lunes, 11 de junio de 2012

The Boat that Rocked

Navegando por las nostálgicas aguas de la radio y el rock 'n roll

The Boat that Rocked



La entrañable comedia de Richard curtis, otro capítulo en el cine de la historia de la radio y el rock.












































































Fuentes:

Richard Ellen; “On the run”. Podcast diponible en la web: http://www.transdiffusion.org/radio/features/on_the_run_the


“British radio before the Caroline era”. Disponible en la web: http://www.radiocaroline.co.uk/#history_part_1.html




La escena puede parecer exótica y lejana pero guarda una curiosa similitud con el mundo de navegantes y de piratas virtuales en el que vivimos: en la Inglaterra colorida de los años sesenta, cuando la BBC de Londres llevaba más de cuatro décadas convertida en un imperio mediático incontestable, decenas de hombres al frente de emisoras instaladas a bordo de barcos en las aguas heladas del Mar del Norte, sin dios ni ley y fuera de la jurisdicción del gobierno británico, dedican sus vidas a la radio transmitiendo 24 horas al día una música nueva, extraña y corruptora de la moral llamada rock & roll.  El tipo de vida que muchos quisieran…Por supuesto, no pasa mucho tiempo antes de que  la Corona ponga todo su empeño en declarar la ilegalidad de esos medios, escandalosamente libres, carismáticos y entretenidos, cuya señal llega a más de veinte millones de ingleses, en su mayoría jóvenes y adolescentes baby boomers, aquella generación fruto de la insólita explosión demográfica en Inglaterra y otros países anglosajones luego de la Segunda Guerra Mundial. Esa generación que luego llevaría por estandarte la rebeldía y la lucha por las libertades individuales.

El encargado de contar en el cine la historia de esas emisoras, conocidas como pirate radios, fue Richard Curtis en The Boat That Roacked (2009),  una comedia sobre la amistad  y  la  música y una celebración de un medio que curiosamente encontró el impulso definitivo para su desarrollo con el hundimiento de un barco cuando en 1912, luego de tres días tortuosos, el Titanic lograra transmitir por fin su angustiosa pero ya casi inútil señal de S.O.S. La película cuenta con un elenco de comediantes y actores de ensueño que le aportan gran parte de su encanto: Phil Seymour Hoffman, Bill Nighy, Nick Frost, Chris Ifans, Emma Thompson, Kenneth Branagh… En fin. Curtis, valga decirlo de paso, cuenta con el peculiar mérito de ser el creador de Mr Bean y firmó en 2011 el guion de Caballo de Guerra, película del inesperadamente empalagoso Steven Spelberg. Escribió además comedias memorables como Cuatro bodas y un entierro, Love Actually (que además dirigió), El diario de Bridget Jones y su secuela.

Aunque The Boat That Roacked está ambientada en los años sesenta, la radio en realidad comenzó su historia siendo pirata: cientos de aficionados y experimentadores a finales del siglo XIX y principios del XX convertían el espectro radioeléctrico en un enjambre de señales confusas que una y otra vez interferían en las comunicaciones de los barcos, lo que en efecto ocurrió con el Titanic y aceleró la creación en Estados Unidos de una ley para regular las radio comunicaciones solo unos meses después del hundimiento. Algunos de esos aficionados están incluso involucrados estrechamente con el desarrollo del cine, al punto de ser figuras paternales: Lee De forest y Thomas Alba Edison, que recorrieron algún tramo del largo camino por dotar a las películas de sonido, y que además de inventores eran verdaderos hombres de negocios, invirtieron parte de su ingenio en tratar de encontrar las aplicaciones comerciales del trabajo de Tesla y Marconi.

Pero el esplendor de la radio pirata llegó en los sesenta con la eclosión de la música pop. En esa Inglaterra llena de jóvenes, la siempre adusta BBC Radio solo se permitía transmitir algo menos de una hora de música y vetaba a los artistas que se presentaban en medios como Radio Luxemburgo, una emisora comercial especializada en música y entretenimiento que amenazaba su imperio. Bastaron solo unos años para que un puñado de emisoras comenzaran a transmitir desde barcos, en aguas internacionales, especialmente en el Mar del Norte, para evitar la jurisdicción de las leyes inglesas. Algunas, como Radio Carolina y Radio London (que  aún existen pero ahora transmiten legalmente) se convirtieron en leye
ndas y sus DJ eran admirados como estrellas. Había que tomar cartas en el asunto…

Por supuesto hay una gran similitud entre aquellos piratas  que compartían la música que identificó a una generación con los piratas virtuales que actualmente mantienen en ascuas  a los gobiernos del mundo. En el fondo en ambos casos nos encontramos con negocios que aumentan el patrimonio de alguien, pero que al mismo tiempo benefician a millones de personas que pueden acceder libremente a ideas y conocimientos que de otra forma no conocerían. Y como sabemos perfectamente desde la invención de la imprenta, no hay mayor riesgo para el status quo que la difusión indiscriminada del saber.

Vale recordar en este punto que parte del poder que se le atribuye a la radio radica tal vez en el carácter in material del sonido que, a diferencia de lo que ocurre con las imágenes, le permite cruzar todo tipo de barreras y viajar impunemente por el espacio. En el Discurso del Rey, la película de Tom Hooper ganadora del Oscar en 2010, Jorge V le advierte a su hijo y sucesor que gracias al invento de la radio  ahora el Rey entra en la casa de cada uno de sus súbditos cuando pronuncia un discurso. Era un hecho y siempre hemos tenido que correr con las consecuencias. Antes que la televisión y mucho antes que el internet, las ondas hertzianas habían  invadido riesgosamente los hogares del mundo con su universo nostálgico de sonidos y palabras. Fue a ese medio en todo caso al que primero se le atribuyeron en el siglo pasado los efectos nocivos de la comunicación masiva. Por ejemplo En Días de Radio la madre le dice  a Joe, el alter ego de Woody Allen,  que va a arruinar su vida si no se olvida de la radio, que ya para finales de los años treinta estaba poblada de relatos de superhéroes escabrosos y vengadores enmascarados; lo dice como cualquier madre de hoy trataría de persuadir a su hijo de que se aleje de Facebook o de Twitter. Con mucha frecuencia se cita también el poder de convicción devastador de los discursos radiales de Adolfo Hitler y Joseph Goebbels, su ministro de propaganda, sobre la confundida y débil conciencia de esa Alemania que cargaba con la vergüenza de la derrota luego del Tratado de Versalles y aun así se preparaba para la Segunda Guerra Mundial. Y durante los peores momentos de los combates en el Frente Oriental tanto rusos como ingleses, maestros de la guerra sicológica, usaban sus emisoras para martillar una y otra vez el siguiente mensaje desolador: cada siete segundos muere un soldado alemán en Stalingrado… En Colombia en particular, y lo podemos comprobar en Confesión a Laura de Jaime Osorio, todavía recordamos con asombro y tratamos de comprender las consecuencias de la intervención de gente como Jorge Zalamea en la Radio Nacional y de las emisoras clandestinas que incitaban a la insurrección y transmitían los comunicados del Partido Comunista aquel nueve de abril de 1948.

Por último queda recordar de nuevo al Rock como gran parte del espíritu que les daba vida a aquellas emisoras piratas y como uno de los elementos más atractivos de The Boat that rocked. Esa música nacida del blues siempre ha llevado un aire subversivo y comunitario y logra que en ocasiones el espectador quiera olvidarse de la pantalla para ponerse a brincar mientras suenan The Rolling Stones, The Turtles, The Who y hasta David Bowie  y mientras los personajes van  por el barco haciendo air guitar como unos renegados inmaduros y encantadores.

domingo, 3 de junio de 2012

El Club de la Lucha de Chuck Palahniuk

el club de la pelea 5

Breve reseña de otra lectura aplazada



















Hace unos días pasé el dedo  sobre el lomo de los libros ubicados en el estante destinado a las novelas. La idea era leer o releer aquella en la que se el dedo se detuviera, al azar. Y el dedo, como una ruleta rusa, se detuvo en  otro de esos libros cuya lectura había aplazado durante mucho tiempo por desdén: El club de la Pelea de Chuck Palahniuk. Aunque creo que en esta oportunidad quien más desgano me producía era el autor en sí… y siendo mucho más específico, me producían desgano sus lectores… en fin, sin duda es un achaque más.

El caso es que  despaché el libro muy rápido: se trata de un volumen de algo más de doscientas páginas de narración ágil y salpicada de diálogos que no opone mayor resistencia. Ya hace unas semanas, tal vez preparándome sin saberlo, había leído Error humano (Stranger than fiction), una recopilación de crónicas y perfiles en las que Palahniuk  se vale de una escritura desabrochada y llena de imágenes muy al estilo de  Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y en general los viejos maestros del Nuevo Periodismo. El libro es una suerte de epítome de ese estilo que el tipo inició mucho antes en el Club de la pelea.

Me resultó extraño ir descubriendo esas imágenes tan bien conocidas ya por la película: los grupos de apoyo, la casa decrépita usada como fábrica de jabón, los sórdidos sótanos donde tienen lugar las peleas, los aviones, la cocina en la que trabaja Tyler Durden, en fin. Y hay que anotar que la películas en últimas fue bastante fiel al libro… lo cual a mi juicio constituye un merito enorme  porque siendo así de fiel resulta considerablemente más entretenida… Sin decir que el libro no lo sea, obviamente.

Algo que me llamaba mucho la atención era saber cómo estaba resuelto en el libro el momento en el que el protagonista, de quien no conocemos el nombre, descubre que él mismo es Tyler Durden. Recuerdo mucho el desconcierto que me produjo ese momento en la película de David Fincher. Esta bien que Fincher nunca muestra a Durden, al protagonista sin nombre interpretado por Edward Norton, y a Marla Singer en el mismo plano, pero Pitt y Norton aparecen juntos, acompañados por otros personajes que los reconocen como personajes distintos  en una infinidad de ocasiones lo cual constituye, considero yo, un engaño imperdonable por parte del director, quien sin lugar a dudas hubiera logrado un relato mucho más fino y sorprendente si nos hubiera ido dando más pistas para comprender el trastorno de personalidad del protagonista. Creo que se hubiera producido, como se produce en, digamos, el Sexto sentido, un impacto mayor condimentado por el hecho de que la evidencia del misterio siempre estuvo allí… pero no. La película sencillamente, de un momento a otro nos dice: lo  dos personajes son el mismo…Y en el libro ocurre exactamente lo mismo.

Recuerdo a propósito de ello cierto cuento de P.D James en el que un narrador en primera persona nos cuenta cómo presencia desde lejos un crimen. Nos lo cuenta minuto a minuto. Y solo al final revela que su narración es una mentira, y él es el asesino… Es un cuento decepcionante básicamente porque es como si el autor nos contara de hecho una mentira. Nunca estuvimos ni siquiera teóricamente en iguales condiciones para descubrir al criminal. Y no lo estuvimos  porque el narrador en lugar de velar la información la cubrió con datos falsos. Todo lo contrario hicieron siempre los grandes autores de misterio: darnos suficiente  información  como para que por nuestra cuenta supiéramos la identidad del asesino o descubriéramos el misterio, no importa cuál fuera… y es allí donde falla el Club de la Pelea, tanto la película  como el libro, lo cual de todos modos no le quita su lugar como uno de los intentos más felices de renovar el ya antiguo cuento de Jekyll  y Hide.

domingo, 27 de mayo de 2012

Versiones del Apocalipsis (II)

Una pesadilla espléndida de Brueghel

el triunfo de la muerte

Segunda entrada dedicada al tema del apocalípsis y el concepto de decadencia.

Desde el alba mismo de lo que hoy llamamos civilización podemos encontrarnos con la idea sin duda irónica de la destrucción y el caos como fuentes de la vida y el orden, y con la presencia repetitiva del concepto de decadencia e inminencia del fin. Concepto que tal vez resulte tan recurrente e intemporal en los seres humanos como resultado de la proyección inevitable del ciclo de nuestros  propios cuerpos y nuestras propias vidas en la realidad en la cual participamos.

Casi podría decirse que la historia de la civilización lo es también del concepto de decadencia. Todas las culturas, desde Sumeria hasta el mundo actual, han hablado del fin del mundo y de la corrupción que lo antecede. Se han valido para ello con el arte y la literatura de recursos apabullantes: imágenes siniestras que describen el sufrimiento final.

Una de las épocas más fecundas en aquel tipo de imágenes fue, sin lugar a dudas la Edad Media. Las circunstancias eran perfectas. Para el siglo IV los pueblos bárbaros habían terminado por derribar al colosal imperio romano y entonces Europa se atomizó en decenas de pequeños pueblos brutales que en sus torpes intentos de expansión se perdieron en interminables y sangrientas guerras: en Oriente una nueva religión, el islam, daba lugar a un conflicto que terminaría con esa sucesión de masacres conocidas como las Cruzadas, y la peste diezmaba a la población con sus constantes rebrotes. Tal mortandad y confusión quedó documentada en la obra de escritores como Boccacio y Dante: en la pintura surgió una especie de subgénero profundamente religioso.

 En retablos e ilustraciones aparecieron escenas que representaban a la muerte personificada en esqueletos que invadían los poblados armados de hoces y espadas y masacraban a quien encontraban a su paso. Era el Triunfo de la Muerte (o la Danza de la Muerte), un tema puramente que sin embargo alcanzó su máxima expresión en el Renacimiento con la obra de Peter Brueghel, el viejo. Como el Quijote de Cervantes, El Triunfo de la muerte, pintado por el artista flamenco en 1569 da cuenta de lo que puede ocurrir cuando un genio creativo se ocupa de un tema gastado y tal vez trivial. De cualquier forma, por recurridos que hubiesen parecido los esqueletos, la esencia de lo que representaban continuaba intacta: la conmoción religiosa ocasionada por la Reforma de Lutero en Alemania a principios del siglo XVI se vio muy pronto refrenada por innumerables masacres de católicos y protestantes. De hecho, unos pocos años después de que Brueghel plasmara su obra ocurrió en París la llamada Noche de San Bartolomé, una orgía de sangre en la que los cristianos pasaron a cuchillo a cientos de protestantes y que parece inspirada en la pintura de el viejo Brueghel…


La pintura, un óleo sobre madera de 117 x 172 que reposa en la colección del Museo del prado de Madrid, es una suerte de poema épico lleno de personajes y situaciones conmovedoras: un ejercito de esqueletos brutales se toma un poblado, masacrando a quien encuentran, incluso al rey a quien uno de los esqueletos muestra un reloj de arena mientras otro saquea sus arcas; en el extremo inferior a la derecha un bardo, moribundo en manos de su amada, saca las últimas notas de su laúd. muy cerca de ellos tal vez el personaje más importante y conmovedor: un caballero, como resignado a no desenvainar su espada, contempla la escena con asombro e impotencia.






sábado, 12 de mayo de 2012

A dangerous method

A dangerous method poster



Una película más de Cronemberg, que ahora nos tiene en ascuas esperando Cosmópolis.

Para tratarse de una película de solo hora y media A Dangerous Method resulta bastante fiel a la complejidad del psicoanálisis. Mérito que se le debe sumar al de ser un relato legible y fluido. Las imágenes por momentos parecen visiones de algún paciente en terapia: en algún fotograma vemos al doctor Freud, que trata de resolver la incógnita de la mente humana, parado ante la inquisitiva y solemne estatua de una esfinge, como si fuera un Edipo moderno. En otro, el joven Jung, quien se siente un poco agobiado por su matrimonio, se sueña en la amplitud de un mar esplendoroso navegando confortablemente con su amante en un pequeño velero  que, visto desde arriba semeja unos genitales femeninos. Y a esa amante, una paciente histérica que al parecer no ha superado lo que el psicoanálisis llama la ‘fase anal’ y evidencia una tendencia notable hacia el sadomasoquismo,  Cronnemberg nos la muestra en cierta secuencia retozando feliz y embarrada en un pantanoso charco… 


Sin embargo Cronemberg no es fiel a uno de los aspectos más felices del psicoanálisis: ser entretenido. De hecho algunas de las críticas más feroces a la ciencia de Freud, que en últimas viene siendo el último aporte reconocible de las humanidades al pensamiento científico, es que su fundamento son las ensoñaciones y los desvaríos de su creador, por decirlo así, de una manera resumida… El caso es que, muy a pesar de lo que puedan decir personalidades como Michael Onfray, el psicoanálisis produjo una porción de la mitología y la literatura más fascinante en siglos. No en vano Harold Bloom le concedió a Freud en el Canon Occidental el título de mejor ensayista del siglo XX (pero no cabe duda de que el viejo Bloom hubiera querido premiarlo como autor de ficción)  La Introducción al psicoanálisis, por ejemplo, es un libro carismático que uno termina devorando por su estilo ameno y sencillo y por la infinidad de anécdotas y casos de pacientes que hacen sentir al lector como un voyerista mirando a través de una cerradura. Es un libro, si uno lo piensa bien, muy cercano al Cronemberg de Desayuno al desnudo: absurdo y genial, lleno de colorido y retorcido como la peor pesadilla.





Pero en A Dangerous Method, que sin lugar a dudas es una digna obra se su creador, Cronemberg se pone demasiado ceñudo… No es que uno pretenda que en todas las películas del  director canadiense el piso quede regado de sesos o de miembros cortados… No, solo con unas nalgadas puede bastar. Pero se siente un control excesivo que hace ver al film un poco como un ejercicio académico… 


Sin perder de vista que la película parte de la adaptación de una obra de teatro, que a su vez es la adaptación de un libro, se extraña por ejemplo el poco vuelo que se le da al personaje de Sigmund Freud. La crítica ha aclamado unánimemente a Viggo Mortesen, pero aunque su presencia actoral es importante, el personaje vive más por lo que se dice de él, que por sus apariciones y por el trabajo del actor. De otro lado esta Carl Jung, interpretado por Michael Fassbender. Se trata de un personaje robusto, lleno de contradicciones y complejo cuy a evolución de pensamiento resulta bien retratada en la cinta mediante  el sueño aquel de Europa inundada en sangre. 


Keira Knightly, tan detestable y sobrevalorada siempre, hace un buen trabajo, tachado de exagerado por algunos, pero que sabrá apreciar cualquiera que conozca una clínica de reposo siquiátrico.



sábado, 5 de mayo de 2012

Reseña: El topo de Thomas Alfredson

Tras los colores de la traición

tinker tailor soldier spy







Luego de Let the rigth one in el director sueco nos entrega una película sofisticada y hermosa que les puede resultar difícil a algunos espectadores.


Gary Oldman, tinker tailor soldier spy
Gary Oldman, brillante como es costumbre, esta acompañado por algunos de las actores ingleses más brillantes de su generación: John Hurt, Colin Firth y Mark Strong.













Hace unas semanas dejé de resistirme a la tentación y comencé a ver esta largamente esperada película de Thomas Alfredson en Cuevana, pero luego de algunos minutos de esa fotografía hermosa decidí que definitivamente debía seguir esperando para apreciar semejante espectáculo, como debe ser, en una pantalla de cine. Y en efecto, creo que valió la pena.

Hoyte van Hoytema, a quien recordamos bien por su anterior trabajo con Alfredson en Let Rigth one in y por The fighter con David O. Russell, es el encargado de la dirección de fotografía. Se trata de una labor  impecable  que  transmite perfectamente el aura de soledad y aislamiento que caracteriza a todos los personajes; y lo hace en gran medida gracias al trabajo en equipo con un personaje que ya nos ha dejado con la boca abierta en otras ocasiones: la Directora de Arte María Djurkovic, cuya hoja de vida incluye un joyas como Las Horas y Billy Elliot.

En esta adaptación del libro de Le Carre no vemos nunca un color vivo (excepto eso sí por el rojo vino tinto que viste Ann, la mujer de Smiley, la noche en que él la descubre con otro hombre) Todos los decorados están dominados por tonalidades frías o colores tierra, a pesar de que los principios de la década de los setentas, época en la que se desarrolla la película, abundaban en colores  estridentes, propios de la psicodelia. En esa decisión cromática hay una gran sabiduría que va desentrañando lentamente el recorrido de George Smiley por el laberinto que lo llevará a descubrir al agente doble, al traidor, al topo que lleva años infiltrado en las altas esferas del servicio secreto británico.

En Dial M for Murder Hitchcock nos informa lentamente de la tragedia interior que vive la protagonista, Grace Kelly, por medio de los colores de sus vestidos. Al principio vemos una mujer esplendorosa que viste trajes y abrigos de colores intensos: en alguna secuencia inicial, en el apogeo de su amor, la vemos vestida de rojo intenso, por ejemplo. Pero a medida que avanza la trama y la traición de su marido empieza a ser evidente, esos colores, casi sin que nos demos cuenta comienzan a congestionarse con tonalidades ocres cada vez más opacas.

En El Topo vemos como el gris agente Smiley, derrotado al principio,  viejo, abandonado por su mujer y despedido de su trabajo, se va convirtiendo en un personaje cada vez más nítido hasta que en la secuencia final lo vemos triunfal,  impecablemente vestido con un traje negro cuyo tono es tal vez el más intenso en toda la película, lo vemos casi esbelto delante de una pared naranja sentado en el sitio que antes ocupó Control … Y como en la película de Hitchcock comprendemos cómo la fotografía y sus colores también nos habían ido contando  la historia en silencio.

viernes, 20 de abril de 2012

Caricatura: Honore de Balzac

Honore de Balzac

Un recuerdo de Fenhofer


la obra maestra desconocida



Reseña de la pequeña gran obra de Honore de Balzac

Ante todo La obra maestra desconocida es un inesperado tratado literario sobre cómo percibimos el arte. Un antecedente muy a su manera del trabajo de Wassily Kandinsky o Rudolf Arnheim. De hecho es muy probable que hasta 1926, año en el que se publicó Punto y línea sobre el plano nadie hubiera logrado una reflexión tan condensada y  profunda sobre los componentes básicos de las artes visuales.

Hay quienes le han otorgado la etiqueta siempre imprecisa de ´novela corta’, pero en rigor probablemente solo alcance el estatus de relato. Fue publicada por primera vez en 1831 en la revista L’Artiste y algunos años después fue incluida en el tomo XV de La comedia humana (los estudios filosóficos), al lado de obras como La piel de zapa y La búsqueda del absoluto. En total la historia no ocupa más de unas cuarenta páginas. Los protagonistas son tres pintores, dos de los cuales son figuras reales de la historia del arte: François Porbus, destacado retratista, y Nicolas Poussin, gran representante del clasismo, ese movimiento que surgió  en el siglo XVII como reacción a la extravagancia del Barroco; el tercero es Fenhofer, un viejo maestro de la pintura que se ha pasado la vida tratando de arrebatarle a la naturaleza el secreto supremo de la Belleza, una suerte de alquimista obsesionado con convertir el arte en vida.

Porbus y Poussin, encandilados por brillo secreto de Fenhofer,  quieren ver a toda costa la  pintura en la cual el viejo ha trabajado durante años, quieren arañar un poco de su sabiduría. Pero cuando finalmente logran su objetivo se encuentran con que la obra escapa por completo a su comprensión (la visión es un presagio de lo que mucho despues sería la pintura de Willem de Kooning, Alberto Giacometti o Mark Rotko, por mencionar solo unos nombres)… Un hecho reconocido por todos los estudiosos de su obra es que Balzac para esa época estaba notablemente influenciado por las narraciones fantásticas de E.T.A Hoffmann, lo cual es evidente en la Piel de zapa, por ejemplo. En la obra maestra desconocida además se sienten vestigios de Mary Shelley y en últimas del antiguo mito de Prometeo. También hay rastros de Pigmalión. Esa pintura laboriosa de Fenhofer es el cuerpo desnudo de una mujer  a la cual el maestro quiere dar vida: una veladura aquí para separar el cuerpo del fondo, una pincelada allá para sugerir el flujo cálido y apacible de la sangre, un pequeño empaste para el brillo que dará vida a los ojos…


Ilustraciones de pablo Picasso para la edición de 1931



Aunque el relato transcurre en los primeros años del siglo XVI, Fenhofer es la encarnación de las grandes preguntas que el arte, muy especialmente la pintura, se estaba haciendo en la Europa que se había ido cocinando en los calores de la Revolución Industrial. La presencia de Poussin en la historia representa el carácter apolíneo, equilibrado y cerebral de la pintura que había puesto en cintura la imaginación encendida del manierismo. Pero su deslumbramiento por la presencia dionisiaca de Fenhofer representa al mismo tiempo el anhelo de  pintores  románticos como Turner, Delacroix o Gericault por desprenderse de la frialdad académica para imprimirle a sus lienzos el vértigo de la vida y ser fieles a la máxima de Victor Hugo según la cual ‘todo lo que la naturaleza contiene, incluso lo grotesco, merece la atención del artista’.



Balzac, que era cercano a gente como Theophile Gautier, y por lo tanto cercano a las discusiones de los círculos artísticos de la época, nos depara por medio de Fenhofer párrafos totalmente reveladores acerca de lo que J.J Belgion dio en llamar ‘la gramática del arte: nos recuerda por ejemplo que la línea no existe en la naturaleza y que la realidad esta integrada por planos de luz que se superponen o se limitan. Y el trabajo del pintor es modelar la vida con esa luz.
Un aspecto curioso es que Fenhofer, un personaje creado por la literatura, se haya convertido en una influencia tan notable para la pintura del siglo XX. En Una  Fábula del arte moderno, Dore Ashton describe minuciosamente la manera cómo dos de los pilares de la pintura como hoy la conocemos, Paul Cezanne y Pablo Picasso, vivieron y obraron hechizados por el misterioso personaje de Balzac. Ashton describe por ejemplo la convicción con la que Cezanne, ya en su vejez, se paró alguna vez ante su amigo Joseph Bridou para declararle, conmovido: Yo soy Fenhofer…. en efecto habría que decir pocos han asumido la pintura con la poderosa y secreta convicción de estar rehaciendo el mundo como lo hizo el maestro de Provenza (Gioto, Rafael, Rembrandt…) por su parte Picasso, que ilustró la edición que Abroice Vollard hizo en 1931 de La obra maestra desconocida, y que manifestó siempre su interés por el viejo protagonista, vivió siempre dominado, como Fenhofer por el tema del pintor y la modelo, por ese vínculo de posesión y creación que se crea entre ellos.



martes, 10 de abril de 2012

Reseña: Kitchen

"La felicidad es vivir sintiendo, lo menos posible, que el hombre esta solo"


kitchen - Banana Yoshimoto



Lectura de una novela cuyoculto creció en los 90's.








 

Kitchen, en la colección Fábula de Tusquest Editores.


Tengo la impresión de que este libro me ha estado esperando durante muchísimo tiempo. Lo he visto siempre ahí  paciente en el estante desde que Tusquets publicó la segunda edición en español en el ya remoto 1994. Eso ahora es por lo menos más de media vida. Por entonces ahorraba mis insignificantes ingresos para comprar cuanto libro podía. Y recuerdo que sentía especial debilidad por la colección Fábula. En ella leí por primera vez a gente como Luis Sepúlveda, Boris Vian, Malcolm Lowry… En fin. Allí estaba también Banana Yoshimoto, la jovencita de veinticuatro años que en 1988 había deslumbrado al mundo con esta breve novela titulada Kitchen. Ese deslumbramiento me producía desconfianza.

Creo que en el ámbito de la literatura, como en cualquiera otro, existe cierta propensión hacia la frivolidad y la ligereza.  Tal vez más, incluso. Por esa razón siempre he practicado la sana costumbre de desconfiar de las revelaciones o de los mesías literarios. Y aunque cada vez soy más laxo y sucumbo pronto a los embates de la mercadotecnia cultural, suelo esperar por lo menos unos años antes de prestarle atención a lo que el statu quo literario dictamina que hay que leer.

Con Banana Yoshimoto me ocurría además que era otro de los estandartes de la absurda, y sin duda superficial, adoración que occidente rinde a la cultura oriental. La prensa la vendía, y lo hace aún, como una gran heredera de la tradición literaria japonesa. Y yo me preguntaba, y me sigo preguntando, si alguien que cumpliera cabalmente con ese título alcanzaría a ser tan masivamente leído y vendido. Me atrevo a pensar que gente como Tanizaki o Akugatawa, incluso Yukio Mishima, escritores japoneses por excelencia, son moderadamente leídos hoy.  

Inevitablemente en nuestros tiempos cuando las personas compran frenéticamente un libro lo hacen más movidos por el impulso de la moda y por la presión mediática que por la convicción y el conocimiento… En 1999 por ejemplo el Ulises de Joyce se convirtió en un insospechado bestseller debido a que la prensa molió una y otra vez el anuncio según el cual los críticos de todo el mundo habían elegido esa novela como el mejor libro del siglo XX… Y claro, la gente salió a comprarlo en trapisonda como si se tratara de una entrega de Harry Potter o de otra novela de Pablo Cohelo… Yo hubiera pagado por verles la cara a muchos de ellos después de las primeras cinco páginas.

El caso es que este fin de semana dejé por fin a un lado el prejuicio y le hinqué el diente a la famosa novela de Yoshimoto. La historia es sencilla: Mikage, una joven universitaria queda sola en el mundo luego de la muerte de su abuela, su refugio entonces es la cocina de su solitaria casa, y su única compañía la nevera. Conmovidos, Yuichi y Eriko, su madre (descrita como una mujer de belleza excepcional) deciden invitarla a vivir con ellos: muy pronto Mikage descubre que Eriko es en realidad un hombre, un travesti. Entre los tres personajes, profundamente solitarios cada uno a su manera, se crea pronto una relación de gran cariño y respeto.

En efecto el ritmo de la narración es lento y sosegado, como se nos repite hasta el cansancio que es el espíritu oriental, y esta cargado de un tono nostálgico con cierto aire poético aquí y allá. El relato, que solo abarca unas ciento cincuenta páginas se va sin que uno siquiera se dé cuenta y alcanza algunos momentos verdaderamente bellos. Comprendo perfectamente por qué miles de lectores hayan terminado por convertirla en una novela de culto: es una historia que le habla a hombres y mujeres de hoy, hombres y mujeres para quienes relacionarse es cada vez más difícil debido al mundo tumultuoso en el que vivimos.

Pero tanto tiempo después compruebo lo que siempre sospeché: Kitchen es un libro hecho a la medida para cierto  público contemporáneo afecto a la lectura pasiva. Un relato ligero (casi al punto de poder ser llamado light en el mal sentido del término); adobado con toques de romanticismo y melancolía muy bien aprendidos del cine y con el mismo aire occidental del Tokio Blues de Murakami, quien es una influencia más que obvia en Yoshimoto; así como también es una influencia Kazuo Ishiguro. Y ambos escritores, al margen de su calidad (aunque enfatizando que The remains of the day es una gran novela) no son precisamente continuadores de la tradición literaria nipona. De hecho son producto de la estrepitosa irrupción de Occidente en esa cultura. En Murakami es de sobra más evidente la influencia de Scott FitzGerald, que la de Kawabata y en Ishiguro encontramos más ecos de Henry James que de otro autor oriental. En su mayoría la obra de estos narradores puede situarse en  otro contexto cultural y seguir intactas. Lo cual no es una falta, incluso tiene cara de virtud, pero es además un indicio de que en ellos, como en Banana Yoshimoto, su pretendido espíritu oriental es mucho más un gancho publicitario que una cualidad real.

domingo, 8 de abril de 2012

Caricatura: Woody Allen





Woody Allen


Ejercicio de caricatura sobre alguien difícilmente más caricaturizable.

No hay mucho que quiera decir de Woody Allen, excepto que espero cada una de sus películas como si fuera el mensaje de un viejo amigo. Incluso, así como me ocurría con Ernesto Sábato, de tiempo en tiempo me descubro pensando lo mucho que voy a extrañar su forma de ver el mundo cuando el tipo deje de filmar.

martes, 3 de abril de 2012

Melancholia



Melancholia poster



La nueva exploración místico-ecológica del gran creador de Dogma 95.

A estas alturas Lars von Trier viene siendo como una especie de hijo bobo del cine, o por lo menos un hijo echado a perder. Por su puesto muchos recordamos con emoción aquellas épocas gloriosas de Zentropa, Contra viento y marea, Bailarina en la oscuridad y Dogville, películas llenas de riesgos técnicos y narrativos que además indagaban en las circunstancias de los personajes, exprimiéndolos y convirtiendo las historias en experiencias significativas para cualquier espectador. Fueron grandes momentos de  un narrador original y poderoso.


Pero de un tiempo a esta parte algo le ocurrió al tipo. Si me lo preguntan yo diría que se trata de otra mente extraviada por la influencia de Alejandro Jodorowsky. El caso es que un simbolismo detestable y una  extraña conciencia ecológica (‘el llamado de la tierra’) se han apoderado por completo de sus dos últimas obras, al punto de hacerlas totalmente herméticas.

Resulta curioso que tanto Antichrist como Melancholia abunden en referencias a pintores flamencos como Brueghel el Viejo y Hyeronimus Bosh. Ambos fueron creadores imaginativos y complejos cuyas imágenes se caracterizaban por el uso de metáforas y mensajes cifrados muy a la usanza de la época aún oscura que les toco vivir. El universo de Lars von Trier se ha ido nutriendo de las preocupaciones de aquellos pintores, pero aquel lenguaje que funcionó tan bien en el Renacimiento se siente en extremo rimbombante y ridículo en el cine del director danés.


Melancholia
Malancholía es una versión del apocalipsis que sobreviene por el choque inminente de cierto planeta contra la tierra. Como en Armagedon, ni más ni menos; pero como esta es la obra de un  enfant terrible renovador del cine, viene adobada con el pretencioso drama psicológico de una mujer recién casada cuyo espíritu esta probablemente agitado por la alteración cósmica. Pero en las poco más de dos horas que dura el film en realidad no pasa nada, es un lenguaje calculadamente oscuro, pero a la larga vacio. La película hizo parte de la selección oficial de Cannes en 2011, lo cual a decir verdad habla muy mal del festival.


Algunos entusiastas  de Lars von trier han querido ver en Melancholia un tour de force, una incursión del director en la ciencia ficción. Al fin y al cabo muchos grandes directores se destacaron en el género, como es el caso de Tarkovsky o Kubrick, solo por mencionar dos casos. Pero hay que anotar que la mejor ciencia ficción puede prescindir siempre de las imágenes fastuosas y de los efectos porque su apuesta es siempre por la historia y por la exploración de la conciencia de los personajes; y en este caso nos enfrentamos a una propuesta que se queda solo en la imagen.

No puede pasarse por alto, así sea solo por mencionarlo, porque no es más, el increíble reparto  con el que cuenta Melancholía: John Hurt, Charlotte Gainsbourg, Stellan Skasgard, Charlotte Rampling (Kristen Dunst no lo hace mal tampoco...) Todos ellos al garete; o más bien, al mando de un capitán que lleva un buen rato con el rumbo perdido.








sábado, 31 de marzo de 2012

Caricatura: B.B King





B.B King
Segunda entrada consecutiva, segunda caricatura, dedicada a la guitarra.
Según una de las historias más conocidas de el viejo Riley.B King, antiguamente conocido como The Beale Street Blues Boy, una noche helada de 1949 mientras tocaba en un oscuro salón de baile de Arkansas dos hombres comenzaron a golpearse inesperadamente. En medio de la pelea los dos tipos echaron por el piso uno de los barriles de queroseno ardiente dispuesto para menguar el frío. El incendió comenzó de inmediato y todo el mundo corrió despavorido. Una vez a salvo, B.B King recordó que adentro había dejado parte de su vida: su hermosa guitarra Gibson ES semiacústica; entonces, sin importarle el riesgo, regresó.... 
El accidente dejó dos personas muertas.Al día siguiente B.B descubrió que aquellos hombres estaban peleando por una mujer llamada Lucille. Y fue así como llamó a su guitarra en adelante...

miércoles, 28 de marzo de 2012

Caricatura: Keith Richards




Keith Richards (Flickr)




La idea cuando inicié este blog hace ya casi un año era escribir también sobre  la guitarra. A estas alturas creo que no lo he hecho más de tres veces… No sé bien qué ha pasado, pero no importa.  Esta entrada, que es más la imagen que el texto, quiere empezar a corregir esa falta.

Como tantas otras personas siento una reverencia ciega y sin duda injustificada por los Rolling Stones, muy especialmente por su guitarrista Keith Richards (también por Ronnie Woods, pero ya llegara el momento de hablar de él). Digo que injustificada porque creo que lejos de la fama que los asiste, los Stones en conjunto son unos músicos corrientes, y tal vez hasta mediocres, aunque llenos de destellos esos sí. El hecho de que se hayan convertido en leyendas hace parte de esa suma de fenómenos con frecuencia absurdos que constituyen la cultura pop.  Y Richards en particular no esta ni siquiera cerca de ser un virtuoso, por lo menos no de la manera tradicional. Pero tal vez en eso radica la fascinación que me produce su estilo. En él hay muy poco de autómatas como Steve Vai, Joe Satriani o Eddie Van Helen, guitarristas obsesionados por impresionar demostrando quién es más rápido. El viejo maestro del riff se toma su tiempo con las cuerdas, lo hace lentamente  y sin pirotecnias, a la manera de Jhon Lee Hooker. Es uno de esos artesanos de la guitarra que se detienen en cada nota, como saboreándola y haciéndole el amor con sabiduría, pero de la manera más lúbrica y obscena.

viernes, 23 de marzo de 2012

Dos películas: Drive, Shame



Drive

La película es algo así como otro homenaje de Nicolas Widing Refn a Charles Bronson...






















Esta es una de esas películas que lo dejan a uno  sin saber qué pensar durante un rato, perplejo. Especialmente por la violencia y la sangre que parece desbordar la pantalla hasta salpicar al espectador. Nicolas Winding Refn, su director, reconoce la influencia en su trabajo del cine de Alejandro Jodorowsky. Incluso dice que lo suyo es un homenaje. En efecto es difícil no ver Drive sin pensar, por ejemplo, en Santa Sangre y en general en esa atmósfera irreal y plagada de símbolos del, llamémoslo así, tarotista chileno; esa atmósfera en la que nunca se tiene certeza de nada. Y es muy probable que la influencia estuviera también en Bronson (2008) y en Valhalla Rising (2009), que es ya propiamente una pesadilla. También es muy evidente en Drive el mundo de Scorsese en Taxi Driver. Y ya ahí se puede poner tanta violencia en contexto.


No solo su trabajo como conductor, también su defensa de los inocentes pone al personaje que interpreta Ryan Gosling tan cerca del Travis Bickle de Scorsese. Un día, como de la nada, aquel taxista veterano de Vietnam se convierte en un ángel vengador y sanguinario. Es una historia que ha terminado por ser común: hace solo unos días, en Francia, a un tipo le dio por matar a balazos a siete personas, entre ellas a tres niños; las razones probablemente solo él las entiende. Algunos de estos justicieros son increíblemente célebres como Anders Brevic y nos despiertan secretas simpatías como Ted Kaczinzky, el Unabomber. Todos ellos son hombres que no soportaron la presión de un mundo devastador que convierte a cualquier ser humano en un cero a la izquierda. Ya mucho del carácter de esos personajes nos lo había adelantado Albert Camus en El extranjero, pero tal vez el antecedente más descorazonador y visceral esta en las Memorias del subsuelo de Dostoievski donde vemos como aquel oscuro funcionario comienza a alimentar su rencor en silencio.

La historia de Drive es más o menos sencilla: un hombre del que no sabemos casi nada trabaja en películas como conductor en secuencias de riesgo, es una especie de doble. Y cada cierto tiempo acepta participar en algún negocio sucio, atracos al parecer. Pero lo único que hace es manejar. Y lo hace con una habilidad pasmosa. Es un tipo rudo y temerario pero parece seguir inquebrantablemente un código de valores. Cómo es típico, el tipo conoce a alguien, una rubia frágil madre de un hijo cuyo padre esta en la cárcel… La defensa de ellos tres lo conducirá finalmente por un camino de muerte y sangre… En plata blanca estamos hablando de cualquiera de los matones melancólicos e inexpresivos interpretados por Charles Bronson al mando de Michael Winner (o de muchos de los múltiples pistoleros de Clint Eastwood) La diferencia principal radica en que Drive no tiene el mote de cine de acción, por el contrario el planeta entero se ha empeñado en verla como una película de autor.

Dos aspectos llamativos. En primer lugar, la hipnótica banda sonora compuesta por Cliff Martínez con un inconfundible aire de los ochentas, llena de sintetizadores. Y en segundo lugar,  la fotografía, que contribuye con la música a darle a la cinta una sensación de extrema frialdad que se mantiene siempre a pesar de la sangre tibia que sale a borbotones.


Ver el Trailer

Shame



Shame es una película magistral como las que lastimosamente no se ven con frecuencia.

Al finalizar la película lo que más me dejó sorprendido fue que Steve McQueen,un director que demuestra tanta maestría y solvencia narrativa,  haya apelado al recurso torpe e inoficioso de mostrar los genitales del protagonista ( o tal vez fue idea de los productores…) El caso es que la película les dedica algún plano  en dos o tres oportunidades. El resultado, como era de esperarse en una opinión pública con la madurez de un adolescente, fue una avalancha de comentarios, incluso en medios presuntamente serios, sobre la, digámosle, extensa virilidad de Michael Fassbender. Pero el trasfondo del film quedó en un segundo plano. A tal punto que, como se ha señalado insistentemente, la película fue ignorada casi por completo en las grandes premiaciones como los Oscar y los Globo de Oro. Igual, y como era de esperarse, a diferencia un buen número de las nominadas, y sobre todo de las premiadas, Shame es un film con los cojones bien puestos (más allá de la dotación de Fassbender).

Creo que no es disparatado comparar esta obra  de McQueen con la adaptación que Mary Harron hizo de American Psycho en la que nos mostraba ese mundo cerrado, asfixiante y claustrofóbico de un asesino en serie. Por supuesto Shame esta de lejos mejor lograda, pero en ella también hay muchísimo del sinsentido y del absurdo que sacian la sed de sangre de Patrick Bateman porque Brandon, el protagonista de la historia adicto al sexo e interpretado por Fassbender, perdido en su soledad y deambulando por los bares y los restaurantes de Nueva York, también trata de encontrarse cada noche en un cuerpo distinto, o trata de huir de sí mismo tal vez.

Resulta curioso que el film haya causado tanta polémica por el contenido sexual porque sin duda una de los factores que mejor revelan a McQueen como un gran director es que muy temprano los encuentros sexuales son presentados con tal frialdad y distancia que es fácil sentir el cansancio y la confusión de Brandon. Los fulgores eróticos, aunque los hay, son mínimos debido tal vez en parte a que la fotografía abunda en tonos fríos y los encuentros terminan por ser bruscos, impersonales y rutinarios. En una de las secuencias finales, durante una orgía llena de planos explícitos, vemos también el rostro de Brandon encontrándose con su mirada en un espejo, una mirada que revela con angustia y  hastío que  el paraíso al que conduce el placer también se puede transformar en un infierno.

Ver el Trailer

Increíblemente Hunguer, la gran primera película de Steve McQueen, esta disponible y completa en youtube aquí

jueves, 15 de marzo de 2012

Dos caricaturas





Samuel Beckett


Beckett










Jorge Luís Borges


Borges






Lentamente he vuelto a mi vieja afición por la caricatura. Creo que el dibujo en general es una de las formas de la felicidad. Es un placer sobrio, pero duradero. La caricatura en particular es además un juego.


Hace poco leí en cierta revista un ensayo en el que su autor, pretenciosamente, decía que  la escritura, y tal vez la lectura, eran las únicas formas verdaderas de hacer silencio y estar consigo mismo… Son muy curiosos, casi infantiles, esos esfuerzos por sacralizar ciertos oficios. Lo recuerdo en todo caso porque es evidente que el tipo nunca intento dibujar o pintar… o componer, diría tal vez un músico (o cocinar… en fin).


Estos dos personajes, además de entrañables, son muy caricaturescos ¿De Borges qué puede decir uno sin redundar…? Me gusta recordar esa anécdota según la cual el tipo, consciente de su magnetismo y del mito en que se estaba convirtiendo, declaró en una entrevista que Borges era una invención de Adorfo Bioy Casares y Alfonso Reyes, que en realidad eran los autores de sus obras, y que él solo era un actor, Aquiles Scattamasha (o algo así), interpretando el papel del escritor ciego. Quería convertirse a sí mismo en una especie de Shakespeare o de Homero.

De Beckett lo único que se me ocurre decir ahora es que quisiera haber visto muchas más veces “Esperando a Godot”.

sábado, 10 de marzo de 2012

5. Grabriel García Márquez


Quinta entrada dedicada a la serie de retratos y/o caricaturas (con dos posters adicionales)
Gabriel García Márquez



cien años de soledad (mediano)


el otoño del patriarca


Esta entrada tiene todo para ser odiosa: se retrata a García Márquez con mariposas amarillas, se celebra su cumpleaños número 85, y se recalca lo detestable del personaje.

García Márquez fue un amor de la adolescencia. Recuerdo el día en que mi padre me regaló Cien años de soledad. De inmediato empecé una lectura frenética que solo terminó dos días después. Era Semana Santa y desde entonces tengo la costumbre de releer cada año, por esa época, algunas páginas de aquel ejemplar, que aún conservo ya destartalado y decrépito. Una vez, en la Plaza central de Villa de Leyva, al lado de la fuente, comencé a leerle un fragmento en voz alta a Camila; al cabo de un rato había un puñado de espontáneos e inesperados oyentes felices.

En la universidad conocí un profesor que idolatraba tanto al libro como al autor. En una oportunidad analizó durante dos horas la conjugación del verbo 'haber' en la primera frase de la novela. Decía cosas como: esta es una obra perfecta ¿pero ustedes sí saben que tiene dieciséis ‘que’ galicados? Todos mis compañeros lo miraban con desdén, casi con desprecio, pero yo me iba a releer el libro para encontrar los ‘que’ galicados por mi cuenta.

Había leído tal vez todo, desde Ojos de perro azul hasta Del Amor y otros Demonios cuando escuchaba a Mario Escobar, en su taller de escritores, decir cosas que me hacían gracia: García Márquez es un hideputa, decía el viejo sin mayores explicaciones, con la misma tranquilidad con la que se autoproclamaba mejor novelista que Milán Kundera. Con el tiempo, y con la tristeza de quien pierde un ídolo, comprendí que por lo menos en lo primero tenía razón. 

Ahora no logro conciliar la imagen del creador de Macondo con la figura pública inalcanzable y siempre reverente con el poder, pero en mi fuero de lector sigo recordándolo con profunda gratitud.

sábado, 3 de marzo de 2012

A propósito de Hugo Cabret

Breve recuerdo de un pionero del cine
James Williamson


Hace más de cien años el lenguaje del cine fue creado por decenas de hombre como George Méliès  y James Williamson, dotados de la intuición y la creatividad de un niño












James Williamson
James Williamson
































































Fuentes:


Historia del cine, Román Gubern

screenonline.org.uk

www.imdb.com



Cada quién sabrá qué pensar de La invención de Hugo Cabret la última y, valga decirlo, ansiosamente esperada película de Martin Scorsese. Yo por mi parte me dormí, y aunque reconozco que la fotografía, el sonido, el vestuario y el uso del 3D son de un altísimo nivel, creo que la verdadera grandeza de un film empieza en su solvencia narrativa. Y en esta oportunidad es allí donde no está del todo bien el gran maestro neoyorkino. Pero en fin, es solo una película… El aspecto que sí hay que agradecerle a Scorsese  es el sentido tributo al cine y el recuerdo (con un rigor prácticamente histórico) de una figura como la de  Georges Méliès, que tanto vuelo le dio  a solo unos años de sus inicios, y curiosamente en medio de una gran crisis, a esa extraordinaria forma de contar historias.

Sin embargo  Méliès  no estuvo solo y aunque sus resultados fueron para entonces más espectaculares que los de cualquiera, hubo pioneros de la cinematografía cuyos desarrollos y creaciones podrían parecer rutinarios y menores a los ojos de un espectador de hoy, acostumbrado a todo tipo de pirotecnias, pero son en realidad verbos fundamentales para este lenguaje. Uno de esos pioneros fue James Wiliamson. Mientras Méliès  explotó tal vez hasta el agotamiento las posibilidades de la puesta en escena teatral, hombres como Williamson se animaron a mover la cámara, a alternar secuencias y a cultivar en sus producciones un realismo tan expresivo que incluso cautivó al gran autor de El viaje a la luna.

El escoces James Williamson fue el principal nombre de la llamada Escuela de Brighton, grupo de cieneastas y fotógrafos cuyos preceptos se adelantaron por décadas a la Nueva ola francesa y al Neorrealismo: prefirieron grabar en escenarios reales, usaron el primer plano y exploraron los diferentes puntos de vista de una acción. A diferencia de Lumier y  Méliès  movían la cámara y hacían un uso expresivo del montaje.

A Williamson lo recordamos en particular por dos cintas que incluyeron cada una una pequeñas pero trascendentale innovaciónes:

A big swallow: el close up y el travelling subjetivo

El travelling fue inventado en 1896 por Alexander Promio, que espontáneamente comenzó a grabar mientras iba en una  góndola en Venecia. El resultado es una película llamada Panorama del Gran Canal visto desde una embarcación (1896). Unos años después, en 1901, Williamson filmó A big swallow, una película de solo un minuto en la que un hombre, molesto por ser grabado, se traga a la cámara y al camarógrafo. Lentamente el espectador ve cómo el tipo se acerca y ve su mirada acercarse también en uno de los primeros momentos del travelling subjetivo. Y entre más se acerca, el espectador aprecia además una imagen emblemática de la historia del cine: el primer plano de la boca de ese hombre. Es el primer close up del que se tenga noticia. A big swallow es también una prematura imagen del surrealismo, tan emblemática como la secuencia del ojo en Un perro andaluz.





Stop Thief!: la primera persecución

Desde The french conection, pasando por Mad Max y El diablo sobre ruedas algunas secuencias memorables en la historia del cine son persecuciones. Se trata de casi un género que requiere de una habilidad técnica notable. Los hermanos Lumiere bosquejaron una persecución en El falso mendigo de 1896. Pero James Williamson es el padre en propiedad de estas secuencias vertiginosas con esta película de algo más de un minuto en la que un mendigo se roba una pierna de cordero y es perseguido por el dueño, un joven carnicero, y sus enfurecidos por perros: