A pesar del extrema emotividad y del bullicio, diciembre es con frecuencia el mejor mes del año para la lectura.
Creía que mi padre era Dios, Paul Auster

De todos los rincones de los Estados Unidos recibieron cerca de cuatro mil historias de las cuales 156 integran el volumen, publicado en 2001.
Las historias comparten la virtud de la sencillez, no hay una gran técnica literaria, como era de esperarse: esa es una de las virtudes. En cambio, uno se encuentra con el poder pleno de la palabra, sin artificios, y de esas historias que nos han ocurrido a todos: casualidades asombrosas que rayan en lo sobrenatural, recuerdos emotivos que terminan por regir una vida, encuentros, muertes, ensoñaciones absurdas. Auster funge como editor de esa inesperada historia de la vida cotidiana de un país: una gallina que sabe tocar la puerta, la pérdida de un sobrero, una existencia marcada por la aparición de un neumático… En fin, un libro delicioso.
Estupor y temblores, Amélie Nothomb

En lo personal he tenido la oportunidad de escuchar adefesios tales como que ‘en oriente la gente vive más feliz’ o que allí ‘el tiempo transcurre de una manera diferente’, solo por mencionar dos ejemplos y sabiendo que la televisión y la prensa nos regalan diariamente con ejemplos del furor orientalista que vive nuestra época… Hay que admitir que esas ensoñaciones son en efecto típicas de la mente occidental tan dispuesta a improvisar ídolos y modelos de comportamiento en todas partes. Pero lo cierto es que Oriente, y especialmente Japón, con todo su misterio secular y su sabiduría, es a su manera una máquina dispuesta para la alienación y para horrores cotidianos tan abominables como los que se viven en el resto del planeta.
La novela de Nothomb, reconocidamente autobiográfica y escrita de una manera ágil y llena de buen sentido del humor, transcurre en Japón a principios de la década de los 90 y cuenta la historia de Amélie, una mujer belga de 22 años que vive en Tokio y consigue trabajo en Yumimoto, una gran compañía mundial. Allí se enfrenta en primer lugar al casi explícito menosprecio japonés por los extranjeros y por las mujeres. Y se encuentra además con el férreo sistema de jerarquías que rigen las empresas en ese país y con la ética y la moral, a ratos absurda, que ese sistema ha impuesto.
Amélie termina desempeñándose en todo tipo de cargos sin sentido por voluntad de su superiora directa, con quien a lo largo de la novela termina estableciendo una cierta relación perversa aunque totalmente aséptica. Para ella, y para todos los empleados de la compañía, la única alternativa es la misma obediencia servil e irreflexiva del súbdito, que debía presentarse ante el emperador con ‘estupor y temblores’. Ante todo debe prevalecer el bienestar de la compañía. En Japón, concluye con resignación la protagonista, la existencia es la empresa.
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