miércoles, 17 de octubre de 2012

The Walking Dead

Después del Apocalipsis zombi alguien seguirá cortando el césped





El hombre se llama Rick Grimmes, lleva terciada una escopeta y va montado sobre su caballo. Va en busca de su mujer y su hijo, indefensos y extraviados en algún lugar incierto. Delante de él se extiende vacía la amplia  autopista que conduce hacia la ciudad. A lo lejos, los oscuros rascacielos se levantan como sombras. Al otro lado, apeñuscados en el carril de salida, abandonados e inmóviles,  centenares de carros  devorados por el polvo. Aquí y allá los cuervos picotean impasibles los restos de algún cadáver decrépito y reseco. En ocasiones el cadáver se levanta y trata de alcanzar a Rick, quien no comprende adónde diablos fue a parar el mundo… 

La secuencia es uno de los momentos iniciales de The Walking Dead, una de las novelas gráficas más populares de los últimos años, que cuenta la historia de un mundo post apocalíptico infestado de zombis por una razón que nunca nos será plenamente revelada . Se trata de un relato feroz en el cual abundan las yugulares sangrantes, las vísceras y los sesos desparramados  creado en 2003 por Robert Kirkman, a cargo de los guiones, y Tony Moore, como dibujante. La obra, publicada por Image Comics, fue premiada en 2010 en el Comic-Con Internacional de San Diego y el 31 de octubre de del mismo año el canal AMC, conocido por éxitos de audiencia ya casi legendarios como Mad Men y Breaking Bad, estrenó su adaptación a la televisión a cargo de Frank Darabort, guionista de Pesadilla en ELM Street en lo que constituyó un nuevo éxito puesto que The Walking Dead se convirtió de inmediato en una nueva serie de culto.

La historia  de The Walking Dead la conocemos de memoria, aunque no siempre nos la han contado con muertos vivientes: Rick Grimmes es un hombre joven de algo más de treinta años, trabajador, respetuoso de las leyes, padre de familia y esposo ejemplar, valiente y  buen amigo. Podríamos arriesgarnos incluso  a decir que su visión del mundo, al principio, es la de un  demócrata… Podríamos estar hablando del protagonista de la familia Ingalls (Little house in the praierie), de  Daniel Boone o incluso de Pedro Picapiedra. Rick es policía y en el cumplimiento de su deber recibe un disparo que lo deja en coma al borde de la muerte y recluido en un hospital. Un día el hombre despierta y descubre que el mundo tal y como él lo conocía ha desaparecido. Y en ese mundo debe arreglárselas para cuidar a su familia.

Ante todo a la serie hay que reconocerle que en su primera temporada, y muy especialmente en sus dos primeros capítulos, alcanzó un tono desolado y sobrio digno de La carretera o de El Poder y la Gloria (en el cómic esa sobriedad está muy bien acentuada por los dibujos a blanco y negro, que además constituyen una salida muy a la manera de Hitchcock a los frecuentes borbotones de sangre). Rick es un hombre común asediado por un mundo radical y absurdo, pero lo que en McCarthy eran hordas de salvajes  caníbales y violadores y en  Graham Greene crueles policías mexicanos de piel cetrina, en The Walking Dead son caminantes: cadáveres que han vuelto a la vida y que fuerzan a los sobrevivientes a convivir al límite, a enfrentarse unos a otros y a revelar de esa forma que en un ser humano el lado más espeluznante y brutal definitivamente se revela cuando esta en vida.






En este punto viene bien recordar que, como todo buen relato americano, y no obstante las tripas desparramadas, The Walking Dead tiene una profunda vocación didáctica y moralizante y en cada capítulo podemos encontrar una revoltura de los temas que más obsesionan hoy en día a esa sociedad, y casi podríamos decir a todo Occidente. La serie esta llena de acción  (para aquellos a los que gusta la acción) con abundantes elementos gore (para el público gore, que al parecer es enorme), y funciona, moderadamente, como relato de terror… Pero en realidad pretende mostrarle a Norte América sus propias miserias, en un tono más rimbombante de lo que uno esperaría de un relato de muertos vivientes en el que por alguna razón, a pesar de que van ya meses del apocalipsis, en todas partes el césped siempre está bien cortado. 

En De Caligari a Hitler, una historia psicológica del cine Alemán, Sigfried Kracauer  anotó que la proliferación de tiranos y seres monstruosos y contrahechos del cine alemán en los años veinte y treinta era la proyección de una nación que se sentía manipulada y desvalida luego del abusivo Tratado de Versalles y veía en esas figuras, con esperanza y temor, a alguien que manejara su destino. Los zombis han terminado también por admitir una variedad de lecturas desde que en 1968 George A. Romero estrenó La noche de los muertos vivientes. En principio muchos se apresuraron a decir que aquellos muertos que regresaban de sus tumbas eran los soldados caídos en la guerra de Vietnam dispuestos a atormentar a una sociedad opulenta (y considerablemente republicana). Otros, aún más imaginativos que Romero, adujeron que los zombis eran la representación de los peligros del comunismo, que acechaban más que nunca a Norte América por aquellos días… Romero ha repetido en innumerables entrevistas que todas esas interpretaciones no corresponden a su intención, que no estaba más allá de hacer una película de terror entretenida, pero lo cierto es que desde entonces los zombis han adquirido una gran carga conceptual que los convierte en símbolo por excelencia de la alienación (lo cual es evidente en El diario de los muertos donde Romero mismo reflexiona sobre los desmanes de las empresas informativas).

En la primera temporada de The Walking Dead, por ejemplo, una de las reflexiones más serias va entorno del verdadero papel de las mujeres en un mundo lleno de zombis y de machos alfa… Ninguno, parecen concluir los autores en un principio. Básicamente cocinar y lavar la ropa sucia, aunque lentamente Andrea, uno de los personajes femeninos comienza a alzar la voz y a verse tan fuerte como Rick o Shane, otro de los protagonistas. Nada más políticamente correcto podía esperarse del país y la era de Hillary Clinton, Sarah Palin y Condoleezza Rice. 

También  nos encontramos en con una forzada alusión a la gran problemática de los inmigrantes. De hecho los caminantes (walkers) son esos cadáveres que regresan y ahora amenazan el tradicional y sólido modelo de vida de la familia americana. Son inmigrantes, vienen del reino de los muertos, pero son inmigrantes  que con su presencia arruinaron los valores y las costumbres de quienes quedan vivos. Eso sí, entre el grupo de los vivos también encontramos a un coreano y aun afroamericano para mantener por supuesto el tono incluyente y abierto.

Pero como es típico en las historias de zombis, aquí  nos enfrentamos a una de las más reconocibles obsesiones norteamericanas: las armas. Es como si la serie fuera patrocinada por la Sociedad del Rifle. Todo el mundo quiere tener una pistola. Y todos quieren aprender a disparar, lo cual es comprensible en semejante mundo. Cualquiera de nosotros quisiera aprender. Pero cuando a Carl, el pequeño hijo de Rick de tan solo once años de edad empieza a llevar una 9  milímetros en la pretina uno recuerda aquella canción de Aaron Lewis tan descriptiva del sentir americano: I love my country, i love my guns.

sábado, 6 de octubre de 2012

El Salar de Uyuni (I)

Páginas de un diario de viajes


uyuni
Vista de Laguna Verde, Uyuni- Bolivia.



Primera parte de un viaje a un lugar fascinante.


Llegué a Uyuni luego de un viaje alucinante de seis horas por una carretera escarpada y polvorienta bordeada  de montañas de  colores.  Atrás quedaban las noches de fiebre y carnaval en Oruro. Atrás quedaba Potosí con sus minas como fauces, sus pórticos coloniales y sus calles heladas. Atrás quedaban también Paula  y su refinado acento inglés: you ,tricky colombian guy, me dijo antes de despedirnos, are you trying to scape from me? Su mirada era de un azul intenso. Había dejado todo, su trabajo y su vida en Londres, para irse a dar la vuela al mundo. Y había empezado por Sudamérica; ya llevaba varios meses por estos pagos. La conocí en La Paz, camino a Chatalcaya, a unos cinco mil metros sobre el nivel del mar: you are from Colombia, your balls must be freezing. Queríamos continuar el viaje juntos, aunque solo fuera por unos días más… Pero creo que ninguno se atrevió a proponerle al otro que desviara su camino. O tal vez sabíamos que entre más pasara el tiempo más difícil sería despedirnos… en fin. En esos viajes el único compañero en realidad es el camino..

Uyuni es un pueblo diminuto y modesto dominado por la enorme estación del tren y asediado por turistas de todas partes del mundo. Bares, restaurantes, hostales… Pero sobretodo agencias de viajes, ese es el panorama en Uyuni. Yo llegué a las cinco de la tarde cuando ya casi no quedaba dónde alojarse. Bolivia es un  paraíso turístico subvalorado, eso hay que decir muy enfáticamente en su favor; pero en su contra hay que mencionar el mal servicio: en un restaurante fácil te atiende un niño mocoso y lleno de costras en la cabeza, nadie sonríe. Esa tarde en los hostales era frecuente ver letreros que rezaban más o menos esto: No hay habitaciones, no moleste. Daban ganas de entrar y darle un coscorrón al administrador.

Luego de recorrer palmo a palmo el pueblo encontré alojamiento en un hotelito que parecía una cárcel y me fui a buscar una agencia para comprar mi tour por el salar. ¿Usted es colombiano? Sí ¿Y hacia dónde se dirige? Después de cruzar el salar voy para Chile ¿Y no llevará algo en su equipaje? Usted me entiende, los colombianos…Malparidos. Fui a buscar otra agencia. Hasta donde recuerdo, los Bolivianos son lo más parecido a un colombiano en el continente: si uno se descuida lo dejan desnudo. Ya en la frontera con el Perú me había pasado algo similar: cuando escucharon que era colombiano me condujeron por un corredor largo y oscuro al cabo del cual había una oficina diminuta llena de folders. Sentado ante un escritorio un hombre robusto y bajito: si quiere llegar a Bolivia me tiene que dar veinte dólares, es un impuesto… obviamente le armé un escándalo y no pagué nada. Malparidos.

Luego de comprar mi tour, me fui a comer. Me esperaban tres días de viaje por el desierto de sal más grande del planeta. Entré a un restaurante italiano. Pedí risotto. Mientras aguardaba entraron don mujeres. No les presté mayor atención, pero pronto oí a una de ellas decir: ¡amigo cubano!!! Eran Ruth y Carmen, dos argentinas que había conocido en las minas de Potosí. A ellas les pareció que mi sombrero y mi arsenal de manillas me daban un aire muy cubano, y así me llamaron siempre: amigo cubano. Luego de comer bebimos una cerveza y hablamos mierda durante un rato ¿Y cuando salís para el salar, amigo? Nos cogió la media noche ahí sentados…



sábado, 22 de septiembre de 2012

Operación Pablo Escobar

Reseña conversada del último libro de Germán Castro Caicedo


operación pablo escobar


Una cantina y un par de cervezas...



Me senté a hablar con un amigo. Fuimos a beber cerveza en el Bar Colón, una de las cantinas más tradicionales de la ciudad. Coperas, viejitos melancólicos, canciones de Los Cuyos, bocas oscuras despachando tragos de aguardiente. En esas terminamos en un libro al que ambos llegamos por pura curiosidad histórica… Mentiras,  llegamos a él por ociosidad, por la telenovela que transmite en la noche un canal nacional. El libro es Operación Pablo Escobar de Germán Castro Caicedo. Recuerdo que en una ida a la Librería Nacional me dejé llevar por la corriente y compré el libro de Alonso Salazar, en el cual se basa la telenovela,  y compré  este…

-Yo honestamente no creo que Escobar sea un tema superado, por detestable que resulte. Se me ocurre incluso que su sombra sigue alargándose y que su proyecto de llegar al poder en efecto se hizo realidad casi una década después de su muerte… y creo que aún no hemos podido reconocer que de su barbarie fuimos cómplices todos en Medellín e incluso en el país,  por acción o por omisión.

Estaba sonando algo de Reinaldo Armas.

-Escobar es como una apoteosis del vivo.

- De acuerdo… y esa figura del vivo es de las cosas que más daño nos ha hecho culturalmente.

-Yo creo que en lugar de decir que la imagen de Escobar no nos representa, deberíamos restregárnosla en la cara, como hacen con los perros cuando se cagan en media sala- dice Miguel antes de beber un trago de cerveza –, les restriegan la mierda en el hocico…

-A mí me pareció muy bien la manera como en el libro la voz oficial de Hugo Aguilar va confirmando lo que todos sabemos: el Estado siempre ha hecho la guerra de la mano de paramilitares. Para luchar contra Escobar se aliaron con el Cartel de Cali, con los hermanos Castaño, con la familia de los Galeano…

-¿Sabés qué me llamó mucho la atención? ¿Te acordás de la época de las masacres en las esquinas? Llegaban uno o dos carros llenos de tipos encapuchados, paraban en cualquier esquina y acribillaban al que cayera…

-Claro… con decirte que por esa época  soñaba con que yo mismo caía en una de esas. Pero en ese sueño  no me moría: recibía los balazos y caía al suelo… y pasaba el tiempo, pero nunca me moría…

- Ah, es que uno nunca se muere en los sueños…

- Eso dicen.

- Bueno, me impresionó la desfachatez con la que Aguilar reconoce que ‘en ocasiones esas fumigadas también las hacían ellos’, pero que no siempre, como si así la cosa fuera menos grave.

-Los Rojos.

Los Rojos eran una especie de sub unidad dentro del Bloque de Búsqueda. Cuarenta tipos vestidos de civil que llevaban a cabo operaciones secretas: iban por ahí ajusticiando sicarios. Una suerte de grupo Glanton en el cual Aguilar era como el juez Holden. Es célebre la anécdota de cuando estuvieron a punto de capturar a Escobar en el Éxito de Colombia. También estuvieron a la vanguardia en el operativo en el cual dieron de baja a Pinina.

-Uno a veces podría pensar que el recurso de Germán Castro de dejarle el relato casi por completo a Aguilar es un error, pero el tipo cuenta todo de una manera tan descarnada y reconoce tan fácil los errores que cometieron y la corrupción en todos los niveles que antes al final la pregunta es  cómo es que el tipo hablo tanto…

-Claro, y se comprenden  perfectamente también sus líos con la justicia ahora por vínculos con paramilitares.

-Pero  es que volviendo a ese punto, recordá lo que el man dice: incluso una institución tan de la entraña del sentir paisa como EPM era cercana a Escobar. Siempre se dice que la clase popular era la que había idealizado al tipo y lo ayudaba, pero sin la clase empresarial  y dirigente, el cartel de Medellín no hubiera logrado nada…

-Pues fíjate que con una sola llamada el man hizo nombrar a uno de los hermanos Prisco  en un cargo importante en el  Hospital San Vicente de Paul.

-Hombre, es que lo más duro de la historia es que aquí la legalidad y la ilegalidad son hermanos siameses. Comparten el mismo cuerpo.

-La industria de la construcción y la venta de arte en los ochenta se movió con plata del narcotráfico, casi exclusivamente

El libro tiene dos partes: el relato largo de Aguilar Naranjo, que está salpicado por uno o dos testimonios de Popeye, y un epílogo en el que la voz la tiene Escobar.  Castro Caicedo viajó varias veces a Medellín para encontrarse con el mafioso.

-El relato de la cacería de Escobar me pareció frenético, muy entretenido. Hasta me acordé de Tropa de Élite, la película brasileña.

-Sí, sí, sí. Tiene un aire muy parecido. Es que es una historia muy cinematográfica, toda llena de inflexiones y de historias más pequeñas y de personajes… Recordá, por ejemplo al Agente Cirirí. Qué momento y qué personaje tan especial: un infiltrado dentro del mismo Bloque de Búsqueda que les iba poniendo trampas a los Rojos…

-Y qué tal la historia de las quinceañeras contratadas para seducir agentes y luego echarles veneno en la comida…

-Pero el testimonio de Escobar también vale mucho la pena. Además porque lo que dice históricamente corresponde bien con la realidad… y hasta destapa cosas como la Guerra del Malboro, ese enfrentamiento entre contrabandistas de cigarrillo que se vivió en Medellín a principios de los años setenta.

-Incluso el man cuenta algo que me parece que continua ligeramente con la tradición narrativa del Realismo Mágico: a principios de los ochentas, en el pleno auge de la relación de Noriega con el Cartel, esas caravanas de mafiosos trotando y haciendo deporte por las calles principales de Ciudad de Panamá, seguidos por una corte de putas caras y guardaespaldas en carros último modelo  y  en motos.

-Eso es el Otoño del Patriarca, ome…

-No en vano por esas épocas García Márquez estuvo haciendo gestión para que el gobierno de Belisario negociara con Pablo…

- Yo en ese señor no creo, ese estaba haciendo gestión pero para el Nobel de Paz…

sábado, 15 de septiembre de 2012

Cerveza y libros

Una visita a la Fiesta de Libro de Medellín





No soporté las ganas de ir a la Fiesta del libro. El año pasado  la evité, estoicamente, a pesar de uno o dos invitaciones de un viejo amigo a beber café y a hablar babas. Pero este año acudí, como un borrego. Por alguna razón que no alcanzo a descifrar, llevaba en mente comprar algún libro de Efe Gómez. Llegué al Jardín Botánico y empecé a internarme por los caminitos, abarrotados de gente en medio de los stands. Sin lugar a dudas, el gran acierto de esta feria es el sitio, un jardín con libros… otra evidencia de que si hay alguna ciudad a la que quiere parecerse Medellín, definitivamente no es Bogotá sino Barcelona.
 

Me acerqué primero al sitio de la editorial de la Pontificia Bolivariana. Recuerdo como si fuera ayer las ediciones que hicieron a mediados de los noventas de Fernando González y de Efe Gómez. Recuerdo muy especialmente el olor de esos libros cuando los leía mientras aguardaba a que empezara alguna clase en la universidad. Y tenía la esperanza de encontrar algo que no hubiera comprado entonces… no había nada. Renuncié a Efe. Lo otro sería buscar en una librería de usados, pero hace mucho no soporto la idea de comprar libros viejos. Algo similar me pasa con los libros de las bibliotecas: cada vez soy más consciente de que se trata de una ensoñación boba, pero  creo que un libro es un objeto íntimo. Su olor, su tacto, su voz… es casi como una pareja que no se quiere compartir, o por lo menos no con todo el mundo.


Algo de lo creo ser también consciente es que la industria del libro es por lo menos tan detestable como cualquier otra. No en vano Marshall Mc Luhan postuló al libro como el primer objeto por excelencia de la cultura de masas. Un objeto de consumo, producido en serie, como un par de zapatos. Y mientras avanzaba entre los stands, abarrotados de métodos para  todo,  de best sellers abominables como Cincuenta sombras de Gray, de ediciones de bolsillo de Dickens, de Tolstoy, de Nooteboom,  me preguntaba si ese mundo idealizado de los libros no se nos ha convertido en otra promesa falsa de felicidad y auto realización…


El caso es que, de ser así, yo soy uno de los compradores de esa promesa. Y quería comprar varias. Así que en primer lugar me hice al Libro de las Matemáticas de Cliffor A. Pickover. Siempre he deseado volver a las matemáticas. Uno de mis proyectos es retomar con juicio el Álgebra de Baldor; lección por lección, ejercicio por ejercicio…Luego me encontré con el Larousse de los Vinos en un precio casi absurdo; al parecer los tipos estaban rematando para devolverse a Bogotá muy livianos… En la Librería Nacional encontré la Historia de la Belleza de Eco. No dudé una fracción de segundo en llevármela. ‘Es el libro más acechado hoy’, me dijo la vendedora, ‘pero nadie se lo ha querido llevar’. Un poco más allá, también en una librería bogotana, encontré la Historia de la fealdad… mitad de precio… Siempre he pensado que uno no se puede precipitar con los libros, por que luego se entera de que pasan estas cosas... De hecho hace menos de un mes compré Se desataron todos los infiernos, de Max Hastings y aquí lo vi en la mitad del precio también…


Estaba pagando Civilización, Occidente y el resto cuando apareció Camilo, un viejo compadre… Nos fuimos a beber cerveza.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Detectives, mafiosos, terroristas...

No habrá paz para los malvados


Otra de cine negro, el western de nuestros tiempos
El director de No habrá paz para los malvados, Enrique Urbizu, es toda una personalidad en España. Se le atribuye el mérito de haberle dado cierto vuelo al panorama del cine negro español, del cual en efecto el mundo no tiene mayor noticia más allá de Santiago Segura. Dos de sus anteriores películas, que por cierto no he tenido el gusto de ver, gozan de gran prestigio: La muerte mancha y La caja 507. Recuerdo eso sí su participación como guionista en La novena puerta, de Roman Polanski, película infortunada, adaptación de una novela considerablemente entretenida de Arturo Pérez Reverte llamada El Club Dumas.

En No habrá paz para los malvados Urbizu nos muestra la realidad sórdida e intrincada detrás de los grandes atentados terroristas perpetrados por grupos extremistas. Lo hace de la mano de Santos Trinidad, un detective azaroso interpretado por José Coronado. Una noche Trinidad entra a un prostíbulo y luego de beber un ron con Coca-Cola mata a balazos a tres colombianos implicados al parecer en tráfico de drogas. De la masacre queda un testigo al cual el detective deberá encontrar; para lograrlo se  sumerge en los bajos mundos de las mafias colombianas y marroquíes que enturbian las calles de Madrid.

La película de Urbizu fue recibida con entusiasmo por la crítica e incluso ganó  varios Premios Goya en 2011, entre ellos a mejor director y a mejor película. Y aunque creo que el entusiasmo es desmesurado, hay que aceptar que nos encontramos ante una película meritoria que logra, cosa que no es tan común últimamente, mantener el nivel de tensión hasta el último minuto sin hacerle concesiones al espectador.

Santos Trinidad va por el mundo atendiendo a su ley, como un renegado, lo cual le da al film cierto aire de western también… Nunca el director condesciende mostrárnoslo simpático o ligeramente amable. De hecho ese es casi uno de los defectos del film: no hay gran profundidad en los personajes, que se sienten más bien vacios, cada uno desempeñando su papel en ese complejo ajedrez… eso sí, hay que reconocer que Coronado hace un trabajo soberbio interpretando a Trinidad. De hecho la sola presencia del personaje en la pantalla, sin decir nada causa cierta repulsión, cierto miedo.

A favor del director habría que decir que esa superficialidad de los personajes es una marca de género presente sobre todo en cierta novela negra, donde solemos encontrarnos con arquetipos, con seres de muy pocas dimensiones…

La Sirga


La Sirga



La ópera prima de William Vega, uno de los relatos más sólidos del cine colombiano en los últimos años
La primera gran expectativa que despertó La Sirga fue su estreno en Internet. El asunto se oía extravagante y contraproducente considerando la tradicional baja taquilla de las películas colombianas. En alguna entrevista el director, William Vega, adujo que de esa forma garantizaban que el film llegara también a regiones donde resulta difícil hacer proyecciones, pueblos y ciudades pequeñas. A mi se me ocurre que se trataba en realidad de una estrategia de marketing para llamar la atención… El caso es que llegó el día de la premier y cientos de solitarios espectadores aguardamos durante más de media hora el inicio. Y nada. La página oficial de la película colapsó, como era de esperarse. Por suerte aparecieron otras alternativas y más de cuarenta minutos después de lo anunciado se dejaron ver las primeras imágenes. Marchaban de una manera tortuosa debido sin duda a la cantidad de espectadores… Nada què hacer... Apagué el pc y decidí ir al día siguiente al estreno en salas…

En efecto desde el primer plano comprobé que del estreno on line no era más que una anécdota, un capricho infortunado: La Sirga es una película para ver en cine. Desde el primer instante la película ejerce sobre el espectador una suerte de hechizo basado en unas imágenes poderosas por su sencillez pero calculadas como una pintura de verdes profundos, ocres, azules y siena tostada, imágenes que plano a plano exploran además las texturas: la madera, las telas, ciertos metales… Y esas imágenes nos van llevando en silencio por una historia elusiva y sutil que tiene como telón de fondo el conflicto colombiano (pero podría ser cualquier otro conflicto): Alicia huye de su pueblo, que fue destruido y reducido a cenizas, no sabemos por quién, tampoco sabemos la razón. La joven cruza el páramo hasta llegar exhausta a La Sirga, el hostal de su tío, una casita precaria de madera, levantada a orillas de laguna de la Cocha, un lugar helado y hermoso que parece no tener límites…

Algunas personas le han atribuido al film el carácter de ‘poema visual’. Yo por mi parte pienso que es más bien un ensayo filosófico o una alegoría similar al Caballo de Turín de Bela Tarr (obra con la que por cierto comparte el alto nivel de excelencia visual). En la Sirga abundan los símbolos, pero no de manera farragosa e impostada: la vida de Alicia y de su tío, la pesca, la inmensa soledad de la laguna, la tranquilidad siempre alterada por la inminencia de una tragedia, el silencio, la espera… todo respira de manera natural y fluida  creando una atmósfera que recuerda mucho al mundo de Samuel Becket.

Creo que La Sirga es un nuevo hito del cine colombiano, como lo fue Los viajes del viento, y como lo fue mucho tiempo antes Confesión a Laura. Una película que conjuga lo que no es frecuente en nuestro cine: madurez técnica y narrativa. Eso sin mencionar el gran trabajo de la banda sonora.