sábado, 22 de octubre de 2011

El día que matamos a Mauro



A través de sus gruesos lentes, sucios de polvo y lágrimas, Mauro examinó el territorio. Todo allí le parecía ajeno, a pesar de que lo había visto y recorrido cientos de veces. Ante su mirada confusa se extendía el mismo lugar, sembrado con los mismos árboles, adornado con las mismas flores, y recorrido por los mismos perros y las mismas gallinas de siempre. Sin embargo, sabía que ahora no era más que un intruso y que corría peligro porque en ese territorio habitábamos sus enemigos, que lo buscábamos con la única intención de matarlo. Mauro sacó un pañuelito y limpió sus lentes sin quitárselos. En su mano derecha una pequeña herida sangraba lentamente:

― ¡Ssssh, me hirieron!

Al oírlo el cadáver de Mani, que yacía a no más de un metro suyo, emitió una sonrisa burlona. Había muerto hacía rato, pero no por eso había dejado de divertirse. Esporádicamente abría los ojos y hasta levantaba la cabeza para observar desde su reposo los padecimientos de Mauro por tratar de huir de nosotros. Con los ojos entreabiertos lo contempló largo rato curarse la herida hasta que su paciencia de muerto terminó.

― ¡Hey, Mauro, gordo güevón, hágale pues! 

Mauro le respondió en el mismo tono:

― ¡Ah, esperate, esperate! ¡No ves que me hirieron!

Luego sacó de su pretina la pistola y asomó  su cabezota por encima del corral de gallinas. Nada parecía amenazarlo. Y sin embargo sabía que pronto llegaríamos nosotros para matarlo.

― ¡Disparen! ― gritó después de un rato, desesperado, ¡Disparen, pues!

Volvió a asomar la cabeza, pero solo vio el polvo y las hojas secas removidas por una ráfaga de viento. El cadáver de Mani lo miraba burlonamente mientras él apuntaba con su pistola hacia todas partes.

Sabíamos que su escondite preferido quedaba detrás del corral de las gallinas. Varias veces había muerto allí, y sin embargo siempre retornaba.

Decidido a matar o morir, dio un paso afuera. Delante suyo el cadáver de Mani comenzaba a silbar una canción. Apuntó hacia todos los escondites conocidos: ninguno parecía habitado. A su lado algunas gallinas picoteaban semillas.

Mani solto una carcajada estruendosa:

― ¡Ah, jajajajajajajajaja, miralos detrás tuyo, bobo!

Embadurnados de caca, Cofla y yo empujamos la puerta del gallinero, salimos atropelladamente y disparamos. Mauro ni siquiera tuvo tiempo de mirar.


― Tan tan tan tan tan tan tan tan, ¡Muerto, muerto!- dijo Cofla.

― ¡Aaaaaggggh! ¡Morí!

Una ráfaga de viento arrancó de entre sus hojas el aroma de los limoneros y los naranjos y lo difundió por todo el solar. El sol anaranjado de las cuatro de la tarde llegaba a nosotros destrozado por las ramas. Los dos viejos pastor alemán lamían alternativamente la herida en la mano de Mauro y daban vueltas a su cuerpo, que yacía en el suelo con la misma abstracción y desinterés de un muerto.

― ¡Nuuuuuu! Yo no me vuelvo a hacer con Mauro― dijo Mani, sacudiéndose el polvo y las hojas secas adheridas a sus ropas-, este man es una güeva. Juan, venga, hagámonos usted y yo.

― ¡Sí, vea! ―exclamó Cofla señalando con los pulgares alguna parte baja de su cuerpo ― ¡Vea, mijo! Yo mejor no sigo jugando.

Tiró enojado su pistola de plástico y se fue por el caminito de piedra que conduce hacia la casa; pero antes amagó dar una patada a Mauro.

―¡Parate ya, ome, parate ya!

Una vez estuvo fuera de nuestra vista y sus oídos fuera del alcance de nuestras palabras, Mani se atrevió a decir por fin:

― Mejor, juguemos nosotros tres solos, ese Cofla es una niñita ahí, que se vaya mejor, hágale, hágale ― Luego miró hacia donde yacía Mauro y soltó una carcajada, ― ¡Ah! Este Mauro si es. Mirá, allí donde están todos los chécheres de hierro se cayó y se hizo una cortadita, y se puso adecir que lo habían herido. ¡Ah! Este man sí.

Cofla reapareció en la puerta que comunica  con la casa y caminó hacia nosotros espantando a patadas las gallinas que encontraba a su paso.

― ¡Hey! Niñas, que vayan a tomar el algo, mandó a decir mi tía.

Se acercó a Mauro y la sacudió de una patada, pero él siguió imperturbable, como muerto.

― Tía ¿a Mauro qué le pasa? ― preguntó Cofla. Su tía, que acababa de aparecer en la puerta, se dejó venir, alarmada.

Trató de despertarlo dándole unas palmaditas en la cara y soplándole los ojos, pero resultó inútil. Entonces solivió su cabeza: sus manos quedaron rojas de sangre.

Al caer muerto, Mauro descargó su cabeza tan violentamente sobre una de las piedras del caminito que perdió el conocimiento.

Durante varios días no volvimos a jugar pistolero.

gallos pequeños

miércoles, 19 de octubre de 2011

Del poco dormir y del mucho leer..

Locura y Literatura (III)

Don Quijote ha sido siempre uno de los emblemas de la locura. Con su molde fueron cortados otros locos ilustres como el jóven Werter, el barón de Münchhausen e Ignatius Railly, solo por mencionar algunos. Aquí unas cuantas claves para comprender la sin razón del viejo caballero andante.

Don Quijote de la ManchaUna de las primeras pistas que nos da Cervantes para comprender el carácter de Don Quijote de la Mancha está en su aspecto físico. Antes de conocer  las aventuras del caballero andante el lector se encuentra  en  la primera página del libro con una descripción  que, aunque somera y muy poco enfática, está emparentada con las teorías de un libro  de 1575 titulado Examen de ingenios, de Huarte de San Juan. Según sus biógrafos y exégetas, resulta muy probable que Cervantes haya leído y considerado el pensamiento de aquel auto.

Don Quijote era un hombre de complexión recia: seco de carnes y enjuto de rostro. Esas características parecieran  no decirnos mucho acerca del carácter de una persona. Pero en  el libro de Huarte de San Juan nos encontramos con lo que los fisiólogos de la Edad Media llamaban la Teoría de los Humores: en el cuerpo humano se combinan los estados propios de las cosas que conforman el mundo para producir los humores. Esos estados son lo caliente, lo seco, lo húmedo, y lo frío. Cuando en el cuerpo se juntaba lo caliente y lo húmedo, se formaba la sangre. Cuando se combinaba lo frío y lo húmedo, aparecía la flema. Y en fin. Esas mezclas producían además la bilis y la melancolía. Ocurría entonces que una persona en la que el humor predominante era la bilis, tenía un temperamento colérico. Si predominaba la sangre, era un temperamento sanguíneo: impulsivo y caprichoso. Y si predominaba la flema, era flemático: lento y cansino.

Don Quijote era un temperamento colérico. En el séptimo capítulo de la primera parte, luego de que sale por primera vez a sus aventuras y regresa  maltrecho a su casa, el barbero y el cura aprovechan para sellar su biblioteca con un muro y quemarle todos los libros de caballerías. Así que, cuando se repone y va en busca de sus amadas novelas de caballeros andantes, atribuye su desaparición a las malas artes del sabio encantador Frestón, que le tiene ojeriza, y nadie lo contradice porque según Cervantes vieron que se le encendía la cólera.

¿Y cómo era un tipo colérico según Huarte de San Juan? Eran personas con mucha inclinación hacia la sabiduría y con mucho ingenio, es decir, con gran picardía a la hora de hablar y expresarse. Dice en el Examen de Ingenios que los coléricos son personas con un carácter muy variable debido a la sequedad y al calor de su cerebro y que son muy dados a la extravagancia.

Volviendo a los rasgos físicos de don Quijote nos encontramos con que según Huarte de san Juan entre las personas coléricas es común encontrar tipos de muy pocas carnes, duras y ásperas, hechas de nervios y murecillos, y las venas muy anchas; es frecuente encontrarlos morenos, tostados, verdinegro y cenizo. Y estos tipos suelen tener una voz “abultada y un poco áspera”.

Don quijote IIEl libro aporta una descripción bastante aproximada a Don Quijote, tanto física como espiritualmente. Y por si fuera poco atribuye a la locura causas muy similares a las que nos da Cervantes La vigilia de todo el día deseca y endurece el cerebro, y el sueño lo humedece y fortifica. Según Cervantes a Don Quijote: Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

Pero aunque lo llevo a perder el juicio, la lectura de libros de caballería era aún normal por la época en que se desarrollaba la historia, a principios del siglo XVII. Según algún estudioso, en la vida real hubo personas que sufrieron ciertos desordenes por culpa de esas lecturas. Se cuenta el caso de un tipo que cayó inconsciente leyendo las páginas en las que se relata la muerte del Amadís de Gaula, un héroe muy célebre del género. También se recuerda a un estudiante de Salamanca en el año 1600: mientras sus compañeros prestaban atención a la clase, él  leía muy concentrado una de tantas novelas; de un momento a otro se armó con un palo y empezó a esgrimirlo como si fuera una espada y los compañeros muy asustados fueron a preguntarle qué pasaba a lo cual él contestó que lo dejaran, que estaba defendiendo al caballero andante del libro. De ahí a ser el Quijote hay un solo paso.

Hay otro elemento que hace mucho más singular la locura de Don Quijote: Aldonza Lorenzo, más conocida como Dulcinea del Toboso. Ella es, en últimas, la justificación de todas las locuras del quijote. De hecho en el primer capítulo de la primera parte del libro Cervantes nos cuenta cómo después de que desempolva su armadura y se la pone, y luego de bautizar a su caballo con el nombre de Rocinante, decide buscar una dama de quien enamorarse porque según él “Caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma"...

domingo, 16 de octubre de 2011

Brevísima historia de los robots (II)

¡Tu, que tienes en tus manos a los espíritus, líbranos de las luces!


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Este es el segundo tramo de un acelerado viaje por la historia de las ideas y los mitos acerca del antiguo anhelo de los seres humanos por crear hombres artificiales y alcanzar de esa forma estatus divino.

Digamos que la historia de la técnica, y de aquello que terminó por convertirse en lo que luego llamaríamos Arte, comenzó con una traición, como fácilmente ocurre con cualquier historia en la que intervienen los hombres. El traidor se llamó Adán o, como prefiere la tradición pagana, Prometeo. Las víctimas, el gran dios Yahvé y los dioses del Olimpo. Desde una perspectiva evolucionista cualquiera podría objetar que esos personajes pertenecen al mito y a la teología (esa vertiente de la literatura fantástica, como la llamó Jorge Luis Borges), y podría recordar además, para reforzar la objeción, a nuestro antiguo pariente: el Homo habilis con sus hachas de piedra. No le faltaría algo de razón. 

Sabemos que las herramientas de piedra, el arado y el azadón son los precedentes de los robots industriales e incluso de las máquinas con las que las mujeres se rasuran las piernas. Sin embargo, siempre habrá un tiempo tan lejano que escapará a la comprensión de la arqueología y existirá solo en el mito, un tiempo cuyo territorio indefinido e intemporal es el de la imaginación. Por reciente que sea Prometeo, siempre será anterior al Australopitecus y a la primera molécula orgánica. El hombre pulió la piedra y fraguó el hierro y el bronce para enfrentar un mundo impracticable y cruel, pero nada de ello hubiera ocurrido si antes los inefables dioses no hubieran moldeado el barro para crearlo. 

El polvo del que fue formado Adán, nos lo revela el Talmud, se recogió en la primera hora, “en la segunda fue creada su forma; en la tercera se volvió masa amorfa; en la cuarta se juntaron sus miembros; en la quinta abriéronse sus orificios; en la sexta recibió su alma; en la séptima se puso de pie; en la octava se le asoció a Eva: en la novena fue trasladado al Paraíso; en la décima oyó la voz de mando de Dios; en la undécima pecó (Sal. 49, 13), y fue entonces cuando comenzó la historia mítica de la técnica.Adán traicionó la confianza de Yahvé al probar el fruto del árbol del conocimiento y condenó a los hombres al trabajo y a la extraña sabiduría que implica. El trabajo, ha escrito Federico Engels, es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al hombre.
Engels aseguró también que la progresiva manipulación de objetos por parte de los monos terminó por transformar su cerebro en un cerebro humano. El mono comenzó a degenerar en hombre cuando fue suya la luz del conocimiento. Una luz que le debe al gran titán Prometeo. 

Según la Teogonía de Hesíodo, Prometeo, hijo de un titán y una diosa, engaño a Zeus y devolvió a los hombres el fuego que el dios les había arrebatado. Tanto Prometeo como el fuego admiten múltiples interpretaciones. Desde aquella que designa al titán como el gran benefactor que enseña a los hombres las artes y las ciencias, hasta la versión renacentista según la cual Prometeo encadenado a una roca del Caúcaso es un símbolo del hombre que espera la redención luego de robar el Fuego, su pecado original. En todas, sin embargo, el fuego significa una revelación que transforma a los hombres. Así lo comprendió Juan Jacobo Rosseau, cuya doctrina del buen salvaje concebía a Prometeo como el inventor de las ciencias y las artes y por lo tanto generador de las luces que conducen a los hombres a la oscuridad. En su célebre Discurso Sobre las Ciencias y las Artes lanza una desesperada imprecación: ¡Dios Todopoderoso! ¡Tu, que tienes en tus manos a los espíritus, líbranos de las luces y de las funestas artes de nuestros antepasados y devuélvenos la ignorancia, la inocencia y la pobreza, únicos bienes que pueden darnos la felicidad y que son preciosos ante ti!”

Prometeo, que formó de barro al hombre y a la mujer (Ovidio, Metamorfosis 10,4), los facultó además para que soñaran con algún día equipararse a los dioses. Así, uno de los deseos que más ha exaltado la fantasía y la imaginación a lo largo de toda la historia de la humanidad ha sido la de crear artificialmente a un ser humano. Ese deseo está ligado no obstante con otro igualmente antiguo. Como sabemos Dios expulsó a Adán del Paraíso y lo condenó a él y a su descendencia al trabajo. Podríamos decir que la evasión de esa condena ha ocupado más al hombre que el deseo por regresar al paraíso. La esclavitud es una de las formas de esa evasión, el progreso técnico la otra.

Próximamente la tercera parte...

sábado, 15 de octubre de 2011

Brevísima historia de los Robots (I)

El abandono de los hombres al mundo de las cosas


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Los robots, esas criaturas tan explotadas por el cine, llevan recorriendo los caminos de la literatura más de dos milenios: desde las Antiguas Escrituras, pasando por los escritores clásicos, hasta llegar por supuesto a los grandes de la ciencia ficción, se han revelado como una suerte de encarnación de uno de nuestros peores sueños apocalípticos.


En 1920 el dramaturgo checo Karel Capek publicó un drama titulado R.U.R (Rossums Universal Robots) en el que un hombre, el científico Rossum, crea una serie de seres mecánicos con el fin sin duda venerable de liberar a la humanidad del trabajo. La idea era antigua: el hombre artificial, el hombre creado por el hombre, figuraba en la literatura desde Homero hasta Rubén Darío. Pero el nombre con el que lo denominaba el checo suponía  toda una  innovación: la tradición china lo llamó Kwai Shu, en el Talmud aparece como el Gólem y los alquimistas de la Edad Media lo conocían como el Homúnculus. Karel Capek lo nombró Robot, y al tiempo que dotó a los idiomas del mundo de una nueva palabra, atribuyó una nueva posibilidad a la leyenda.

Mientras que los antiguos autómatas representaban una esperanza para hacer más llevadera la vida de los hombres, los robost significaban su destrucción. Rossum fracasa en su intento de crear sirvientes cuando alguien más decide usar sus autómatas en la guerra. En ese punto los robots son todavía instrumentos. Así como Rabí Lôu usaba el Gólem para oficios caseros como barrer, y así como Timón de Atenas (El mismo del que luego se ocuparía Shakespeare) se valía de un autómata para que le sirviera vino, un hombre cualquiera podía usar un robot para la guerra. Se trataba de una mera circunstancia. Pero sucede que la obra no termina ahí. Con el tiempo alguien dota a los robots de sentimientos e inteligencia y ellos asumen una actitud terrible y muy humana por cierto: deciden que son superiores y exterminan  a la humanidad.

Una perspectiva tan trágica podemos encontrarla también en Frankenstein (1818) de Mary Shelley, pero solo en R.U.R se evidencia una de las actitudes que definen al hombre moderno: el recelo ante el progreso de las máquinas. Ese mismo recelo  que a finales de la década del cuarenta llevó al escritor francés George Bernanos a  escribir las siguientes palabras: La objeción que brota de los labios del primero que llega, desde que se pone en tela de juicio el maquinismo, es que su advenimiento señala un estado de evolución de la humanidad. Dios mio, lo confieso, es una explicación muy sencilla, muy tranquilizadora. Pero el maquinismo ¿Es una etapa o el síntoma de una ruptura del equilibrio, de un desfallecimiento de las altas facultades desinteresadas del hombre en beneficio de sus apetitos? He aquí una pregunta que a nadie le gusta hacerse. No hablo de la invención de las máquinas, hablo de su multiplicación prodigiosa, a la cual nadie parece poner fin, pues el maquinismo no crea solo máquinas, tiene también medios para crear nuevas necesidades que aseguren la venta de nuevas máquinas. Cada una de esas máquinas, de una manera u otra, se agrega a la potencia material del hombre, es decir a su capacidad tanto para el bien como para el mal.

Cualquiera diría que solo esas palabras se podrían esperar de un escritor tan católico y reaccionario como Bernanos. Pero inclusive un hombre de ciencia como Isaac Asimov y un escritor de literatura fantástica como Raymond Bradbury pronosticaron un mundo sojuzgado por los autómatas y por los excesos de la razón.


De ningún modo podríamos decir que estos autores compartieron una fe, pero obviamente comparten una época: la época que se inicia con la Revolución Industrial.

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Cuando en 1733 Jhon Kay inventa la lanzadera, marca el inicio para una serie de innovaciones mecánicas que así como aligeraban el trabajo, desplazaban a los hombres con su eficiencia. A partir del invento de Kay, al mismo tiempo que los tejedores ingleses tuvieron la capacidad de competir con el mercado de tejidos hindú, ese gremio comenzó a prescindir de la mano de obra. Y esa situación se repitió invariablemente con los demás portentos de la Revolución. Las máquinas que habían llegado para iluminar el camino de los hombres, fácilmente terminaban aplastándolos. Con la gran bendición del desarrolló había llegado la tragedia.

De la máquina tejedora de Kay a los robots de Karel Capek hay una diferencia evidente, pero la amenaza que suponen ambos es esencialmente la misma: la degradación a que se somete el hombre por el abuso de la técnica. A propósito de eso Emil Brunner escribió en Cristianismo y Civilización: La técnica moderna es, para decirlo crudamente, la expresión de la voracidad integral del hombre de hoy, y el ritmo del progreso técnico la muestra de su interno desasociego, la desazón del hombre destinado a la vida eterna y a su voluntario rechazo de ese destino la hipertrofia de los intereses técnicos y su desviación en un hiperdinamismo del progreso técnico es consecuencia del abandono del hombre al mundo de las cosas, subsiguiente a su emancipación de Dios.

Brunner atribuye la necesidad del desarrollo técnico al deseo de la emancipación de Dios que acompaña al hombre, pero señala ese deseo en el hombre moderno, cuando en realidad es un deseo que presente desde la mítica figura de Prometeo. De hecho, la visión trágica del teólogo suizo ante la técnica, que en últimas es la misma de Capek, Sheylly, Bradbury y tantos otros, no se encuentra en la literatura antes de la Revolución Industrial…

domingo, 9 de octubre de 2011

El Páramo, de Jaime Osorio Márquez

Ese brutal enemigo que llevamos dentro


Nuestra colorida tradición oral está llena de variados e imaginativos relatos de brujas y fantasmas que nos helaron la sangre durante las noches oscuras de la infancia. Relatos de un mundo fantástico y entrañable que se desdibujaron y se fueron dulcificando con el tiempo. Pero en Colombia los relatos de miedo de la vida cotidiana resultan de sobra más macabros porque  nos acechan en cada esquina e insisten en aparecerse en los noticieros. Son los relatos brutales de nuestras múltiples guerras.  Una de esas historias de miedo, mezcla de nuestras más antiguas fantasías y de los horrores que nos muestra diariamente el periodismo, es la que nos cuenta El Páramo,  ópera prima de Jaime Osorio Márquez.

En nuestro contexto resulta casi incomprensible que no haya florecido  el cine (ni  la literatura) de horror. Recordamos por supuesto el trabajo del cineasta caleño Jairo Pinilla, ícono indiscutido de la Serie-B en el país; recordamos al paisa Adolfo X; y recordamos obviamente a Carlos Mayolo, algunas de cuyas cintas, sin pertenecer propiamente al género, abordaban parcialmente algunos de sus tópicos.Cómo olvidarse además de Pura Sangre, de Luis Ospina, con esa especie de vampirismo tropical: película aterradora. En 2007 vimos además Al final del Espectro, de Juan Felipe Orozco, que sigue punto por punto los cánones del cine de horror oriental pero tratando de adaptarlos a nuestra estética.

Robledo y  Fiquitiva (el Indio), Julio C. Vlencia y Nelson 
Camacho.
El Paramo  es una historia de brujas que transcurre en la soledad de una estación del ejército a más de 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, un escenario azaroso por naturaleza: el Pelotón Bravo 3 debe recuperar el territorio, al parecer en manos de la guerrilla. Pero una vez allí, alejados del mundo y solos, comprenden que su verdadero enemigo es mucho más temible y brutal.

George Romero en La noche de los muertos vivientes demostró que los argumentos exagerados  del cine de género, a veces menospreciado y acusado de banalidad, no son más que un pretexto para reflexionar sobre asuntos  mucho más complejos. En El Paramo, que nos sirve para leer nuestra realidad pero cuyo alcance es universal, nos encontramos con  preguntas molestas para las cuales tal vez no hemos querido encontrar respuestas: En primer lugar ¿Quién ha sido el verdadero enemigo en esta guerra nuestra, que parece una maldición?  Pero además ¿Quién ha sido el responsable de que continúe y parezca no tener fin?

En una época en la cual el cine de terror con frecuencia produce risas,  la cinta de Osorio nos garantiza sobresaltos y  nos agobia con esa extraña carnicería que viven los  nueve soldados y que nos recuerda a cada instante la barbarie en que vivimos.

Ponce, Pablo Barragán.
Conviene decir eso sí que a pesar de que el cine de género cumple siempre con unos tópicos como si fuera un ritual, y en eso radica parte de su gracia y encanto,  cada director debe imponerse el reto de no ser excesivamente fiel a la hora de abordarlos. En El Páramo  encontramos algunos recursos narrativos ya demasiado recurrentes: cada personaje desempeña un rol tan explorado en  otras películas del género bélico y de horror (28 Días después y Deathwacht, solo por mencionar dos ejemplos recientes) que a veces es fácil para el espectador adelantarse a los giros narrativos: nos encontramos  con el lujurioso violento, con el bueno, con el negro, con el místico, con el líder... Sin duda en todas las historias están esos roles, pero depende de la manera como se aborden que no resulten demasiado planos y en esa medida la historia se torne un poco predecible.

Al margen de eso da gusto comprobar una vez más en esta producción que nuestro cine parece haberse despedido definitivamente de los fallos de producción que siempre le dieron ese toque de pobreza tan característico. Más allá de que al principio el relato transcurre muy lentamente, da gusto la agilidad del montaje. Las bisagras están aceitadas y bien puestas. Aquellos saltos visuales que daban cuenta de errores y olvidos durante el rodaje son ahora parte del pasado.

Las actuaciones  también merecen una mención: acostumbrados como estamos a los aspavientos y a los diálogos sobreactuados de ciertas improvisadas glorias de la actuación, el reparto aquí se siente preciso y se desenvuelve con naturalidad, sin excepciones. Otro gran acierto es la ambientación, responsable del miedo que sienten tanto los personajes como los espectadores: en ese paisaje abierto y de alta montaña el director logra meternos en una atmósfera opresiva con la oscuridad, la neblina y los frailejones, que se alzan a manera de extraños espectros.



domingo, 2 de octubre de 2011

A fuerza de sentirme mal, llego a sentirme bien

Locura y Literatura (II)

Nigthawks (fragmento), Edward Hooper.
Uno de los estereotipos más explotados por el cine y la literatura en los últimos tiempos es el de los personajes deprimidos. Al punto que la depresión es un gran negocio mundial con el Prozac como uno de sus símbolos más reconocidos. Es comprensible: en un mundo multitudinario y anónimo millones creen ver en esa patología un medio fácil para escapar de una vez por todas de su vida ordinaria y común. Sentirse deprimido ha terminado porser para muchos un privilegio que los emparenta con personajes atormentados y geniales: Edgar Allan Poe, Kurt Cobain, Rimbaud, Virgina Woolf. Circulan incluso textos que venden la enfermedad como un don… y cada vez hay más gente ‘feliz’comprando esa idea.

Pero lo cierto es que la depresión ha significado una presencia notable en el mundo de la creación literaria y artística, tal vez de allí su carisma. El psicoanálisis, disciplina en la cual ya nadie se atreve a confiar, explica esa enfermedad como una conjunción de factores biológicos y socioculturales: para que ocurra deben existir ciertas circunstancias traumáticas, pero además en el organismo de la persona deben existir características que la hagan propensa. Hoy sabemos que las distintas manifestaciones de la depresión responden a factores genéticos ya la manera en que el cerebro secreta hormonas como la serotonina, la dopamina o el cortisol, lo cual nos lleva además a preguntarnos: si los estados de ánimo están regulados por el flujo de ciertas sales en el cerebro ¿a qué cosa llamamos alma?

Más allá de cualquier discusión, aquel desorden emocional fue el aguijón de no pocas obras. Se dice que AlbertCamus escribió el Mito de Sísifo en medio de una gran depresión, por ejemplo. Pero también ha ejercido el efecto contrario. A Jean Cocteau le resultaba muy difícil escribir durante sus crisis depresivas, que además estaban acompañadasde opio. Algo similar ocurría con Josep Conrad, que tuvo que ser recluido en un hospital mientras escribía su primera novela debido a la fuerza de la enfermedad. Por aquella época, finales del siglo XIX, escribió lo siguiente: “continúo sumido en la más densa de las noches y todos mis sueños son pesadillas”.

A todas estas viene entonces la pregunta de cuáles son los fundamentos de la creación literaria y la creación artística en general. Franz Kafka escribió en su diario algunas palabras que nos pueden dar alguna luz: “En mi se puede distinguir perfectamente una concentración a favor de la literatura. Cuando resultó evidente en mi organismo que la orientación de mi naturaleza hacia la creación literaria era más productiva, todo se agolpó en ese sentido y dejó desocupadas aquellas aptitudes que se dirigían hacia los goces del sexo, la bebida, la comida, la reflexión filosófica. He adelgazado por todas partes”.

Los creadores parecen preferir estados que normalmente  el común de las personas evitan. Estados como el aislamiento y cierto regodeo en la tristeza. GustavFlaubert escribió que “a fuerza de sentirme mal, llego a sentirme bien”. Y Marcel Proust, aquel otro gran escritor francés escribió: “Las obras, como los pozos artesianos, alcanzan más altura cuanto más profundamente se ha hundido el sufrimiento en el corazón.”

En el psicoanálisis encontramos muy similar a la descripción de Kafka. Según Freud el sustento del impulso creador es la transformación de las pulsiones sexuales, que se convierten en energía dedicada a la creación. Hay una sublimación. La pulsión sexual cambia sus metas por otras que no son sexuales.

Otra explicación del acto creador es la que propone Melanie Klein. Según ella el impulso creador es inherente atodas las personas y proviene de la necesidad que siente el individuo de reparar el daño que en fantasías le causó a la madre en los primeros años de su vida. La creación, según esta teoría, proviene de un sentimiento inconsciente de culpa. 

(Continuará)

sábado, 1 de octubre de 2011

Esa dicha de sentirse triste

Locura y Literatura (I)

'Nada', por Francisco de Goya. Aguatinta, de la serie 'Los desastres de la guerra'.


La palabra ‘loco’, que hoy relacionamos con alguien que ha perdido el juicio, no siempre significó lo mismo. Sabemos por ejemplo que en la antigua Roma el loco, o el follis, como lo llamaban ellos, era alguien a quien nosotros llamaríamos ‘lerdo’ o de poca sal en la mollera, para utilizar una expresión de Cervantes. En resumen, un bobo. Para otras culturas de la antigüedad el loco era un tipo inspirado por Dios. El hebreo cuenta con la palabra navi que significa al mismo tiempo ‘loco’ y ‘profeta’. Y la tradición turca-otomana daba en llamar a los enfermos mentales ‘hijos de Dios’.

En el mundo occidental, según Michael Focault, a partir del renacimiento empezó a considerarse loco a aquel que no respetaba las reglas de la moral, de manera que si un hombre dejaba de cumplir con sus obligaciones familiares corría el serio riesgo de ser recluido como tal. Y ese mismo estatus se les atribuía a los pordioseros, a los alcohólicos y a los ladrones. Prácticamente hasta el siglo XIX se le llamaba loco a cualquiera que perturbara el orden social. Para la muestra el Marqués de Sade, porque inclusive la locura abarcaba al libertino, al homosexual, al adúltero. Todos ellos podían ir a dar al asilo.

A finales del siglo XIX y ya entrado el siglo XX la psiquiatría avanzó los suficiente como para que aquella palabra dejara de usarse de una manera indiscriminada. A partir de entonces comenzó a hablarse de estados mentales específicos como la neurosis, la psicosis, la depresión, la melancolía.  Ahora sospechamos que muchos de aquellos que entregaron su vida a la creación literaria difícilmente hubieran podido concebir su obra de no haber padecido, por decirlo así, de esos estados mentales. Es el caso, por ejemplo, de los románticos, todos estos hombres y mujeres que dieron lugar a aquel movimiento espiritual tan lleno de desencanto y nostalgia.

Hombres como Artur Schopenhauer o Giacomo Leopardi incorporaron a su vida diaria la tristeza, un sentimiento que en la antigüedad  se consideraba como el producto de la bilis negra, es decir de la melancolía. Recordemos que según el médico griego Hipócrates ‘se habla de un estado melancólico cuando el temor y la tristeza persisten mucho tiempo’. Pero a los románticos no les molestaba sentirse melancólicos, de hecho uno de ellos, Víctor Hugo escribió en algún lugar que la melancolía ‘era la dicha de sentirse triste’.

Pero la melancolía de los románticos era además un aliciente para la reflexión filosófica y aunque algunos poetas asumían actitudes escépticas con respecto a Dios (Alfred de Vigny, por ejemplo, decía que algún día Dios tendría que rendir cuentas ante los hombres por haberles impuesto la vida), no eran tachados de locos, como sin duda hubiera ocurrido siglos antes.

La tristeza, la depresión y la melancolía de los románticos se convirtieron más bien en una enfermedad del alma causada en parte por la falta de esperanza en la trascendencia del hombre luego de su muerte.  Goya, otro grande del romanticismo, nos dejó en uno de sus grabados pertenecientes a la serie ‘Los desastres de la Guerra’ un testimonio al respecto de esa desesperanza de los románticos.  Allí vemos a un cadáver semienterrado con un codo apoyado en la tierra y con una hoja de papel en la que acaba de escribir la palabra ‘Nada’ dándonos a entender que luego de su viaje a la muerte solo se encontró con el vació.

Reto de los Treinta libros, tercera y última parte.




Uno para aprender a perder. El señor de las Moscas. Nunca sentí tanta indignación con un libro. De una manera brusca William Golding me hizo sentir vergüenza de ser humano: esos niños confinados en una isla remota reviven punto por punto las mezquindades de la civilización y de cualquier hombre o mujer. Mientras la leía, por momentos me sentía como Piggy, por momentos como Ralph, por momentos como Jack, y caía en la cuenta de que siempre, detrás de un ser bondadoso y bueno, acechan las más inesperadas formas del miedo y la mezquindad.

Uno que asocie con la música que le gusta. Los monederos falsos. Leí a André Gide al ritmo del Rock & Roll de los 90's. Los amo a ambos. Por aquellos días, apenas saliendo de la adolescencia, ciertas bandas se escuchaban con un rigor casi religioso: Sonic Youth, Nirvana, Pearl Jam, Temple of the Dog… lo típico: algo que te hiciera sentir triste. Y  cierta tarde, en un paseo sin rumbo entre los estantes de la biblioteca, encontré esta joya…. Luego seguí leyendo a Gide y, sin negar el impacto que me causaron sus Diarios, esta novela me marcó profundamente porque sin duda, a pesar de haber sido escrita a principios del siglo, encarnaba perfectamente el espíritu de la década.

Un libro que le regalaron y no le gustó. La elegancia del erizo... y sin embargo, en las últimas páginas, lloré. La literatura francesa siempre tuvo un carácter elucubrativo y esta novela de Aubrey Barbery da cuenta de ello, pero además da cuenta de la proliferación de la literatura de autoayuda. Hay pasajes en los que uno siente estar leyendo un manual ligth de filosofía, y en otros, un libro de Og Mandino o Depak Chopra… Pero al final hay algo que se impone: en últimas es una novela sobre lectores… y a veces es difícil no sentir simpatía por esos personajes tan escasos.

Uno que lo haya asustado. Stalingrado, de Antony Beevor. Su intensidad y realismo me mantuvo con el corazón en la mano hasta el final. Básicamente adoro la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial, creo que es mi episodio histórico preferido, y eso ya es mucho decir considerando la pasión que siento por el Medioevo y por la Grecia Clásica. Beevor es una suerte de historiador rigurosísimo que escribe como un novelista (lo cual lo aleja de algún modo  de otro gran historiador de nuestros días como Eric Hobsbawm). Y la descripción que hace de la Batalla de Staligrado, la verdadera Madre de todas la Batallas, es soberbia. Llena de detalles pero sin un solo asomo de sensacionalismo. Creo que nunca olvidaré la intensidad que alcanza el relato cuando el Ejército Rojo decide retomar la colina de Mamaev Kurgan. Un libro épico e inolvidable.

Uno que pueda salvar vidas: Diálogos, de Séneca. Libro sobrio y pleno de sabiduría. Antes de la Autoyuda existía la Filosofía. Leí este libro por una promoción de obras del pensamiento que lanzó la editorial Atalaya-Planeta cuando estaba en los primeros meses de la universidad, hace ya mucho tiempo. Sin exagerar puedo decir que es probablemente el libro que más me ha influenciado en lo que va corrido de mi vida (muy a pesar de las confesiones de San Agustín). Séneca fue un hombre poco menos que despreciable: egoísta, ambicioso...  Y lo sabía bien. En algún apartado del libro, consciente de las críticas en su contra, dice que ‘uno puede haber visto la meta sin haber llegado a ella…’ Esa es la historia de cualquier ser humano: perderse en sus errores y contradicciones, consciente del camino para superarlos…

viernes, 23 de septiembre de 2011

Insidious, de James Wan

Un desmesurado carnaval de fantasmas



Tal vez la principal particularidad de Insidious es que,  a diferencia de la mayoría de películas de terror en nuestros días, por momentos verdaderamente asusta. James Wan, responsable de la primera entrega de Saw, un hito del género, regresa luego de Doggie Heaven, un trabajo nada memorable, con esta suerte de carnaval macabro poblado de fantasmas pálidos y  demonios estrambóticos. La cinta fue recibida con gran entusiasmo por algunos, que la ven como un gran aporte al género, pero de la misma forma ha sido despreciada y ridiculizada por otros, que la tachan de extravagancia torpe e inaceptable.

Incidious es la típica historia de la familia que se muda a una antigua casa que, como es obvio, parece estar bajo el influjo de seres malignos. Un día uno de los pequeños hijos sufre un accidente  y entra en estado de coma profundo. Desde entonces la vida de la familia se transforma: extrañas manchas de sangre aparecen como acechando al niño, se oyen voces y aparecen fantasmas blancos, como empolvados con harina. Wan ha declarado que su intención era filmar una versión contemporánea de Poltergeist, aquel blockbuster que aterrorizó  a los adolescentes de los 80’ y que es, por decirlo de alguna forma, la obra cumbre del subgénero de las casas embrujadas. Pero al ver la película, a la mente del espectador llegan además fácilmente recuerdos de trabajos recientes como Paranormal Activity,  Los otros, El Orfanato y El Laberinto del Fauno, dejando claro, por cierto, la preeminencia que el cine fantástico y de horror español ha alcanzado en el panorama cinematográfico mundial. Otra influencia notable, especialmente por la estética de las apariciones y los fantasmas, es la del gran director italiano Mario Bava.

Los recursos de los cuales se vale Insidious para hacernos brincar de los asientos en más de una ocasión, aunque bien utilizados, no tienen mucho de novedoso: cada aparición fantasmagórica está precedida del silencio y la calma y acompañada por algún estruendoso efecto sonoro. En algunas ocasiones, de hecho, uno ya sabe con certeza que se aproxima un sobresalto: a una secuencia que comienza con una gran alarma la sigue el sosiego, y cuando el espectador ya está desprevenido y la tranquilidad parece reinar ¡De nuevo el terror! Es una fórmula, pero en este caso utilizada de una manera provechosa.

Algunos críticos han lamentado lo que ellos llaman lugares comunes, y es necesario recordar que el cine de género, sin importar cuál sea, vive precisamente de repetir una y otra vez sus propios tópicos, eso es lo que lo hace pertenecer a un género determinado. La diferencia se encuentra en la gracia y la novedad con la que se aborde ese tópico. Aquí nos encontramos por supuesto con una médium, excéntrica y en su primera aparición tan aterradora como los mismos fantasmas; nos encontramos con sus asistentes, torpes pero encantadores; nos encontramos por último con un pull de fantasmas cortados con la misma tijera de infinidad de películas: un niño juguetón, una joven misteriosa, un hombre aterrador… en fin…

Pero el elemento verdaderamente polémico de la historia aparece con una especie de demonio que incursiona hacia la mitad de la cinta. Incluso hay quienes hablan de dos películas diferentes: la de los fantasmas normales y la del demonio (misteriosamente parecido al Darth Maul de la Guerra de las Galaxias) Esa presencia  le atribuye a la película un carácter casi estrambótico  y onírico. Es una ruptura con la tensión creada por las atmósferas fantasmagóricas y una apuesta por un mundo simbólico que recuerda un poco al Hicthcock de Spellbound


sábado, 10 de septiembre de 2011

El Origen del planeta de los Simios, de Rupert Wyatt

Unos monos geniales y pixelados



Hay por lo menos dos circunstancias que favorecen el estreno de El Origen del planeta de los Simios, de Rupert Wyatt, y que tal vez nos dejan comprender la excesiva benevolencia con la que la ha sido recibida por la crítica. En primer lugar está el precedente de El Planeta de los Simios (2001), protagonizada por Mark Wahlberg y también inspirada en la novela de PierreBoulle: sin lugar a dudas muy pocos en Hollywood podrían alcanzar el nivel de incompetencia necesario para filmar una película tan somnífera y pobre como la del maestroTim Burton, a pesar de que hay innumerables candidatos. Así que, de ahí en adelante, todo puede considerarse ganancia. En segundo lugar están las propuestas cinematográficas de 20th Century Fox esta temporada. El panorama es más bien modesto: Montecarlo, una bobada insufrible protagonizada por SelenaGómez; Los pingüinos del Sr. Poper, con Jim Carrey, comedia familiar de lacual me atrevería a apostar que no pasará a la historia; y X-men First Class, una propuesta másinteresante pero sin el alcance del resto de la saga. En ese contexto, como esde esperarse, esta precuela del clásico de Frnkliyn J. Shafner, tiene el camino despejado.


Y habría que decir que El Origendel Planeta de los Simios es prácticamente aceptable, a pesar de todo. Nos cuenta la historia del científico Will Rodman, interpretado por un James Franco a quien algún director por fin debería pedirle que abra bien los ojos, que experimenta con monos tratando de encontrar la cura para el Alzahimer, mal que padece su padre (John Lithgow). En el proceso uno de los monos, Cesar, se transforma en una especie de genio primate que incluso aprende a hablar con una voz diáfana que envidiaría Julio Sánchez Cristo y termina liderando una rebelión contra los humanos secundado por sus compañeros de especie, entre ellos un orangután de lo más coqueto. Las razones de la rebelión uno diría que quedan en entredicho.También queda en entredicho la razón por la cual de un momento a otro todos los monos resultan geniales, pero en fin.



James Franco, al lado de Cesar (andy Serkys), un mono
con evidentes dotes interpretativas.

Algunos críticos hablan complacidos de la agilidad y el buen ritmo con los cuales se desarrolla el relato… y probablemente están haciendo un uso bastante alternativo de esos dos términos porque de hecho en pos de darle profundidad y cuerpo a la historia, el director se detiene en la relación cotidiana de los cuatro personajes principales y en la enfermedad del padre del científico de una de una manera que logra impacientar por ratos al espectador. Como contrapartida de ese problema narrativo hay que reconocer que uno de los grandes aciertos de la película es la profundidad psicológica que alcanza Cesar (gracias en buena medida al trabajo de Andy Serkys, recordado por interpretar criaturas de Peter Jackson como King Kong y Gollum). En él notamos la evolución de un mono bebe, juguetón y gracioso, a un animal cerebral e introspectivo con rasgoshumanos y con el carisma que no tiene ninguno de los otros personajes.


Muchos han celebrado la calidadde los efectos. Y lo cierto es que en ocasiones, cuando los planos son cercanos,el asunto es bastante verosímil, pero eso es todo. Por lo general uno tiene la impresión de que está viendo una animación no precisamente bien lograda. Uno de los planos finales es casi burdo, si consideramos los altísimos estándares deuna producción como esta. Y recuerda uno las imágenes de la versión original de1968 y de la serie de televisión en las cuales los disfraces, que podrían hoy calificarse de primitivos, eran suficientemente convincentes.

Excepto por Andy Serkys y John Lithgow, el elenco de la cinta debe mencionarse como un asunto puramente técnico, sin trascendencia interpretativa: Freida Pinto, Slumdog Millionaire y Conoceras al Hombre de tus sueños, no es más que una figura decorativa; y Tom Felton, Draco Malfoy en la saga Harry Potter, no vamás allá de una presencia caricaturesca, sin mayor relevancia… De James Franco,que tanto nos entusiasmo en 127 horas y en ese más que aceptable trabajo en Howl, no hay mucho que decir.

Por último vale anotar que en un momento en el cual el cine solo cuenta desabridas historias de superhéroes o trata de asegurarse con remakes faltos de imaginación y carácter, y en el contexto siempre pobre de nuestra cartelera El Origen del Planeta de los Simios puede considerarse como una buena opción.Pero tal vez la elección más sabía sea alquilar el dvd y deleitarse en casa con la versión original de 1968.


viernes, 9 de septiembre de 2011

30 Libros: A propósito del reto twittero, segunda parte.



Una biografía: Vida de Benvenuto Cellini contada por él mismo. Un libro apasionante que nos recuerda que un gran artista suele ser un gran cabrón. Cellini es uno de los personajes más bizarros del renacimiento: joyero, escultor, soldado… megalómano incorregible. A lo largo del libro relata sus múltiples asesinatos; en un episodio, durante el sitio de Roma llega incluso a matar a más de veinte hombres… Amigo casi hasta la idolatría de Miguel Ángel y protegido del Vaticano  hace desbordar su relato de infidencias de la vida Renacentista en Florencia y Roma y el libro termina siendo al tiempo un vasto relato de aventuras imprescindible para comprender aquella época.

El primero que leyó: las Fábulas de Esopo ilustradas por Mordillo. Amo la lectura y el dibujo por culpa de ese librito hermoso. Era la joya más preciada de la biblioteca de mi padre, que estaba llena de libros ásperos e insufribles sobre sindicalismo, política y economía. Pero él amaba esa edición y la protegía celosamente. Mi hermano y yo no desaprovechábamos la oportunidad de raptar el librito para leerlo en ocasiones y tratar de copiar los dibujos, que aún hoy me resultan encantadores.

Uno que haya odiado hace años y hoy admira: Ficciones. En principio odié a Borges, pero eso ahora ya es como hablar de otra vida... Llegué a él en los primeros días de la universidad y muy pronto lo encontré aburrido y exageradamente grave. Durante un tiempo lo usé como un eficiente somnífero. Pero lentamente y sin darme cuenta se me metió en la sangre el amor profundo por el viejo sabio argentino. Y a estas alturas de la vida creo que es ya uno de esos amores de siempre.

Uno que amo hace años y hoy reniega de él: García Márquez en general. Fue un amor de la primera juventud y quiero reconciliarme con él. Hace unos años los profesores de colegio no tenían el mal gusto de obligar a sus alumnos a leer a nuestro Nobel. Yo en efecto lo leí por gusto y con una abnegación admirable. Como muchos, quede totalmente deslumbrado por la exuberancia de esas palabras y por esa imaginación exótica… Pasaron los años y comencé  a cobrarle al autor las mezquindades del personaje público: su arribismo político, su arrogancia manifiesta, su corrección intelectual, en fin… Además, como muchos otros lectores, entendí una especie de irremediable estancamiento en su obra luego de “El amor en los tiempos del cólera”… difícilmente olvidaré sin embargo los innumerables días leyendo esos primeros libros suyos entrañables…

Uno ruso que sí haya leído. Doctor Zhivago de Boris Pasternak. Un embeleco de la post adolescencia...Y por entonces me gustó... Hubo una época en la que tenía una especial preferencia por los libros voluminosos. Me emocionaba la idea de ir despachándolos lentamente como si se tratara de un viaje. Y en efecto Zhivago es uno de esos libros vastos  que se van  lentamente. Recuerdo especialmente a Tonia, la mujer del poeta, justo cuando él, durante un baile, comienza a enamorarse de ella, que acaba de comerse una naranja… Pasternak describe el olor de sus manos de una manera tan embriagante que es imposible no sentirse un poco enamorado también…

El que más ha leído. La Ciudad de Cristal, de Paul Auster. Y siempre que lo leo el desasociego es igual. Adoro a Daniel Quinn… La trilogía de Nueva York en general es un completo estudio de la soledad y el miedo en el que es fácil verse reflejado. Obviamente figura entre la lista de mis libro preferidos y me molesta un poco la etiqueta de literatura postmoderna que muchos insisten en ponerle. Es un gran clásico de la literatura y punto. Y Daniel Quinn es una reinvención del Quijote, pero esta vez usando la novela policíaca como pretexto…

Uno que lo haya sorprendido por bueno: La soledad de los números primos. Una novela sobrecogedora, de gran sabiduría narrativa. En principio a uno le entra desconfianza de los best sellers… Pero un libro con un título tan bello merece una oportunidad.  Y yo decidí comprar éste cierta vez en el aeropuerto El Dorado mientras aguardaba, resignado, mi vuelo. Lo leí de una sentada…Fue una especie de deslumbramiento. No esperaba que un autor tan joven como Paolo Giordano pudiera alcanzar tanta madurez y esa historia de amor imposible me conmovió profundamente.

Uno de poemas. El país del viento, de William Ospina. Una auténtica obra maestra de la poesía en Colombia. Lo leí innumerables veces tendido en el piso, entre los estantes de la biblioteca de mi universidad. Al principio no salía del asombro ante ese libro tan maduro, lleno de versos que siguen en mi memoria resonando con el mismo poder de siempre.  Cómo olvidar por ejemplo aquel monólogo dramático titulado “Lope de Aguirre” en el que el brutal conquistador español relata su vida delirante y sangrienta en las Indias. Es una evocación de Herzog, obviamente, pero Ospina descifra en ese poema las claves de la barbarie conquistadora en nuestro continente…

Uno que le gustaría volver a leer en su vejez. El hombrecillo de los gansos, de Jacob Wasserman. Un novela estremecedora, hermosa e incomprensiblemente olvidada a pesar de estar al mismo nivel de clásicos como “La Montaña Mágica”, “Ulises” o “En busca del tiempo perdido”. Wasserman, autor además de "Kaspar Houser" y a quien  tal vez se recuerda más por su biografía de Cristobal Colón, nos cuenta la historia de Daniel Nothaff, un músico genial pero relegado a una vida casi miserable y marginal debido a sus profundas convicciones estéticas e intelectuales. Los personajes que lo rodean son representaciones alegóricas de algunas de las principales pasiones humanas. Pero vale aclarar que Wasserman nos desnuda la sicología de ellos como un maestro consumado y agudísimo. Hay un capítulo en especial que espero releer; se llama “ Felipina enciende un fuego”…