sábado, 22 de septiembre de 2012

Operación Pablo Escobar

Reseña conversada del último libro de Germán Castro Caicedo


operación pablo escobar


Una cantina y un par de cervezas...



Me senté a hablar con un amigo. Fuimos a beber cerveza en el Bar Colón, una de las cantinas más tradicionales de la ciudad. Coperas, viejitos melancólicos, canciones de Los Cuyos, bocas oscuras despachando tragos de aguardiente. En esas terminamos en un libro al que ambos llegamos por pura curiosidad histórica… Mentiras,  llegamos a él por ociosidad, por la telenovela que transmite en la noche un canal nacional. El libro es Operación Pablo Escobar de Germán Castro Caicedo. Recuerdo que en una ida a la Librería Nacional me dejé llevar por la corriente y compré el libro de Alonso Salazar, en el cual se basa la telenovela,  y compré  este…

-Yo honestamente no creo que Escobar sea un tema superado, por detestable que resulte. Se me ocurre incluso que su sombra sigue alargándose y que su proyecto de llegar al poder en efecto se hizo realidad casi una década después de su muerte… y creo que aún no hemos podido reconocer que de su barbarie fuimos cómplices todos en Medellín e incluso en el país,  por acción o por omisión.

Estaba sonando algo de Reinaldo Armas.

-Escobar es como una apoteosis del vivo.

- De acuerdo… y esa figura del vivo es de las cosas que más daño nos ha hecho culturalmente.

-Yo creo que en lugar de decir que la imagen de Escobar no nos representa, deberíamos restregárnosla en la cara, como hacen con los perros cuando se cagan en media sala- dice Miguel antes de beber un trago de cerveza –, les restriegan la mierda en el hocico…

-A mí me pareció muy bien la manera como en el libro la voz oficial de Hugo Aguilar va confirmando lo que todos sabemos: el Estado siempre ha hecho la guerra de la mano de paramilitares. Para luchar contra Escobar se aliaron con el Cartel de Cali, con los hermanos Castaño, con la familia de los Galeano…

-¿Sabés qué me llamó mucho la atención? ¿Te acordás de la época de las masacres en las esquinas? Llegaban uno o dos carros llenos de tipos encapuchados, paraban en cualquier esquina y acribillaban al que cayera…

-Claro… con decirte que por esa época  soñaba con que yo mismo caía en una de esas. Pero en ese sueño  no me moría: recibía los balazos y caía al suelo… y pasaba el tiempo, pero nunca me moría…

- Ah, es que uno nunca se muere en los sueños…

- Eso dicen.

- Bueno, me impresionó la desfachatez con la que Aguilar reconoce que ‘en ocasiones esas fumigadas también las hacían ellos’, pero que no siempre, como si así la cosa fuera menos grave.

-Los Rojos.

Los Rojos eran una especie de sub unidad dentro del Bloque de Búsqueda. Cuarenta tipos vestidos de civil que llevaban a cabo operaciones secretas: iban por ahí ajusticiando sicarios. Una suerte de grupo Glanton en el cual Aguilar era como el juez Holden. Es célebre la anécdota de cuando estuvieron a punto de capturar a Escobar en el Éxito de Colombia. También estuvieron a la vanguardia en el operativo en el cual dieron de baja a Pinina.

-Uno a veces podría pensar que el recurso de Germán Castro de dejarle el relato casi por completo a Aguilar es un error, pero el tipo cuenta todo de una manera tan descarnada y reconoce tan fácil los errores que cometieron y la corrupción en todos los niveles que antes al final la pregunta es  cómo es que el tipo hablo tanto…

-Claro, y se comprenden  perfectamente también sus líos con la justicia ahora por vínculos con paramilitares.

-Pero  es que volviendo a ese punto, recordá lo que el man dice: incluso una institución tan de la entraña del sentir paisa como EPM era cercana a Escobar. Siempre se dice que la clase popular era la que había idealizado al tipo y lo ayudaba, pero sin la clase empresarial  y dirigente, el cartel de Medellín no hubiera logrado nada…

-Pues fíjate que con una sola llamada el man hizo nombrar a uno de los hermanos Prisco  en un cargo importante en el  Hospital San Vicente de Paul.

-Hombre, es que lo más duro de la historia es que aquí la legalidad y la ilegalidad son hermanos siameses. Comparten el mismo cuerpo.

-La industria de la construcción y la venta de arte en los ochenta se movió con plata del narcotráfico, casi exclusivamente

El libro tiene dos partes: el relato largo de Aguilar Naranjo, que está salpicado por uno o dos testimonios de Popeye, y un epílogo en el que la voz la tiene Escobar.  Castro Caicedo viajó varias veces a Medellín para encontrarse con el mafioso.

-El relato de la cacería de Escobar me pareció frenético, muy entretenido. Hasta me acordé de Tropa de Élite, la película brasileña.

-Sí, sí, sí. Tiene un aire muy parecido. Es que es una historia muy cinematográfica, toda llena de inflexiones y de historias más pequeñas y de personajes… Recordá, por ejemplo al Agente Cirirí. Qué momento y qué personaje tan especial: un infiltrado dentro del mismo Bloque de Búsqueda que les iba poniendo trampas a los Rojos…

-Y qué tal la historia de las quinceañeras contratadas para seducir agentes y luego echarles veneno en la comida…

-Pero el testimonio de Escobar también vale mucho la pena. Además porque lo que dice históricamente corresponde bien con la realidad… y hasta destapa cosas como la Guerra del Malboro, ese enfrentamiento entre contrabandistas de cigarrillo que se vivió en Medellín a principios de los años setenta.

-Incluso el man cuenta algo que me parece que continua ligeramente con la tradición narrativa del Realismo Mágico: a principios de los ochentas, en el pleno auge de la relación de Noriega con el Cartel, esas caravanas de mafiosos trotando y haciendo deporte por las calles principales de Ciudad de Panamá, seguidos por una corte de putas caras y guardaespaldas en carros último modelo  y  en motos.

-Eso es el Otoño del Patriarca, ome…

-No en vano por esas épocas García Márquez estuvo haciendo gestión para que el gobierno de Belisario negociara con Pablo…

- Yo en ese señor no creo, ese estaba haciendo gestión pero para el Nobel de Paz…

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cerveza y libros

Una visita a la Fiesta de Libro de Medellín





No soporté las ganas de ir a la Fiesta del libro. El año pasado  la evité, estoicamente, a pesar de uno o dos invitaciones de un viejo amigo a beber café y a hablar babas. Pero este año acudí, como un borrego. Por alguna razón que no alcanzo a descifrar, llevaba en mente comprar algún libro de Efe Gómez. Llegué al Jardín Botánico y empecé a internarme por los caminitos, abarrotados de gente en medio de los stands. Sin lugar a dudas, el gran acierto de esta feria es el sitio, un jardín con libros… otra evidencia de que si hay alguna ciudad a la que quiere parecerse Medellín, definitivamente no es Bogotá sino Barcelona.
 

Me acerqué primero al sitio de la editorial de la Pontificia Bolivariana. Recuerdo como si fuera ayer las ediciones que hicieron a mediados de los noventas de Fernando González y de Efe Gómez. Recuerdo muy especialmente el olor de esos libros cuando los leía mientras aguardaba a que empezara alguna clase en la universidad. Y tenía la esperanza de encontrar algo que no hubiera comprado entonces… no había nada. Renuncié a Efe. Lo otro sería buscar en una librería de usados, pero hace mucho no soporto la idea de comprar libros viejos. Algo similar me pasa con los libros de las bibliotecas: cada vez soy más consciente de que se trata de una ensoñación boba, pero  creo que un libro es un objeto íntimo. Su olor, su tacto, su voz… es casi como una pareja que no se quiere compartir, o por lo menos no con todo el mundo.


Algo de lo creo ser también consciente es que la industria del libro es por lo menos tan detestable como cualquier otra. No en vano Marshall Mc Luhan postuló al libro como el primer objeto por excelencia de la cultura de masas. Un objeto de consumo, producido en serie, como un par de zapatos. Y mientras avanzaba entre los stands, abarrotados de métodos para  todo,  de best sellers abominables como Cincuenta sombras de Gray, de ediciones de bolsillo de Dickens, de Tolstoy, de Nooteboom,  me preguntaba si ese mundo idealizado de los libros no se nos ha convertido en otra promesa falsa de felicidad y auto realización…


El caso es que, de ser así, yo soy uno de los compradores de esa promesa. Y quería comprar varias. Así que en primer lugar me hice al Libro de las Matemáticas de Cliffor A. Pickover. Siempre he deseado volver a las matemáticas. Uno de mis proyectos es retomar con juicio el Álgebra de Baldor; lección por lección, ejercicio por ejercicio…Luego me encontré con el Larousse de los Vinos en un precio casi absurdo; al parecer los tipos estaban rematando para devolverse a Bogotá muy livianos… En la Librería Nacional encontré la Historia de la Belleza de Eco. No dudé una fracción de segundo en llevármela. ‘Es el libro más acechado hoy’, me dijo la vendedora, ‘pero nadie se lo ha querido llevar’. Un poco más allá, también en una librería bogotana, encontré la Historia de la fealdad… mitad de precio… Siempre he pensado que uno no se puede precipitar con los libros, por que luego se entera de que pasan estas cosas... De hecho hace menos de un mes compré Se desataron todos los infiernos, de Max Hastings y aquí lo vi en la mitad del precio también…


Estaba pagando Civilización, Occidente y el resto cuando apareció Camilo, un viejo compadre… Nos fuimos a beber cerveza.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Detectives, mafiosos, terroristas...

No habrá paz para los malvados


Otra de cine negro, el western de nuestros tiempos
El director de No habrá paz para los malvados, Enrique Urbizu, es toda una personalidad en España. Se le atribuye el mérito de haberle dado cierto vuelo al panorama del cine negro español, del cual en efecto el mundo no tiene mayor noticia más allá de Santiago Segura. Dos de sus anteriores películas, que por cierto no he tenido el gusto de ver, gozan de gran prestigio: La muerte mancha y La caja 507. Recuerdo eso sí su participación como guionista en La novena puerta, de Roman Polanski, película infortunada, adaptación de una novela considerablemente entretenida de Arturo Pérez Reverte llamada El Club Dumas.

En No habrá paz para los malvados Urbizu nos muestra la realidad sórdida e intrincada detrás de los grandes atentados terroristas perpetrados por grupos extremistas. Lo hace de la mano de Santos Trinidad, un detective azaroso interpretado por José Coronado. Una noche Trinidad entra a un prostíbulo y luego de beber un ron con Coca-Cola mata a balazos a tres colombianos implicados al parecer en tráfico de drogas. De la masacre queda un testigo al cual el detective deberá encontrar; para lograrlo se  sumerge en los bajos mundos de las mafias colombianas y marroquíes que enturbian las calles de Madrid.

La película de Urbizu fue recibida con entusiasmo por la crítica e incluso ganó  varios Premios Goya en 2011, entre ellos a mejor director y a mejor película. Y aunque creo que el entusiasmo es desmesurado, hay que aceptar que nos encontramos ante una película meritoria que logra, cosa que no es tan común últimamente, mantener el nivel de tensión hasta el último minuto sin hacerle concesiones al espectador.

Santos Trinidad va por el mundo atendiendo a su ley, como un renegado, lo cual le da al film cierto aire de western también… Nunca el director condesciende mostrárnoslo simpático o ligeramente amable. De hecho ese es casi uno de los defectos del film: no hay gran profundidad en los personajes, que se sienten más bien vacios, cada uno desempeñando su papel en ese complejo ajedrez… eso sí, hay que reconocer que Coronado hace un trabajo soberbio interpretando a Trinidad. De hecho la sola presencia del personaje en la pantalla, sin decir nada causa cierta repulsión, cierto miedo.

A favor del director habría que decir que esa superficialidad de los personajes es una marca de género presente sobre todo en cierta novela negra, donde solemos encontrarnos con arquetipos, con seres de muy pocas dimensiones…

La Sirga


La Sirga



La ópera prima de William Vega, uno de los relatos más sólidos del cine colombiano en los últimos años
La primera gran expectativa que despertó La Sirga fue su estreno en Internet. El asunto se oía extravagante y contraproducente considerando la tradicional baja taquilla de las películas colombianas. En alguna entrevista el director, William Vega, adujo que de esa forma garantizaban que el film llegara también a regiones donde resulta difícil hacer proyecciones, pueblos y ciudades pequeñas. A mi se me ocurre que se trataba en realidad de una estrategia de marketing para llamar la atención… El caso es que llegó el día de la premier y cientos de solitarios espectadores aguardamos durante más de media hora el inicio. Y nada. La página oficial de la película colapsó, como era de esperarse. Por suerte aparecieron otras alternativas y más de cuarenta minutos después de lo anunciado se dejaron ver las primeras imágenes. Marchaban de una manera tortuosa debido sin duda a la cantidad de espectadores… Nada què hacer... Apagué el pc y decidí ir al día siguiente al estreno en salas…

En efecto desde el primer plano comprobé que del estreno on line no era más que una anécdota, un capricho infortunado: La Sirga es una película para ver en cine. Desde el primer instante la película ejerce sobre el espectador una suerte de hechizo basado en unas imágenes poderosas por su sencillez pero calculadas como una pintura de verdes profundos, ocres, azules y siena tostada, imágenes que plano a plano exploran además las texturas: la madera, las telas, ciertos metales… Y esas imágenes nos van llevando en silencio por una historia elusiva y sutil que tiene como telón de fondo el conflicto colombiano (pero podría ser cualquier otro conflicto): Alicia huye de su pueblo, que fue destruido y reducido a cenizas, no sabemos por quién, tampoco sabemos la razón. La joven cruza el páramo hasta llegar exhausta a La Sirga, el hostal de su tío, una casita precaria de madera, levantada a orillas de laguna de la Cocha, un lugar helado y hermoso que parece no tener límites…

Algunas personas le han atribuido al film el carácter de ‘poema visual’. Yo por mi parte pienso que es más bien un ensayo filosófico o una alegoría similar al Caballo de Turín de Bela Tarr (obra con la que por cierto comparte el alto nivel de excelencia visual). En la Sirga abundan los símbolos, pero no de manera farragosa e impostada: la vida de Alicia y de su tío, la pesca, la inmensa soledad de la laguna, la tranquilidad siempre alterada por la inminencia de una tragedia, el silencio, la espera… todo respira de manera natural y fluida  creando una atmósfera que recuerda mucho al mundo de Samuel Becket.

Creo que La Sirga es un nuevo hito del cine colombiano, como lo fue Los viajes del viento, y como lo fue mucho tiempo antes Confesión a Laura. Una película que conjuga lo que no es frecuente en nuestro cine: madurez técnica y narrativa. Eso sin mencionar el gran trabajo de la banda sonora.

lunes, 27 de agosto de 2012

Caricatura: Alfred Hitchcock

Alfred Hitchcock (pequeño)


Tenía un poco olvidados los ejercicios de caricatura. En varias oportunidades empecé algunos que siguen ahí como en una especie de purgatorio. Y lo cierto es que ese trabajo a caballo entre lo digital y lo análogo a ratos se pone cansón.


En esta oportunidad es Hitchcock. No voy a decir mucho de él, amparado en el hecho de que estas es una entrada de imagen y en realidad ahora mismo no se me antoja mucho escribir. Lo único es recordar la emoción que me produjeron cuando las ví por primera vez películas como The trouble whit Harry, North by Northwest, la Soga, Spellbound, Pshyco, Los pájaros... eso sin mencionar Vértigo, que tanto tiene hablando a todo el mundo ahora.

Algunas entradas similares:

Balzac, B.B king, Keith Richards, Woody Allen, Quevedo, Robert Walser

domingo, 12 de agosto de 2012

Batman, otra vez


Batman


Esta pretendía ser una entrada muy corta... pero el tema es Batman...

Fui a ver The Dark Night Rises con la ansiedad de cuatro años de espera. Ansiedad acentuada por la efectiva campaña de promoción y expectativa. La inquietud, mía y de la mayoría de seguidores de la saga, era cómo iba a superar Christoper Nolan la intensidad de Dark Nigth Rises y el encanto de Joker, el personaje interpretado tan magistralmente por Heath Ledger… parecía imposible. Además esa segunda entrega había estado muy bien adobada por esa reflexión sobre el bien y el mal que le ganó el respeto y los elogios de un gran sector de la crítica, que la celebró casi como una muestra de cine de autor y que le dio a Nolan el prestigio como director de superproducciones, casi al nivel de personajes como Spielberg y Luckas. Yo, en mi calidad de espectador, siempre he respetado al tipo, pero no llego a la veneración. De hecho creo que Inception (2010), película con la que el cineasta inglés selló su prestigio como director de culto, no pasa de ser una versión larga y aburrida de La Jetté.

En esta oportunidad me inquietaba mucho la similitud entre el relato que ha ido tejiendo Nolan (y su hermano) con las ideas de Joseph Capmbell, personaje que cuenta con mi total predilección. Campbell, valga recordarlo, fue fundamental para George Luckas a la hora de concebir La guerra de las galaxias y se refirió a la película comparándola con algunos de los más grandes relatos de la cultura occidental: La odisea, La divina comedia, en fin… El Batman de Nolan cuanta también con algunos de esos elementos de los relatos clásicos tan característicos en Luckas: el sacrificio, la caída del héroe (su descenso a los infiernos), una visión maniquea del mundo, la expiación de las culpas… El caso es que aunque todos elementos siguen presentes, Nolan dice nunca haber leído a Capmbell. Lo cual no significa que la influencia no exista…

Bane

Como a millares de personas también me llamaba poderosamente la atención Bane. Para cuando se anunció quien interpretaría al villano aún no había visto Bronson y me pregunté quién era ese tal Tom Hardy  ¿Cómo era posible que a Ledger lo sucediera semejante desconocido? Ok, por eso siempre he dicho que los prejuicios terminan dándonos una bofetada. En aquella película de Nicholas Winding Refn Hardy deja claro su gran estatura como actor y justifica muy bien su presencia en la saga de Batman. Bronson es un personaje detestable que prácticamente lo hace a uno revolcarse en la silla… Eso solo puede lograrlo un gran actor, uno que sepa darle profundidad a sus creaciones, que se transforme en ellas desde adentro. Y en efecto Bane es poderoso e imponente con solo su presencia. Desde su primera aparición en ese avión esposado y de rodillas uno siente que esta ante un león. Obviamente el toque final se lo da la voz, que se oye siempre como en un plano diferente (probablemente debido a que tuvieron que grabarla de nuevo atendiendo a las críticas que generó el primer tráiler) y que hace vibrar la sala cada que se oye. En mi opinión Hardy no fue inferior a Ledger.

Selina Kyle también me generaba curiosidad: ¿Cómo iba a lograr esa flaquita de Anne Hathaway ponerse en la piel de un personaje tan carnal y tan malicioso? Me parecía improbable que eso fuera posible para una belleza lánguida y de aire  hipster. Pero me equivoque otra vez. Hathaway le pone tanta gracia y nos muestra a una villana tan inteligente que uno lo lamenta cuando termina cada una de  sus apariciones . Creo que no es tan sensual como la Gatúbela de Michelle Pfeiffer, pero no le hace falta. Su aire de revelde buscapleitos le basta.

Se me ocurre que Dark night rises esta a la altura de lo que prometió: ser una épica conclusión de la saga, tan emocionante como su antecesora. En las más de dos horas y media que dura uno escasamente tiene tiempo de espabilar y a diferencia de Dark Knigth, que cuenta con ese clímax en la mitad que partía a la película en dos, en esta entrega el relato fluye encadenado, con un respiro luego del primer encuentro entre Batman y Bane pero reservando el impacto mayor de la historia para el final.

Hay que reconocer que el guion es grandilocuente y a ratos algunos giros parecen inverosímiles, propios de un comic y no del aliento realista que Nolan siempre le quiso dar. Pero aun así creo que mañana mismo iré a repetirla por tercera vez.

martes, 7 de agosto de 2012

Dos películas colombianas








Dos nuevos historias del cine colombiano. Una explora la fantasía y la otra la brutal realidad










Chocó de Jhonny Hendrix


El simple rumor de que venía una película sobre el Chocó me pareció emocionante. Un lugar tan abigarrado y hermoso debería dar lugar a imágenes e historias aún muy poco exploradas por la filmografía del país. Por supuesto, hubo que esperar su paso por los festivales de cine, donde al parecer le fue bien. Hasta que por fin se estrenó el pasado 3 de agosto y creo que, por lo menos en lo que se refiere a los paisajes, aquella expectativa se cumple de sobra: Jhonny Hendrix y su director de fotografía se detienen de una manera casi sensual pero al mismo tiempo rigurosa y naturalista, sin ensoñaciones, en ese mundo de verdes y ocres casi infinitos. En ese mundo de pieles oscuras y sonrisas luminosas. Su mirada es la del documentalista, de hecho el trabajo con los actores es notable: prácticamente todos son naturales y los que no lo son del todo, como es el caso de Fabio Restrepo, a quien vimos por primera vez en Sumas y Restas de Víctor Gaviria, se formaron justamente en el empirismo.  Hay secuencias fluidas y memorables que conmueven porque en ellas palpita la vida tal y como es.


Justamente  ese parentesco con el documental seguirá haciendo de Chocó una película importante y tal vez, aunque la palabra suene ceremoniosa, imprescindible. Porque no son solo las imágenes sino además las preguntas por problemáticas vitales de la zona, y del país, como la minería y la visión estereotipada y mezquina que persiste de la mujer como un apéndice del hombre. De hecho  Chocó, el personaje central de la historia, interpretado felizmente por Karen Hinestroza, es una representación alegórica de la región: de su belleza, que vive plano a plano encarnada en Karen o en los paisajes o en la piel y la sonrisa de la gente… Pero también es una representación de su miseria: de su descorazonadora falta de oportunidades, del saqueo al que la somete el país, el mundo entero… Vale la pena mencionar el ajuste de cuentas que la historia (no vamos a decir que el director) le hace a la cultura antioqueña, cuyo racismo ha menospreciado y explotado al Chocó de una manera casi sistemática.


Un aspecto que tal vez no está tan bien logrado en la cinta es la historia misma, y eso es serio considerando que hablamos de un argumental. Se me ocurre que la intención documental, por loable que sea, y los asomos de denuncia social dan al traste un poco con el hilo narrativo, le restan fuerza: en un episodio Chocó es la mujer maltratada, en otro es el pueblo carcomido por la minería, en otro es la antigua voz de la tradición, en otro es la magia de una tierra y una cultura, en otro es la presencia de la madre tierra, en otro sus costumbres…  Y la película se transforma en libro de estampas, dignas de verse todas ellas pero da la impresión de que tal vez quisieron meter mucha harina en el mismo costal y entonces el final, narrativamente, se siente un poco precipitado. Como si no se hubieran dado los pasos justos para llegar a él.


Sofía y el terco de Andrés Burgos





Este film es un respiro en medio de la marea de películas que vienen explorando la historia reciente de Colombia y su conflicto. Incluso a la luz de esa tendencia, y hablando exclusivamente de nuestro medio, casi que podríamos decir que es una propuesta arriesgada. La historia es muy sencilla: Sofía quiere conocer el mar pero no logra hacerlo porque su viejo esposo, el terco, vive encontrando pretextos para no emprender el viaje. El director, Andrés Burgos, ha declarado que la película tiene un poco el aire de Bresson y de Kaurismaki… A mi se me ocurre que podríamos ver también un poco  en este filme, en la simpleza de su historia, a un viejo maestro como Abbas Kiarostami, en particular  ¿Dónde esta la casa de mi amigo? E incluso, en su condición de road movie, recuerda en aquella gran película uruguaya que fue Whisky. Sin embargo hay también en Sofía y el Terco un aire onírico y fantasioso que la acerca al universo de Jean Pierre Jeunet y de películas concebidas para poner sonrisas en los rostros del público como Amelié…


Un aspecto para destacar es la participación como protagonista de Carmen Maura, una de las míticas chicas Almodovar. Sin embargo creo que en ella es donde la película empieza a flaquear un poco. La historia esta basada en una novela del mismo nombre y escrita también por Burgos. Yo la desconozco y por lo tanto ignoro si en ella la protagonista también carece de diálogos. En efecto, Sofía nunca habla, pero no es que sea muda, es solo que los demás hablan por ella y su lenguaje es el de los gestos. En alguna entrevista Maura ha declarado que esa característica, su mutismo, fue la que le resultó atractiva en el guion. Es del caso adelantar que la historia se cuenta en muy pocas palabras, casi nadie habla. Pero en el caso de Maura yo tengo una teoría retorcida: su personaje no habla porque no puede hablar, porque es española y su acento sería injustificable en la historia de una mujer que vive en algún lugar de Antioquia y no conoce el mar… Claro, era más fácil tratar de argumentar desde el guion la ausencia de palabras… Pero Maura no logra salir nunca de una suerte de realidad paralela dentro de la película debido a su silencio, parece un personaje traído de otra parte que no logra encajar, como una silueta de papel puesta sobre un óleo.


Hay también, creo yo, un ligero exceso de ensoñación infantil en la película. Espero que no sea un achaque mio pero vivimos en un mundo que ha sobrevalorado a los niños, a su estética… por supuesto la niñez es un paraíso perdido y es una etapa hermosa, pero las generaciones que crecieron en el pleno auge de los medios masivos de comunicación la han convertido a estas alturas en un cliché que raya en el absurdo: muñequitos en todas partes, ternurita aquí y allá… Y creo que eso afecta un poco a Sofía y el terco: cuenta con la bondad de explorar una manera de contar nuestra realidad pero se acerca peligrosamente al escapismo insulso.

domingo, 24 de junio de 2012

Cabo de Buena Esperanza (I)

Páginas de un diario de viajes
Cabo de buena esperanza I
Panorámica de Ciudad del Cabo desde Table Mountain

Fragmentos de un viaje desde Ciudad del cabo hasta Cabo de Buena Esperanza, uno de los confines del mundo.


El teléfono sonó a eso de las seis de la mañana. Wake up call, wake up call, dijo una vocecita al otro lado de la línea. Ok, gracias. Afuera caía un aguacero a plomo y en el puerto la nablina había devorado por completo los incontables barcos y yates. La ciudad entera parecía un refrigerador.  En la garganta la sensación de haber  bebido un puñado de arena. Traté de recordar qué día era… ¿Lunes? No ¿Viernes? Ni idea. Cerré los ojos de nuevo y oí por un instante  la algarabía y la canción de Fleetwodmac: Can you hear me calling out your name, you know that i’m falling etc, etc… Vi el dúo de hippies cincuentones tocándola allá al frente. Me vi brincando y derramando mi vaso de cerveza Guines sobre los hombros y las tetas descomunales de esa rubia… un sentimiento ligeramente parecido a la vergüenza se me metió en el pecho. It’s ok, había dicho ella con una sonrisa complaciente y hermosa.  

Sonó el teléfono de nuevo. Era Calvin. No recuerdo su apellido. Lo habíamos conocido alguna madrugada; fue el único taxista que sabía dónde llevarnos a comer a esa hora ¿Qué quieren? ¿ Do you like KFC, guys? Se oyó como a una promesa del Paraíso…. Hi, Juan, dijo esa mañana con su voz pastosa y aguda a través de la bocina. Are we ready? Ya bajo, Calvin. Colgué.

Tocaron la puerta. Era José. ¿Usté qué? ¿Va para Robben Island? El clima era atroz, por lo menos para alguien del trópico: unos cinco grados. Me habían advertido sobre Robben Island: hay marea alta, no van a dejar viajar a nadie.  Pasé por el restaurante, desayuné una taza de café con  tostadas, jamón y queso;  guardé dos manzanas en mi mochila. En la recepción del hotel mis demás compañeros de viaje hacían votos para que escampara. Quihubo ¿Vamos para Robben Island? No. Allí estaba Jack ¿Hablaste con calvin? Sí. Ok, vamos. Nos alcanzó José: ¿Ustedes para dónde es que van? Cabo de Buena Esperanza. ¿Y allá qué dan de bueno? No dijimos nada. Yo mejor me voy con ustedes, muchachos…Ok.

Nos subimos al taxi.  Where is your hat, Juan?  Dijo Calvin. Ignoro por qué decidí dejar mi sombrero. I like your hat. Ok…  Avanzamos en medio de la lluvia buscando lentamente el sur. Cerca de dos horas de viaje nos separaban de nuestro destino. A través de las ventanillas Ciudad del Cabo se veía pulcra y minuciosamente organizada con su mezcla de arquitectura holandesa y musulmana. De hecho nunca logré conciliar esa imagen con la reputación  de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo. 

¿Are we coming to the townships?  Preguntó Jack. Calvin nos había propuesto hacer un recorrido breve por las zonas que durante el Apartheid habían sido destinadas a los “no-blancos”, los barrios pobres, los townships. Para allá vamos, respondió el viejo taxista. Recordé de inmediato la película de  Neil Blomkamp ¿Podemos pasar por el distrito seis? Le pregunté. Esa zona, que inspiró la historia de Distrito 9, había sido declarada exclusiva para blancos a mediados de los años 60. En los siguientes quince años más de sesenta mil personas fueron reubicadas a más de veinticinco kilómetros en los llamados Cape Flats. Yes, Juan,  I can take you there, y de paso les muestro mi casa, is that ok, guys? Calvin, que llevaba cuarenta años ganándose la vida como taxista, estuvo entre los primeros en retornar al distrito 6 en 2004, gracias al empeño del expresidente Mandela. Afuera había empezado a escampar.

Yeah, it’s ok, Calvin.


lunes, 18 de junio de 2012

Prometheus

Alguien le robó el fuego a Ridley Scott

prometheus



Reseña de la esperadísima precuela de Alien

A pesar de todos los años que han pasado no olvido la emoción enorme que sentí cuando vi por primera vez Aliens, la secuela de Alien, el Octavo pasajero, dirigida por James Cameron: el sonido de las armas, el diseño de las naves, la manera precisa como estaba definido cada uno de los personajes (según estereotipos del género, claro), la historia, que no paraba de dar sobresaltos… Por supuesto, para entonces no era nada más que un niño y resulta normal que me sitiera abrumado, pero incluso hoy creo que se trata de un relato maduro que obviamente explota las reacciones a flor de los espectadores, como es de esperarse de cualquier superproducción de ese tipo, pero que alcanza varios niveles de lectura y que merece un lugar muy destacado en la historia del cine de ciencia ficción e incluso en la historia del cine, así sin apellidos. La contienda entre la teniente Ripley y la reina Alien alcanza, creo yo, una intensidad y un dramatismo tal que a ratos parece una antigua epopeya. Es como el enfrentamiento épico entre dos fuerzas de la naturaleza.

De manera que cuando se confirmó la noticia de que Ridley Scott se haría cargo de una precuela de la historia, el entusiasmo y la ansiedad aparecieron de inmediato. Scott, como sabe todo el mundo, dirigió la primera parte de la saga y estuvo detrás de otro hito enorme de la ciencia ficción: Blade runner. Muchos se empeñan en seguir llamándolo un ‘gran director’, pero creo que más allá de Telma and Louise  sus películas nunca han pasado de ser, en el mejor de los casos, aceptables. Sin embargo, puesto que fue el creador del universo de Alien, su regreso era, por lo menos, esperanzador.  Mucho más aún si consideramos que luego de la segunda parte la saga entró un poco en desgracia: Alien 3 fue un muy buen intento de David Fincher, pero tal vez alejarse tanto de la estética visual de H.R Giger y del ritmo trepidante que impuso Cameron no fue del todo una buena decisión… Y Alien: Resurection fue un desacierto total por una razón extraña: la visión tan personal de  su director, Jean Pierre Jeaunet. El tipo sin duda es una de las personalidades más interesantes del cine actual, pero era demasiado raro ver en Alien a los mismos personajes de miradas desorbitadas y sentir la atmósfera onírica de películas como Delicatessen o Amelié. El tono sencillamente debía ser otro.

El caso es que luego de tanta espera llegó Prometheus, la historia de cómo la curiosidad humana provocó el surgimiento de esos asesinos voraces que son los aliens… Se trataba tal vez de la película más esperada del año luego de The Dark Knigth. La campaña de expectativa fue intensa: afiches promocionales, spots, un corto en el que se presentaba a David 8, un androide en la línea de Bishop… y los trailers. Tres. Todos electrizantes.


Y pues… habría que decir que la película no está del todo mal: se responden dos preguntas que siempre tuvieron a los fans en ascuas y que fueron motivos de críticas: el origen de los aliens y la identidad de la otra raza extraterrestre, mencionada en la segunda parte de la saga; eso está bien. Sin embargo, Ridley  Scott, fiel a su marca como director en las últimas dos décadas  avanza en el relato a empujones  y apela de manera impenitente a recursos  desgastados y predecibles, al punto de acabar con por completo con el carisma de la historia… Algo que recuerda un poco su  pésimo trabajo en Hannibal, la segunda parte de El silencio de los inocentes…

Por ejemplo: cualquier espectador con cinco dedos de frente sabe a ciencia cierta cual será el papel que jugará en la trama David, el androide interpretado por Michael Fassbender. Lo mismo ocurre con el personaje de Charlize  Theron, que probablemente no le aporta nada al relato, pero desde el principio se revela como un lugar común… Y la representación de la raza extraterrestre superior, los ‘ingenieros’… una variación de la apariencia estereotipada del típico marciano. En este punto hay que recordar que uno de los factores que más fascinación produjo en la saga fue esa estética poderosa y poco convencional. 

En favor de la película habría que decir que, en el contexto de la cartelera actual,  resulta incluso entretenida. Visualmente además es una delicia que cuenta con Dariusz Wolski, experto en ambientes lóbregos y bizarros, como director de fotografía… A Wolski, valga recordarlo, le debemos la fotografía de Piratas del caribe, Sweeney Todd, Alice in Wonderland,  Crimson Tide, (dirigida por Tony Scott, el hermano de Ridley)  y de otra película oscura, The Crow, cuya atmósfera opresiva es lejanamente semejante a la de Prometheus.

De los actores no hay mucho qué decir, excepto que es un gusto ver a Noomy Rapace  en este otro registro, bonita y ya lejana a Lisbeth Salander.

lunes, 11 de junio de 2012

The Boat that Rocked

Navegando por las nostálgicas aguas de la radio y el rock 'n roll

The Boat that Rocked



La entrañable comedia de Richard curtis, otro capítulo en el cine de la historia de la radio y el rock.












































































Fuentes:

Richard Ellen; “On the run”. Podcast diponible en la web: http://www.transdiffusion.org/radio/features/on_the_run_the


“British radio before the Caroline era”. Disponible en la web: http://www.radiocaroline.co.uk/#history_part_1.html




La escena puede parecer exótica y lejana pero guarda una curiosa similitud con el mundo de navegantes y de piratas virtuales en el que vivimos: en la Inglaterra colorida de los años sesenta, cuando la BBC de Londres llevaba más de cuatro décadas convertida en un imperio mediático incontestable, decenas de hombres al frente de emisoras instaladas a bordo de barcos en las aguas heladas del Mar del Norte, sin dios ni ley y fuera de la jurisdicción del gobierno británico, dedican sus vidas a la radio transmitiendo 24 horas al día una música nueva, extraña y corruptora de la moral llamada rock & roll.  El tipo de vida que muchos quisieran…Por supuesto, no pasa mucho tiempo antes de que  la Corona ponga todo su empeño en declarar la ilegalidad de esos medios, escandalosamente libres, carismáticos y entretenidos, cuya señal llega a más de veinte millones de ingleses, en su mayoría jóvenes y adolescentes baby boomers, aquella generación fruto de la insólita explosión demográfica en Inglaterra y otros países anglosajones luego de la Segunda Guerra Mundial. Esa generación que luego llevaría por estandarte la rebeldía y la lucha por las libertades individuales.

El encargado de contar en el cine la historia de esas emisoras, conocidas como pirate radios, fue Richard Curtis en The Boat That Roacked (2009),  una comedia sobre la amistad  y  la  música y una celebración de un medio que curiosamente encontró el impulso definitivo para su desarrollo con el hundimiento de un barco cuando en 1912, luego de tres días tortuosos, el Titanic lograra transmitir por fin su angustiosa pero ya casi inútil señal de S.O.S. La película cuenta con un elenco de comediantes y actores de ensueño que le aportan gran parte de su encanto: Phil Seymour Hoffman, Bill Nighy, Nick Frost, Chris Ifans, Emma Thompson, Kenneth Branagh… En fin. Curtis, valga decirlo de paso, cuenta con el peculiar mérito de ser el creador de Mr Bean y firmó en 2011 el guion de Caballo de Guerra, película del inesperadamente empalagoso Steven Spelberg. Escribió además comedias memorables como Cuatro bodas y un entierro, Love Actually (que además dirigió), El diario de Bridget Jones y su secuela.

Aunque The Boat That Roacked está ambientada en los años sesenta, la radio en realidad comenzó su historia siendo pirata: cientos de aficionados y experimentadores a finales del siglo XIX y principios del XX convertían el espectro radioeléctrico en un enjambre de señales confusas que una y otra vez interferían en las comunicaciones de los barcos, lo que en efecto ocurrió con el Titanic y aceleró la creación en Estados Unidos de una ley para regular las radio comunicaciones solo unos meses después del hundimiento. Algunos de esos aficionados están incluso involucrados estrechamente con el desarrollo del cine, al punto de ser figuras paternales: Lee De forest y Thomas Alba Edison, que recorrieron algún tramo del largo camino por dotar a las películas de sonido, y que además de inventores eran verdaderos hombres de negocios, invirtieron parte de su ingenio en tratar de encontrar las aplicaciones comerciales del trabajo de Tesla y Marconi.

Pero el esplendor de la radio pirata llegó en los sesenta con la eclosión de la música pop. En esa Inglaterra llena de jóvenes, la siempre adusta BBC Radio solo se permitía transmitir algo menos de una hora de música y vetaba a los artistas que se presentaban en medios como Radio Luxemburgo, una emisora comercial especializada en música y entretenimiento que amenazaba su imperio. Bastaron solo unos años para que un puñado de emisoras comenzaran a transmitir desde barcos, en aguas internacionales, especialmente en el Mar del Norte, para evitar la jurisdicción de las leyes inglesas. Algunas, como Radio Carolina y Radio London (que  aún existen pero ahora transmiten legalmente) se convirtieron en leye
ndas y sus DJ eran admirados como estrellas. Había que tomar cartas en el asunto…

Por supuesto hay una gran similitud entre aquellos piratas  que compartían la música que identificó a una generación con los piratas virtuales que actualmente mantienen en ascuas  a los gobiernos del mundo. En el fondo en ambos casos nos encontramos con negocios que aumentan el patrimonio de alguien, pero que al mismo tiempo benefician a millones de personas que pueden acceder libremente a ideas y conocimientos que de otra forma no conocerían. Y como sabemos perfectamente desde la invención de la imprenta, no hay mayor riesgo para el status quo que la difusión indiscriminada del saber.

Vale recordar en este punto que parte del poder que se le atribuye a la radio radica tal vez en el carácter in material del sonido que, a diferencia de lo que ocurre con las imágenes, le permite cruzar todo tipo de barreras y viajar impunemente por el espacio. En el Discurso del Rey, la película de Tom Hooper ganadora del Oscar en 2010, Jorge V le advierte a su hijo y sucesor que gracias al invento de la radio  ahora el Rey entra en la casa de cada uno de sus súbditos cuando pronuncia un discurso. Era un hecho y siempre hemos tenido que correr con las consecuencias. Antes que la televisión y mucho antes que el internet, las ondas hertzianas habían  invadido riesgosamente los hogares del mundo con su universo nostálgico de sonidos y palabras. Fue a ese medio en todo caso al que primero se le atribuyeron en el siglo pasado los efectos nocivos de la comunicación masiva. Por ejemplo En Días de Radio la madre le dice  a Joe, el alter ego de Woody Allen,  que va a arruinar su vida si no se olvida de la radio, que ya para finales de los años treinta estaba poblada de relatos de superhéroes escabrosos y vengadores enmascarados; lo dice como cualquier madre de hoy trataría de persuadir a su hijo de que se aleje de Facebook o de Twitter. Con mucha frecuencia se cita también el poder de convicción devastador de los discursos radiales de Adolfo Hitler y Joseph Goebbels, su ministro de propaganda, sobre la confundida y débil conciencia de esa Alemania que cargaba con la vergüenza de la derrota luego del Tratado de Versalles y aun así se preparaba para la Segunda Guerra Mundial. Y durante los peores momentos de los combates en el Frente Oriental tanto rusos como ingleses, maestros de la guerra sicológica, usaban sus emisoras para martillar una y otra vez el siguiente mensaje desolador: cada siete segundos muere un soldado alemán en Stalingrado… En Colombia en particular, y lo podemos comprobar en Confesión a Laura de Jaime Osorio, todavía recordamos con asombro y tratamos de comprender las consecuencias de la intervención de gente como Jorge Zalamea en la Radio Nacional y de las emisoras clandestinas que incitaban a la insurrección y transmitían los comunicados del Partido Comunista aquel nueve de abril de 1948.

Por último queda recordar de nuevo al Rock como gran parte del espíritu que les daba vida a aquellas emisoras piratas y como uno de los elementos más atractivos de The Boat that rocked. Esa música nacida del blues siempre ha llevado un aire subversivo y comunitario y logra que en ocasiones el espectador quiera olvidarse de la pantalla para ponerse a brincar mientras suenan The Rolling Stones, The Turtles, The Who y hasta David Bowie  y mientras los personajes van  por el barco haciendo air guitar como unos renegados inmaduros y encantadores.

domingo, 3 de junio de 2012

El Club de la Lucha de Chuck Palahniuk

el club de la pelea 5

Breve reseña de otra lectura aplazada



















Hace unos días pasé el dedo  sobre el lomo de los libros ubicados en el estante destinado a las novelas. La idea era leer o releer aquella en la que se el dedo se detuviera, al azar. Y el dedo, como una ruleta rusa, se detuvo en  otro de esos libros cuya lectura había aplazado durante mucho tiempo por desdén: El club de la Pelea de Chuck Palahniuk. Aunque creo que en esta oportunidad quien más desgano me producía era el autor en sí… y siendo mucho más específico, me producían desgano sus lectores… en fin, sin duda es un achaque más.

El caso es que  despaché el libro muy rápido: se trata de un volumen de algo más de doscientas páginas de narración ágil y salpicada de diálogos que no opone mayor resistencia. Ya hace unas semanas, tal vez preparándome sin saberlo, había leído Error humano (Stranger than fiction), una recopilación de crónicas y perfiles en las que Palahniuk  se vale de una escritura desabrochada y llena de imágenes muy al estilo de  Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y en general los viejos maestros del Nuevo Periodismo. El libro es una suerte de epítome de ese estilo que el tipo inició mucho antes en el Club de la pelea.

Me resultó extraño ir descubriendo esas imágenes tan bien conocidas ya por la película: los grupos de apoyo, la casa decrépita usada como fábrica de jabón, los sórdidos sótanos donde tienen lugar las peleas, los aviones, la cocina en la que trabaja Tyler Durden, en fin. Y hay que anotar que la películas en últimas fue bastante fiel al libro… lo cual a mi juicio constituye un merito enorme  porque siendo así de fiel resulta considerablemente más entretenida… Sin decir que el libro no lo sea, obviamente.

Algo que me llamaba mucho la atención era saber cómo estaba resuelto en el libro el momento en el que el protagonista, de quien no conocemos el nombre, descubre que él mismo es Tyler Durden. Recuerdo mucho el desconcierto que me produjo ese momento en la película de David Fincher. Esta bien que Fincher nunca muestra a Durden, al protagonista sin nombre interpretado por Edward Norton, y a Marla Singer en el mismo plano, pero Pitt y Norton aparecen juntos, acompañados por otros personajes que los reconocen como personajes distintos  en una infinidad de ocasiones lo cual constituye, considero yo, un engaño imperdonable por parte del director, quien sin lugar a dudas hubiera logrado un relato mucho más fino y sorprendente si nos hubiera ido dando más pistas para comprender el trastorno de personalidad del protagonista. Creo que se hubiera producido, como se produce en, digamos, el Sexto sentido, un impacto mayor condimentado por el hecho de que la evidencia del misterio siempre estuvo allí… pero no. La película sencillamente, de un momento a otro nos dice: lo  dos personajes son el mismo…Y en el libro ocurre exactamente lo mismo.

Recuerdo a propósito de ello cierto cuento de P.D James en el que un narrador en primera persona nos cuenta cómo presencia desde lejos un crimen. Nos lo cuenta minuto a minuto. Y solo al final revela que su narración es una mentira, y él es el asesino… Es un cuento decepcionante básicamente porque es como si el autor nos contara de hecho una mentira. Nunca estuvimos ni siquiera teóricamente en iguales condiciones para descubrir al criminal. Y no lo estuvimos  porque el narrador en lugar de velar la información la cubrió con datos falsos. Todo lo contrario hicieron siempre los grandes autores de misterio: darnos suficiente  información  como para que por nuestra cuenta supiéramos la identidad del asesino o descubriéramos el misterio, no importa cuál fuera… y es allí donde falla el Club de la Pelea, tanto la película  como el libro, lo cual de todos modos no le quita su lugar como uno de los intentos más felices de renovar el ya antiguo cuento de Jekyll  y Hide.

domingo, 27 de mayo de 2012

Versiones del Apocalipsis (II)

Una pesadilla espléndida de Brueghel

el triunfo de la muerte

Segunda entrada dedicada al tema del apocalípsis y el concepto de decadencia.

Desde el alba mismo de lo que hoy llamamos civilización podemos encontrarnos con la idea sin duda irónica de la destrucción y el caos como fuentes de la vida y el orden, y con la presencia repetitiva del concepto de decadencia e inminencia del fin. Concepto que tal vez resulte tan recurrente e intemporal en los seres humanos como resultado de la proyección inevitable del ciclo de nuestros  propios cuerpos y nuestras propias vidas en la realidad en la cual participamos.

Casi podría decirse que la historia de la civilización lo es también del concepto de decadencia. Todas las culturas, desde Sumeria hasta el mundo actual, han hablado del fin del mundo y de la corrupción que lo antecede. Se han valido para ello con el arte y la literatura de recursos apabullantes: imágenes siniestras que describen el sufrimiento final.

Una de las épocas más fecundas en aquel tipo de imágenes fue, sin lugar a dudas la Edad Media. Las circunstancias eran perfectas. Para el siglo IV los pueblos bárbaros habían terminado por derribar al colosal imperio romano y entonces Europa se atomizó en decenas de pequeños pueblos brutales que en sus torpes intentos de expansión se perdieron en interminables y sangrientas guerras: en Oriente una nueva religión, el islam, daba lugar a un conflicto que terminaría con esa sucesión de masacres conocidas como las Cruzadas, y la peste diezmaba a la población con sus constantes rebrotes. Tal mortandad y confusión quedó documentada en la obra de escritores como Boccacio y Dante: en la pintura surgió una especie de subgénero profundamente religioso.

 En retablos e ilustraciones aparecieron escenas que representaban a la muerte personificada en esqueletos que invadían los poblados armados de hoces y espadas y masacraban a quien encontraban a su paso. Era el Triunfo de la Muerte (o la Danza de la Muerte), un tema puramente que sin embargo alcanzó su máxima expresión en el Renacimiento con la obra de Peter Brueghel, el viejo. Como el Quijote de Cervantes, El Triunfo de la muerte, pintado por el artista flamenco en 1569 da cuenta de lo que puede ocurrir cuando un genio creativo se ocupa de un tema gastado y tal vez trivial. De cualquier forma, por recurridos que hubiesen parecido los esqueletos, la esencia de lo que representaban continuaba intacta: la conmoción religiosa ocasionada por la Reforma de Lutero en Alemania a principios del siglo XVI se vio muy pronto refrenada por innumerables masacres de católicos y protestantes. De hecho, unos pocos años después de que Brueghel plasmara su obra ocurrió en París la llamada Noche de San Bartolomé, una orgía de sangre en la que los cristianos pasaron a cuchillo a cientos de protestantes y que parece inspirada en la pintura de el viejo Brueghel…


La pintura, un óleo sobre madera de 117 x 172 que reposa en la colección del Museo del prado de Madrid, es una suerte de poema épico lleno de personajes y situaciones conmovedoras: un ejercito de esqueletos brutales se toma un poblado, masacrando a quien encuentran, incluso al rey a quien uno de los esqueletos muestra un reloj de arena mientras otro saquea sus arcas; en el extremo inferior a la derecha un bardo, moribundo en manos de su amada, saca las últimas notas de su laúd. muy cerca de ellos tal vez el personaje más importante y conmovedor: un caballero, como resignado a no desenvainar su espada, contempla la escena con asombro e impotencia.