hidro a Santa Teresa hay tres horas; como yo iba de noche el camino estaba totalmente oscuro, lo único que alcanzaba a ver eran las luciérnagas. Algunas de ellas caían exhaustas en el piso y yo las ponía en la palma de mi mano con la esperanza de que me alumbraran un poco. En cierto lugar había una piedra gigantesca que protegía de la lluvia y me detuve a descansar un rato; me senté . El lugar estaba tan cómodo y seco que hasta pensé en que darme a dormir allí. Al cabo de tres horas empecé a ver una lucecita que se acercaba lentamente. Esperé un rato hasta que pasó por mi lado y siguió sin decir nada; obviamente no era una luciérnaga.Cómo es que iba a seguir sin siquiera saludar. Buenas, le dije. Era un campesino llamado Sandro. Me contó que faltaba poco para la oroya, y advirtió que a esa hora era mejor tener cuidado al cruzar. Un poco más allá encontré la primera casa. Llevaba como siete horas de camino sin agua así que me desvié hacia allá; a través de la reja vi a un grupo de campesinos medio borrachos, saludé, les pedí agua, charlamos un rato: terminaron invitándome a dos cervezas. Delicioso. Gente muy amable. 

Más adelante había otra casita con las luces encendidas y una puerta abierta, era una tienda. Me acerqué. Era un grupo de señoras. Les pregunté por la oroya y al final pedí que me vendieran dos bananos.Esa era mi comida, debía ahorrar mucho porque mi futuro era incierto. La que me atendió fue una mujer de unos cincuenta años llamada Fortunata ¿Y esta va a ser tu cena? Sí. Le conté los pormenores de mi viaje. Los soles falsos, las tarjetas, los papeles perdidos. Pero tú das lástima, pues, decía Fortunata en medio de risas. Cómo es que ibas a dormir debajo de una piedra. Me rodearon asombrados y me invitaron a quedarme. Dormí espléndidamente. Al día siguiente me invitaron a desayunar yucas cocidas y carne guisada con un café delicioso cosechado por ellos mismos. A las siete de la mañana me despedí de ellos, crucé el río y emprendí mi definitivo viaje de regreso. En Santa María les pedía auxilio a los policías. De nuevo conté mi historia y los tipos se cagaron de la risa. Nosotros te vamos a ayudar. El bus llegó luego de más de una hora de espera y cuando apareció por la calle principal lo primero que vi fue a los policías hablando con el chofer. Me llamaron con la mano. Mira, el amigo te va a llevar por solo 10 solecitos. El pasaje valía veinticinco… pero yo solo tenía siete… Ok… gracias, señores, les dije con cierta tristeza pero con profunda sinceridad, me voy a acordar siempre de ustedes. Luego respiré profundo y me le aparecí al chofer por la ventanilla con una gran sonrisa: amigo, yo soy el que usted va a llevar por cinco soles… Llegué a Cusco con cincuenta centavos….


El bus en el que me vine de Cusco a Lima se estaba incendiando durante el viaje a las cuatro de la mañana y tocó saltar por las ventanillas; luego, a las diez de la mañana, se le estalló una llanta y quedó al borde de un precipicio. Yo no lo podía creer. Por supuesto no me fui del Perú sin quedarme un día en Máncora, una playa hermosa al lado del Pacífico.

En Ecuador, en dos oportunidades, me iban a mandar para la cárcel por no tener papeles de identificación pero me salvé gracias a la ancestral y providencial capacidad paisa para echar carreta.



Por último llegué de nuevo a Colombia: Ipiales, Cali, Medellín: no lo podía creer cuando luego de pasar por Caldas, miré por la ventanilla y vi la primera estación del Metro: por maravilloso que haya sido el viaje siempre es bueno volver a casa...

De Medellín a Machu Picchu, indocumentado y pobre (I)

Método fácil para irse hasta el perú echando dedo Lo primero del viaje era averiguar la ruta más conveniente. Consulté en Internet y les pregunté a algunas personas. Lo más indicado, coinciden todos, es llegar a Ipiales, cruzar Ecuador y bajar por Perú siguiendo igualmente la carretera Panamericana. Lo segundo era averiguar la documentación que se requiere para viajar por esos países. Me metí a la página de la embajada de Ecuador en Colombia. Yo juraba que se necesitaba sacar pasaporte: como ciento veinte mil pesos ¡Jesús! En el sitio web decía sin embargo: se requiere Pasado Judicial del DAS, Tarjeta Andina de Inmigración, Cédula y/o pasaporte ¿Y/o? Yo no lo podía creer.

viernes, 6 de mayo de 2011

¡Ya hice amigos en Sudáfrica!

De cómo estúpidamente boté mi pasaporte en Jhoannesburgo


El vuelo estaba retrasado, pero faltaba muy poco para que abandonáramos Jhoannesburgo. Passport, please. Adelante de la fila mis compañeros extendían juiciosamente el documento. Yo saqué el ticket de entre un libro de J.M Coetzee (“Desgracia”…) y me llevé la mano al bolsillo de atrás: enseguida sentí un frio en el estomago que me subió por el pecho y me llegó hasta la boca. Se me entumeció la lengua. Luego busqué apresuradamente en los demás bolsillos, en la mochila. Passport, please. Me hice a un lado de la fila. ¿Qué pasa? Preguntó José. Boté el pasaporte. Vacié mis bolsillos y la mochila. Nada. José estaba pálido, era el guía del tour y ya en sao Pablo se le había perdido un viejito en el aeropuerto Garhulas: Cuando llegamos al hotel todos empezaron a extrañar vagamente a don Q. Oigan ¿No falta uno de los viejitos? ¿Si? ¿Cuál? Pregunté. El bajito, morenito de gorra ¡Mírelo! No, ese no, hombre. Don Q Se había quedado esperando su equipaje y cuando lo encontró ya todos nos habíamos ido para el hotel, exhaustos, luego de aterrizar a las cuatro de la mañana y esperar para sellar el ingreso al país por más de dos horas. Lo encontramos por casualidad arrastrando su maleta por uno de tantos pabellones, a la deriva ¿Ya nos vamos? Preguntó cuando nos vio. Sí, señor, venga antes de que nos dejen…




¿Y quihubo? ¿Nada? No, ya era definitivo, lo había botado. Respiré profundo y me tranquilicé. Ya eso me había ocurrido antes y lo asumí viajando felizmente como ilegal, yendo por tierra y evitando los controles fronterizos. De hecho, desde hace un tiempo adquirí la costumbre de ir botando cosas importantes. Tengo experiencia. Pero aquí el asunto era distinto. Marica ¿Y qué vamos a hacer? José seguía mal. No sé, pero tranquilo, loquito. Al otro lado del control, listos para abordar el avión, nuestros compañeros me miraban con asombro y se llevaban la mano a la boca…. Juancho, que qué pasa? Gritó E. Bote el pasaporte ¡Ay, marica! Parce, trate de hacer memoria. Muy cerca de nosotros pasaron unos niños tocando felices sus vuvuzelas… Negritos, divinos. Camine hacemos algo… Pobre Jose, unos minutos antes había tenido que rescatar de la prisión al Villabo (¿Cómo se llamaba el Villabo? No me acuerdo… el Villabo): delante de una puerta de vidrio decía “Prohibido el paso” pero en inglés y por supuesto nadie pasaba. Detrás se veía a cuatro policías malencarados y alertas. El Villabo se acercó, la puerta se abrió automáticamte y él sencillamente cruzó… Eso está prohibido, acompáñeme señor, le dijo uno de los policías en ese inglés áspero y dificil de los sudafricanos… lo que es no saber inglés… Pobre Villabo… Pobre José… No, tranquilo, le dije, yo soluciono el asunto solo ¡Pero te va a dejar el avión! El vuelo salía en 20 minutos. No importa, tranquilo, vos ya has tenido suficiente ¿Está seguro, Juan? Sí. Recogí mis cosas y me fui sin ni siquiera una idea aproximada de qué iba a hacer, a lo lejos se oían las vuvuzelas…


Cuando supe que ya no podían verme me senté en un banco a pensar. Ya sé que me quedaba poco tiempo pero necesitaba pensar ¿Cuándo fue la última vez que tuve el pasaporte en la mano? No hace mucho puesto que acababa de registrarme… ¿y luego de eso, del registro, cuándo? Me acordé: justo detrás del puesto donde nos registramos y entregamos nuestro equipaje había varias casas de cambio… todos mis compañeros estaban como locos cambiando dólares por rands. Al cabo de un rato se me acerco don W ¿Oiste, cómo es lo de la cambiada de eso? Le expliqué ¿Y vos no vas a cambiar, home? No. Yo sabía que era mejor sacar plata del cajero automático. Camina, cambiemos. No. Miró la fila para el cambio con timidez. La verdad le iba quedar difícil lo del cambio. Don W no solo no entendía en ingles sino que además era un poco sordo. Venga yo le ayudo. Hice pacientemente la fila y cambié cien dólares por rands. Le pedí el pasaporte. No, hacelo con el tuyo mejor… Bueno…. Recibí los rands y se los entregué. Él sin siquiera mirarlos me sacó a un lado ¿Bueno, y como es la cosa con ésto? Le expliqué. Unos cinco minutos explicándole que ya los dólares no le servían para nada en este país, que ya estábamos en Sudáfrica ¿Y los reales sirven? Los reales son de Brasil, don W. Luego de esta conversación nos fuimos... y yo dejé el pasaporte en la casa de cambio…yo soy feliz haciendo eso, olvidando cosas… (y sentándome sobre mis gafas) De manera que mi alternativa era regresar, parecía sencillo. Sin embargo el aeropuerto de Jhoannesburgo es enorme y mis sala de abordaje quedaba en el otro extremo… emprendí el regreso más o menos seguro de dar con el sitio, cruce un pasillo, bajé unas escalas, subí otras, vi las decenas de personas aguardando a los viajeros, bajé otras esaleras, pasé por la llegada de vuelos nacionales, usé un ascensor… y caí en la cuenta de que me había perdido… Ya habían pasado diez minutos y mi vuelo me iba a dejar, no cabía duda. Me le acerqué a una policía y le expliqué mi situación. Una mujer negra, robusta y de seño fruncido. Enseguida llamó a otros dos policías (Laow y Chris, leí sus nombres en la etiqueta que llevaban en el pecho) les pidió que me llevaran a cierto lugar. No logré entender bien, justo en ese instante marchaban a nuestro lado más de un centenal de chilenos acabados de desembarcar ¡¡¡Chi chi chi, le le le!!! ¡¡¡Viva Chile!!! Eso unido al ruido de las vuvuzelas resultaba casi insoportable. ¡Noooo! le dije, yo perdí mi pasaporte, pero ya sé donde está, necesito que me lleven allá. ¡Ya entendí, señor! ¡Estoy tratando de ayudar! Contestó ofuscada. Sucede que yo estaba tan perdido que me había salido del aeropuerto y para reingresar de manera rápida debían llevarme por un lugar destinado únicamente a las autoridades. Los dos policías me condujeron por un pasadizo largo y solitario. Atravesamos tres puertas que solo abrían con una clave y que contaban con detectores de metales. Tuve que quitarme el sombrero, la correa y la chaqueta antes de cruzar cada una. Por último bajamos por un ascensor y allí estábamos de nuevo ¿Cómo se dice cerveza en afrikans? Aproveche para preguntarles a los tipos. Bier. Ya tenía planes de beber varias de esas en la noche ¡Bier! ¿Recuerda qué había cerca de la casa de cambio? Todo se veía igual, yo no recordaba nada...


Ya habían pasado los veinte minutos de sobra, así que me tranquilicé, ya no había nada que temer: el avión me iba a dejar, era un hecho, no una posibilidad. Ahora el problema era otro. Me llevaron a la llegada de vuelos internacionales. El primer lugar por donde pasan todos los viajeros que vienen de afuera. Eso sí lo recordaba bien… y comenzamos a caminar. Vi la llegada de los equipajes, el primer corredor que cruzamos… y en fin, al cabo de un rato entendí que mi pasaporte estaba prácticamente recuperado… creo que voy a recordar siempre la gran amabilidad de esos dos hombres… mucho más tranquilo aproveché para hablar de futbol con ellos ¿Quién creen que va a ganar la copa? ¡Bafana Bafana! Contestaron sin dudarlo un instante. Bafana, bafana, así le dicen a la selección de fútbol sudafricana. Muchachos, muchachos… Llegamos…la mujer de la casa de cambio me vio aparecer con una sonrisa y con una ceja levantada: Señor, yo en su lugar habría sufrido un infarto… No es para tanto, le respondí.


A pesar de todo les pedí a mis dos guías que camináramos rápido, tal vez mi avión aún seguía allí… Y en efecto. José me vio llegar con los ojos bien abiertos ¡Quihubo? Todo bien, lo encontré ¡El avión no se había ido aún y había pasado casi una hora! Por supuesto no me despedí de mis dos buenos amigos policías sin tomarme una foto con ellos ¡Bafana, Bafana! See you, guys!!! Hice la fila y saqué el pasaporte, ahora ya todo parecía en orden ¿Y el ticket? Busque minuciosamente en todas las partes posibles… mi ticket había desaparecido… Estoy hablando en serio: había perdido el ticket… Por los altoparlantes se escuchó una voz: Pasajeros del vuelo 192 rumbo a Ciudad del Cabo, por favor subir a bordo… ¡No me crea tan pelota, Juan Andrés, usté qué se fumó! Dijo José. Nada, no había fumado nada, básicamente así soy siempre…


*****
Lo que más recuerdo de los sudafricanos es su amabilidad. Inmediatamente uno de los funcionarios del aeropuerto comprendió que yo tenía problemas se acerco. What’s wrong, Sir? Era un hombre blanco de unos cincuenta años. Le conté. Oh, take it easy! ¿Cuál es su aerolínea? Le contesté. Mire, allá le pueden imprimir nuevamente su ticket. Por el altoparlante se escucho nuevamente la voz: último llamado, pasajeros vuelo 192 hacia Ciudad del Cabo, por favor abordar… ¡Marica! José estaba aterrado… Loquito, bien pueda váyase, si no alcanzó yo les pido que me monten en el próximo avión ¿Usté está seguro, Juan Andrés? Sí, váyase que usted tiene mucha gente que ciudar, vaya… Salí corriendo, por suerte la fila era breve. Buenos días señor. Hola, necesito que por favor imprima de nuevo mi ticket. Su pasaporte por favor. Se lo entregué, la mujer comenzó a teclear lentamente. Era una negra bella, yo tenía afán pero aun me daba cuenta de esos detalles y me hubiera quedado feliz hablando con ella. Comenzó a reírse, no lograba pronunciar mi nombre: Uann A a aandrre e a a a.. . Se cagó de la risa. Divina, pero yo quería irme pronto. Una vez con el ticket en mis manos regresé, pasé el control y vi a lo lejos a mis compañeros en la fila de abordaje… pero tendidos en el suelo: el vuelo seguía retrasado. Llegué hasta ellos lentamente, feliz. ¿Quihubo? No, todo bien, ya hice mis primeros amigos en Sudáfrica…