martes, 5 de julio de 2011

Antoni Muntadas y las formas del miedo

Hasta el 9 de agosto en el Museo de Antioquia

En el Museo de Antioquia, ese gran edificio Art Deco custodiado por esculturas de Botero al lado de las cuales algunos tienen el mal gusto de tomarse fotos, se exhibe de una manera discreta y casi silenciosa la exposición FORMACIÓN>>ESPACIO>>CONTROL del artista nacido en Barcelona en 1942 Antoni Muntadas. La exposición, que no pretende ser una retrospectiva, incluye sin embargo obras fechadas en diferentes etapas de la vida creativa del catalán, desde los años setenta hasta una versión nueva de On subjectiv (1978) pensada especialmente para su exhibición en Medellín.

Muntadas puede considerarse como uno de los artistas españoles pioneros en su país de la experimentación artística a partir de la estética y los recursos de las nuevas tecnologías como el video y los computadores, y en últimas , pionero del Video Arte del Video Arte. Algunos incluso lo postulan como uno de los padres de aquello que el afán de etiquetas y la proliferación de manifestaciones artísticas han dado en llamar Net Art, ese arte de carácter interactivo pensado para Internet.

Sin embargo, y eso se evidencia en el Museo de Antioquia, aunque los medios y los materiales que emplea para dar forma a su obra le aportan buena parte de su significado ( vivimos en un mundo regido por pantallas, cámaras y luces de neón, en un mundo on-line), las verdaderas preocupaciones de Muntadas son aquellas pesadillas y aquellas extrañas promesas que han obsesionado a Occidente desde los primeros vestigios de la civilización: el miedo a los extranjeros y a los extraños, y la necesidad de protegernos y proteger a toda costa nuestras posesiones construyendo todo tipo de murallas y burbujas. Hoy en día esas pesadillas están encarnadas en los inmigrantes ilegales, en el terrorismo, en el desplazamiento, en el tráfico ilegal de personas, en las desapariciones forzadas, en los cotidianos robos callejeros y en los asaltos a las casas, como lo vemos bien en On traslation: Fear/miedo (2005) uno de los videos documentales de la muestra en el que una serie de personajes, testigos y protagonistas, describen con sus testimonios ese orden mundial confuso y excluyente que se instauró luego del 9/11. Un orden que deja al Islam con su extremismo y al Tercer Mundo con sus hordas de inmigrantes como a los bárbaros que amenazan de nuevo la civilización.

Además de On Traslation la exposición incluye otros videos: Alphaville (2011) sobre esa especie de bunkers en que se han convertido los edificios y las urbanizaciones que habitamos. Media Stadium (1992-2006) una reflexión sobre esos templos con frecuencia brutales y los curiosos sacrificios que allí se llevan a cabo, desde el Anfiteatro romano hasta el estadio de Wembley. También vale la pena mencionar Video is Televisión? Un video Producido para la serie de televisión “El arte del video” en el que de una manera reiterativa se nos llama la atención sobre tres conceptos con los que hemos terminado por asociar irremediablemente a los medios masivos de comunicación: manipulación, contexto, audiencia

En particular me llamó la atención una obra: Fences, una serie fachadas de casas fotografiadas. Al lado de las fotografías vemos detalles de los innumerables mecanismos de defensa necesarios para repeler ataques: cámaras, alambres de púas, alarmas, rejas, en fin: elementos cotidianos en cualquier ciudad del mundo, que curiosamente cobran una vida especial en Medellín y en general en el contexto colombiano. Son curiosos retratos de la paranoia y el miedo que se vive en las ciudades. Una paranoia cuyo remedio muchos han querido ver en la seguridad que ofrecen los conjuntos residenciales. De ahí que el artista ironice un poco con las decenas de anuncios publicitarios que cubren las paredes de la sala, anuncios de condominios y urbanizaciones con la promesa de Seguridad, Orden, Exclusividad y demás embelecos…

lunes, 27 de junio de 2011

Sin límites, de Neil Burger

Lo mismo de siempre, pero esta vez bien contado

Habría que comenzar con una advertencia: Sin límites, la última película de Neil Burger es, entre otras cosas, el típico cúmulo de lugares comunes al que nos tiene acostumbrado el cine de acción norteamericano, y que se repite una y otra vez recalentado en una infinidad de cintas. No hay un solo giro en la historia que no nos recuerde algo ya visto decenas de veces. Sin embargo, y ya bajando la guardia, estamos ante el cúmulo de lugares comunes más entretenido y digno de atención del cine ultra comercial en los últimos años. Una cinta tan emocionante y entretenida como lo fueron en su momento verdaderas joyas del cine de acción como Enemigo Público, Training day y El club de la Pelea.

Esta vez Niel Burger, a quien recordamos con desgano por aquel bodrio que fue el Ilusionista (2006), se vale del guión de Leslie Dixon, basado en una novela de Alan Glynn, para contarnos la historia a manera de thriller de Edward Morra (Bradley Cooper) un fracasadísimo aspirante a escritor víctima del bloqueo creativo y recién abandonado por su novia. Cierto día Morra consume una pastilla (NZT) que genera en quien la toma el uso superlativo de sus facultades cerebrales. Así que el tipo termina convertido en una especie de genio que escribe una novela, aprende a tocar piano, a hablar japonés y a ganar una fortuna en Wall Street en solo unos días (lo cual recuerda a Neo en Matrix aprendiendo Kung-fu y no sé qué más cosas en cuestión de segundos). En este punto nos encontramos con esa vieja obsesión de Holliwood: los poderes especiales. Desde las ya incontables adaptaciones de las historietas de DC Comics, pasando por los personajes psíquicos de Nigth Shyamala, hasta los innumerables retratos de genios, vemos en la imaginería hollywoodense gran predilección por esa especie de deidades terrenales que han erigido su propia versión del Olimpo: Dioses en la forma de Súper Héroes como Spiderman o Superman y Prometeos encarnados en hombres como Tyler Durden y ahora Edward Morra.

La trama de la película está bien condimentada además por los hilos narrativos a los que dan lugar un misterioso perseguidor asesino; el dealer por medio del cual el protagonista entra en contacto con la pastilla; un mafioso ruso que descubre la droga y como es de esperarse quiere hacer negocio; la novia de Morra, Lindy, interpretada por una Abbie Cornish con un registro por momentos pasmosamente similar Nicole Kidman; y un magnate de las finanza interpretado por Robert De Niro (de quien no hay mucho que decir) que aprovecha la gran habilidad del nuevo genio para sus propios negocios. Otro factor de intriga lo aporta el delirium trémens que sufre el personaje cuando deja de consumir la droga.

Un aspecto que merece una mención especial en Sin Límites es el tratamiento y el ritmo visual de la película, que en algunos momentos recuerda a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Como era de esperarse a la hora de retratar la mente de quien está bajo el influjo de una droga, por momentos nos enfrentamos a un mundo casi onírico, sin comienzo ni fin
y, como el título de la película lo dice, sin límites. Un mundo el que llueven letras y por momentos no hay paredes. Una estética por lo demás muy cercana al vértigo y a la agilidad del video clip.

No nos vamos a decir mentiras: esta última película de Niel Burger no es, para ponerlo en términos mamertos, “una gran reflexión sobre el hombre moderno y sus demonios”, ni es un cine trascendental y ceñudo con profundas propuestas conceptuales. No. Sencillamente es lo que uno con modestia espera a veces cuando va al cine: una historia divertida y por ratos inteligente, con varios momentos emocionantes y vertiginosos que da treguas y nos deja pensar un poco en el mundo en ocasiones gris y mediocre en el que vivimos hoy, y en las falsas promesa que ese mundo nos ofrece para sobreponernos a él. Eso es todo, sin mayor tono ni pretensión. Pero eso es suficiente, creo yo, para librar el precio de la boleta y salir del teatro sin arrepentimientos.

sábado, 18 de junio de 2011

"Conocerás al hombre de tus sueños"

Woody Allen como en los viejos tiempos





Hay recuerdos caprichosos, que se imponen sin uno saber por qué. Yo por ejemplo recuerdo la mañana en que luego de una noche terrible encontré en Cinemax (cuando aún era una opción decente) “Broadway Danny Rose”, la entretenidísima película de Woody Allen de 1984. Y la recuerdo como una de las mañanas más alegres de mi vida… La historia de ese Danny Rose, representante de magos y músicos fracasados, que termina vendiendo ventanas y perseguido por gánsteres me iluminó el día. Ya antes había visto varias películas del gran director neoyorkino, pero solo hasta entonces supe apreciar su encanto, su agudeza y su devastador sentido del humor. Desde entonces pienso en lo mucho que iremos a extrañar a Woody Allen cuando ya no esté con nosotros para darnos año tras año un capítulo más de su universo neurótico y retorcido.

Por suerte el pequeño judío pelirrojo sigue demostrándonos que su lucidez e ironía se mantienen intactas. Estamos a la espera de “Una noche en París”, pero ya en nuestras salas se proyecta “You willl meet a tall dark stranger”, traducida como “Conocerás al hombre de tus sueños”, un supuesto drama que conserva el sabor de las mejores comedias del autor de “Manhattan”.

“Conocerás al hombre de tus sueños” cuenta un momento en la vida de un puñado de personajes fracasados de alguna forma (y valga recordar que el fracaso es uno de los temas que sirve como columna vertebral a los más de cuarenta films de Allen): Una pareja de ancianos interpretados impecablemente por Anthony Hopkins y Gemma Jones cuyo matrimonio termina luego de una vida juntos; su hija, Naomi Watts, quien ya cerca de los cuarenta se duele por no haber conformado aún una familia junto a su esposo, Josh Brolin, un escritor principiante en crisis creativa… Basta contar hasta este punto para saber que en esta película están los mismos temas de siempre… de hecho, si suprimiéramos los nombres de los personajes podríamos confundir el argumento con la “Comedia sexual de una noche de verano”, “Maridos y esposas”, “Hannah y sus hermanas”, “Manhattan”, “Interiores”. Incluso nos encontramos aquí con el personaje del vidente tan presente en películas como “Cassandra’s dream” “Poderosa Afrodita”, “Scoop”… En fin. Así que no les falta razón a quienes señalan esa reiteración como “un poco más de lo mismo”.

No hay en “Conocerás al hombre de tus sueños” una perspectiva y un enfoque deslumbrante como lo hubo en obras maestras como “Manhattan”, “Hannah y sus Hermanas”, “Deconstructing Harry” o “Match Point”, es cierto. Pero se debe admitir también que se trata de una película destacada en comparación con las obras menores a las que ya nos estaba acostumbrando Allen desde que dejó de filmar en New York. De cualquier forma también es del caso recordar que el nivel de producción de un director que filma una película por año, probablemente tenga épocas desiguales.

El elenco de está además integrado por Antonio Banderas, de quien nunca hay mucho que decir. Interpreta a un acaudalado dueño de una galería de arte del cual el personaje de Naomi Watts, Sally, termina por encapricharse para profundizar la crisis de su matrimonio. Vemos también a Freida Pinto, de Slumdog Millionaire, como una joven estudiante de música que cautiva con su belleza exótica a Roy, el personaje de Josh Brolin.

Una mención especial merece Lucy Punch, Charmaine en la película, una prostituta de la cual se enamora Anthony Hopkins, Alfie. Punch, con su evidente gracia y sentido del humor, recuerda los mejores momentos de Mira Sorvino en Poderosa Afrodita (no está de más recordar que las prostitutas también son personajes reiterativos en la películas de Woody Allen). Charmaine es la promesa de juventud para Alfie, quien resulta ciego al mal gusto de la rubia oportunista…


Por último me queda mencionar el regocijo que me produjo ver de nuevo los enredos amorosos y los desencantos de esos personajes extraviados debido a las absurdas presiones del mundo. Eso es lo que nos ofreció siempre Woody Allen, un excelente retrato de nosotros mismos. Y es un gusto poder reírse de otros con la íntima convicción de que lo verdaderamente risible es nuestra propia vida.

martes, 14 de junio de 2011

Nowhere Boy, de Sam Taylor-Wood

Un John Lennon buen mozo y atlético

Jhon Lennon hace parte sin duda de la Santísima Trinidad de la música popular moderna, a su lado están Elvis Prestley y Michael Jackson. Comparados con ellos, así uno tenga otras preferencias, el resto son solo profetas menores. Lennon se ha colado en el imaginario popular como un ícono del antibelicismo, de la de la música, de la rebeldía… y en últimas, de una década entera. Y es la historia del ícono la que conocemos. Pero ¿quién era ese muchacho escuálido y de gáfas antes de convertirse en uno de los emblemas de la Cultura Pop? Eso es lo que nos quiere contar Nowhere boy, la ópera prima de Sam Taylor-Wood, una película biográfica que se centra de una manera especial en la relación del naciente músico con sus dos madres, la de crianza y la biológica.

En Nowhere Boy vemos a Lenon como un adolescente rebelde y arrogante tratando de reencontrarse con su madre, quien lo abandonó en su infancia pero que ahora lo pone en contacto directo con la música al ser ella quien le enseña a tocar el banjo; vemos además los inicios musicales del futuro Beattle con su primera banda. En ese camino Lennon encuentra a Mac Cartney y a George Harrison, hace su primera grabación y sus primeras presentaciones. Se trata de momentos que brillan en la película de una manera especial para quienes aman el Rock & Roll y su historia. Sin embargo, en esta película habitada por la música, no hay nada de los Beatles: Bo didley, Elvis Prestley, Little Ritchie… pero nada del cuarteto de Liverpool, lo cual le confiere cierta personalidad a la propuesta porque incluir alguna canción del grupo habría sin duda llamado de una manera fácil la atención del público.

Con cierta razón la crítica ha recibido un poco a regañadientes la presencia de Aaron Jhonson en el papel de Lennon. Jhonson, a quien recordamos especialmente por aquella buena cinta que fue Kick Ass resulta demasiado atlético y buen mozo comparado con el escuálido John Lennon. Eso es cierto. Sin embargo, y muy al margen de ese, que es un asunto formal, es justo reconocer el excelente trabajo del joven actor inglés.

También hay que destacar a Kristin Scott Thomas a quien recordamos, entre muchas otras por películas como “Ghosfor park” “The horse Whisperer”, “Ricardo III” “Cuatro bodas y un funeral”, en fin. Scott es Mimi, la tía autoritaria de Lennon, su madre putativa. Una mujer fría con quien el joven comienza a distanciarse luego de la muerte de su tío, pero que se revela como la gran figura maternal a quien él recordará con amor durante toda su vida.

Un momento especial en Nowhere Boy es el primer encuentro del John Lennon con Paul Mac Cartney, interpretado por Thomas Brodie Sangster, a quien recordamos como el pequeño hijo de Liam Nesson en Love actualy. Mac Cartney trata de impresionar con su guitarra al orgulloso Lennon, quien finge no prestarle atención y que sin embargo queda totalmente cautivado.

Se trata de un capítulo más, entretenido y conmovedor, de la ya larga historia del Rock & Roll.


Se trata de un capítulo más, entretenido y conmovedor, de la ya larga historia del Rock & Roll.

viernes, 10 de junio de 2011

Los Nuevos Héroes de la Guitarra

Entre otras cosas Youtube nos ha revelado artistas sorprendentes que en pocas ocasiones estan en los grandes canales. Aquí una pequeña selección de algunos de los mejores guitarristas. Maestros del fingerpicking que agarran una cámara, graban su pequeño concierto en la sala de sus casas y nos dejan con la boca abierta.


Eric Roche Sungha jung




Igor Presnyakov Oshio Kotaro



sábado, 28 de mayo de 2011

El último día del año en la Isla del Sol












Llegamos a Copacabana rayando la una de la tarde, el último barco hacia la isla del sol salía a la una y veinte. Señor ¿No quiere cambiar su sombrero por el mío? Dijo la señora a la que pregunté dónde comprar los tickets para el bote. Rectito nada más, respondió señalando hacia adelante ¿Y el sombrero? No acepté la oferta. Nos abrimos camino a paso largo por una calle abarrotada de vendedores de verduras y mujeres con canastos. En medio del afán estrujé a un tipo rubio, alto y robusto de lentes oscuros y rastas cubierto con un aguayo, al lado suyo iba otro casi idéntico y una mujer boliviana. Perdón, alcance a decir y seguí. El tipo dijo algo en francés. Ni idea. Eran los últimos tres tickets. Detrás de nosotros llegó el del aguayo y su compañero. También buscaban tickets…

sábado, 21 de mayo de 2011

La Conjura de los Necios, de John Kennedy Toole

Cuando un génio aparece, todos los tontos se conjuran en su contra


Hace ya muchos años que me encontré por casualidad con esta novela.  Iba a la deriva caminando entre los estantes de la biblioteca y ahí estaba, como esperándome. No había oído hablar ni de ella ni de su autor. Me dejé seducir por el título, por el gordo estrambótico que aparecía en la carátula y por algún párrafo leído al azar… Luego de las primeras diez páginas creí que sería una lectura simpática pero tal vez irrelevante: una serie de personajes excéntricos cuyas vidas mediocres se coloreaban esporádicamente con situaciones absurdas quizá podrían ofrecer 380 páginas de lectura sosegada. Sin embargo, a la altura de la página 50 ya estaba irremediablemente aburrido. Era la aburrición de alguien obligado a seguir con cuidado la vida rutinaria de su vecino. Los personajes que  al principio se veían interesantes comenzaban a desdibujarse en medio de lo que yo inicialmente juzgué como una infinidad de insignificancias. Estuve incluso a punto de abandonar la lectura… Sin embargo, un inexplicable sentimiento de respeto hacia el libro me obligó a continuar. Pensé también que una novela que ha ganado el Premio  Pulitzer no podía ser tan mala…

 Llegué a la página cien y entonces comencé a comprender: lo mío era la impaciencia de un lector caprichoso, porque la forma de narrar era el recurso más adecuado que el autor había podido encontrar para contar su historia: sin esa narración pausada nada habría resultado verosímil; y aún más: los personajes habrían terminado convertidos en una serie de caricaturas más bien grotescas. Unas cuantas páginas después supe que “la Conjura de los necios” tenía una maestría narrativa similar a la de cualquier novela de Dickens. Casi todos los elementos de la historia estaban cuidadosamente dispuestos para contribuir al desenlace, nada era gratuito. La novela hacía una contorsión esplendida para morderse finalmente la cola.

 La acción transcurre en Nueva Orleans, con sus calles vibrantes de jazz y de gente de raza negra. Ignatius J. Reilly, protagonista de la novela y uno de los personajes más memorables de la literatura de las últimas décadas, es un hombre de treinta años, enorme e inimaginablemente gordo, que luego de terminar la universidad se encierra en su habitación para dedicarse a la redacción de una vasta obra que denuncie la atrocidad del siglo XX.  Un siglo que va mal porque carece de teología y  de geometría. Ignatius es un onanista frecuente; escribe incansablemente en sus cuadernos Gran Jefe; vive en la casa de su madre; no trabaja y tiene serios problemas con su válvula pilórica, lo cual lo hace víctima de repetidísimas y sonoras flatulencias. Creo que está completamente loco, como Don Quijote, con quien muchos quieren compararlo. Junto a él nos encontramos con un puñado de personajes  también  extraviados en sus propias vidas: Mancuso, un policía demasiado torpe que nunca logra hacer un arresto a pesar de que va por las calles de Nueva Orleans pretendiendo camuflarse ataviado con los más absurdos disfraces; Jones, un negro que para evitar la cárcel debe aceptar un trabajo como barrendero por el cual recibe menos de la mitad del mínimo; Gus Lavy, un millonario agobiado por su padre muerto, cuya memoria se perpetua en la patética fábrica de ropa interior que le dejó por herencia; La Señorita Trixie, una anciana que se pasa la vida durmiendo en su puesto de trabajo y soñando con el día de su jubilación… Un personaje que merece una mención especial es el de la antigua novia de Ignatius y  su alter ego, la ultra feminista Mirna Mirnkof. Él la detesta, y desearía ser un negro enorme para “empalarla” con un miembro especialmente descomunal, pero no puede evitar mantener con ella una extraña relación epistolar… Ambos están igual de mal de la cabeza y emprenden cruzadas para la defensa de disparates tales como la moral y la decencia.

 Todos los personajes de “La Conjura de los Necios” son ridículos casi hasta la risa, sin embargo, son a la vez tan humanos que en ocasiones dan ganas de llorar. La historia de su autor, John Kennedy Toole, también es conmovedora y raya en el absurdo.

 “La Conjura de los Necios” fue escrita hacia 1962  luego de que su autor prestara  servicio militar en Puerto Rico. Kennedy Toole envió el manuscrito a numerosas editoriales pero fue rechazado unánimemente, lo cual le produjo tal impacto psicológico que en 1969, a los 31 años y profundamente deprimido, se suicidó seguro de su incompetencia como escritor.

 Luego de su muerte, su madre, Thelma Toole, encontró el manuscrito y se empeñó en encontrar quién lo publicara, lo cual logró en 1980 gracias al apoyo decidido de Walker Percy, quien vio en la novela la genialidad que los demás necios editores habían preferido ignorar.

“La Conjura de los necios” ganó el premio Pulitzer y se convirtió en un gran éxito editorial en varios países. Hoy es considerado uno de los grandes clásicos de la literatura en la segunda mitad del siglo XX. Yo  sencillamente lo considero uno de los libros más entrañables que he leído en la vida.

sábado, 14 de mayo de 2011

Apuntes para una Historia del Culo


La mujer culona es una epopeya molecular de la feminidad



Salvador Dalí


Llevo un buen rato siguiendo cuidadosamente la programación de E! Entertainment Tv. Ahora mismo un hombre conocido como The Butt Surgeon, el cirujano del trasero, describe su técnica para dar a los afamados traseros de las estrellas de Hollywood la tonicidad y el volumen propios de una época que según él da casi tanta importancia a los traseros como a los senos…. Busco un poco de material para escribir acerca del cuerpo femenino, sobre su desnudez, sobre su significado, pero muy específicamente sobre esa parte de su anatomía que le ha dado forma y carácter desde las más primordiales épocas de la prehistoria, que ha extraviado corduras e inspirado versos tan lascivos como aquellos de Iriarte:



Con licencia del talle, que es modelo/Propuesto por Cupido a la hermosura,/ y de esa grata voz cuya dulzura/ de un alma enamorada es el consuelo/juro que nada en tu persona he visto/como el culo que tienes, soberano,/grande, redondo, grueso, limpio, listo/culo fresco, suavísimo, lozano…

“This is a very serious business”

Robert Capa, escenas de gurra

















“If your pictures aren't good enough,you aren't close enough"


Robert Capa


Es una mañana fría. La marea esta baja pero las olas golpean con fuerza los pesados cruceros, los acorazados y los tanques anfibios Sherman, que no soportan los embates ni su propio peso y uno a uno empiezan a hundirse. Miles de soldados anónimos, con el rostro acribillado por la llovizna, avanzan en las innumerables lanchas de desembarco aferrados a sus rifles envueltos en bolsas plásticas; muchos de ellos vomitan debido al terror que les exprime el estómago, sobre sus cascos empiezan a zumbar las primeras balas. El mayor grita sus últimas instrucciones.


No hay alternativa: un poco más allá de la playa, Omaha Beach, emplazada en lo más alto de los acantilados, la artillería alemana aguarda el momento de escupir su fuego. Es el seis de junio de 1944: las tropas aliadas, dispuestas con sus miles de embarcaciones ante las costas de Normandía se disponen a invadir la Europa continental, es la operación Overlord también llamada el día D. El Objetivo es conjurar de una vez por todas la amenaza nazi.

viernes, 13 de mayo de 2011

Cindy Sherman y la Máquina de follar


rodillas de nylon, muslos de nylon, y esa zona pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne. Era todo culo y tetas, piernas de nylon, risueños ojos de límpido azul...

Charles Bukowsky


Antes de comenzar a escribir, y luego de revisar alguna bibliografía, quise cumplir con el viejo ritual contemporáneo de consultar el oráculo. Encendí el aparato, me conecté. Hace algo más de dos mil años era Delfos pero ahora en la pantalla blanca se leían las seis letras nítidas: Google; debajo de ellas tecleé el nombre de mi consulta. Click: Cindy Sherman. En la pantalla del computador me encuentro con imágenes de muñecas y maniquíes que me recuerdan cierta idea de Erick Fromm. En uno de sus ensayos más lúcidos, El Arte de Amar, el sobresaliente alumno de Freud nos advierte acerca de los rasgos más acentuados en el carácter de todos aquellos que crecimos inmersos en la sociedad tecnificada y anónima, abundante en medios y productos, que se formó luego de la revolución industrial (e incluso, como quiere Mc Luhan, luego de la imprenta): así como a nuestros antepasados se les fue la vida distinguiendo los frutos y las raíces dulces y nutritivas de las amargas y venenosas, y reconociendo los caminos apacibles de aquellos acechados por las bestias, a nosotros se nos va la nuestra en una interminable y probablemente vana selección de productos. Seleccionamos el desodorante, con mayor o menor cantidad de alcohol, la camisa según el cuello, el café según el nivel de cafeína, el carro por su consumo de gasolina… y nuestra percepción, dice Fromm, se ha transformado de acuerdo a aquel hábito propio de la sociedad de consumo, al punto que ahora no solo aplicamos parámetros comerciales para nuestras compras sino que nos relacionamos con la gente aplicando esos parámetros, esperamos que nuestros amigos sean inteligentes, nobles, con buen sentido del humor… Y nos hemos ido convirtiendo a nosotros lentamente en seres prefabricados, que pretenden ser tan relucientes, efectivos, bonitos y asépticos como un tarro de shampoo.

De Medellín a Machu Picchu, indocumentado y pobre (II)

Metodo fácil para irse hasta el Perú echando dedo


Una vez en Cusco hay dos maneras para llegar a Machu pichu. La primera requiere más tiempo pero es mucho más recomendable y luego sabrán por qué: consiste en tomar desde la terminal de Santiago un bus hacia Quillabamba. El bus vale veinte soles y uno se debe bajar en santa María: son ocho horas de viaje, pero para cualquiera que haya llegado aquí desde el norte o el sur del continente por carretera (y haciendo autostop) ocho horas no son más que un suspiro. En santa maría se toma una combi hasta Santa Teresa.


Cuesta diez soles y el trayecto dura casi dos horas por una carretera desatapada al lado de un precipicio. Recomiendo irse al lado de la ventanilla, la sensación es muy agradable. Por las afueras de Santa Teresa Pasa el Río Urubamba (compañero inseparable de viaje de aquí en adelante) y antes de emprender el viaje final es necesario cruzarlo, ahora hay un puente pero antes solo había oroya: un cajoncito suspendido de una cuerda que se debe arrastrar por medio de unas poleas. Este es otro de los trayectos emocionantes del viaje: abajo el río caudaloso rugiendo y arriba uno arrastrándose por la cuerda. Al otro lado del río es posible tomar un camioncito hasta Hidro o caminar. Todo depende de la hora. El caso es que caminando de allí hasta Aguascalientes (el pueblito donde queda Machu Picchu) se van cerca de ocho horas; cuatro por un camino destapado y cuatro por la vía del tren con el río siempre susurrando al lado. Como podrán entender es muy recomendable ir bien livianos de equipaje, con impermeables y una carpa por si es del caso.


La otra manera de llegar a las ruinas desde Cusco es tomando el rumbo hacia Ollantaitambo: es mucho más rápida pero implica un obstáculo enorme. Así fue como llegamos mis amigos y yo: Una señora muy amable nos llevó en su remoque hasta el camino que conduce al km 82; caminamos como hora y media hasta la última estación de tren antes de Aguascalientes, allí estaba el obstáculo: en la estación hacen guardia policías y controles vestidos de civiles para evitar que los viajeros sigan a pie por su propia cuenta (lo otro es tomar la ruta del Inca pagando un guía: carísimo, el plan vale más de doscientos dólares). No sobra anotar que la única forma de llegar a Machu Picchu es en tren (o a pie claro) y el tren es siempre caro para los extranjeros (de hecho todo es caro para los extranjeros porque en Perú creen que todo el mundo es gringo, así sea de Colombia y parezca nacido en la Avenida Jiménez con Séptima o en pleno Parque Berrío, como es mi caso).


Nosotros no estábamos dispuestos a pagar los más de veinte dólares cada uno que nos costaba el tren y en un descuido de todo el mundo seguimos nuestro rumbo, a pesar de que ya un control se había acercado a informarnos que estaba prohibido el paso. Íbamos a paso largo sin mirar para atrás, como si fuera la cosa más normal del mundo, cuando comenzamos a escuchar los gritos. Detrás venía un guardia del tren con dos policías. Estaban enojados: Se les advirtió que esto está prohibido, los podemos enviar a la comisaría ¿Tienen todos sus papeles en orden?¡Claro, oficial, cómo no! ¡Por Dios, y yo que era un ilegal! Alcancé a asustarme un poquito. Nos toco devolvernos.


No podíamos creer que luego de semejante travesía, de cruzar tres países viajando en la parte de atrás de no sé cuantos camiones el asunto fuera a terminar así. Yo entiendo que ustedes están cumpliendo su deber, pero ustedes entiendan que nosotros queremos visitar las ruinas y no tenemos plata para el tren, somos latinos no gringos, además ese tren es manejado por extranjeros, si por lo menos fuera peruano. Me jugué la última carta. Mis compañeros alegaron razones similares. Todo parecía concluido y ya íbamos de regreso cuando miramos para atrás y vimos a los dos policías haciéndonos señas. Los dos que veníamos de últimos nos devolvimos. Flor y yo.


Está bien, les vamos a decir dos maneras en la que ustedes pueden seguir su camino por aquí porque entendemos bien sus razones ¡Bien!!! El truco consistía en lo siguiente: debíamos acampar lejos de la estación para que no nos vieran ni los controles ni nadie hasta las nueve de la noche cuando llega el último tren exclusivamente para peruanos (era la una de la tarde) Entonces debíamos separarnos en grupos de dos y montarnos sin decir nada en distintos vagones; cuando el tren fuera en marcha y el control se acercara a pedirnos los cinco soles del pasaje y el DNI (el documento de identidad) debíamos decir con nuestro mejor acento peruano que lo habíamos perdido y que íbamos a poner el denuncio en Aguascalientes. No les va a pasar nada, se lo aseguramos, nos dijeron los policías. A unos quince minutos de la estación, a un lado del camino, había un cultivo de maíz en medio del cual nos internamos y acampamos entre las altas mazorcas. Fue una tarde agradable: dibujando el paisaje a escondidas, matando mosquitos y ensayando nuestro acento peruano: ¡He perdido mi DNI, pues, oficial¡

Hacia las ruinas

Faltando algo para las nueve salimos de nuestro escondite y comenzamos a esperar cerca de la estación. La oscuridad era casi absoluta, en el cielo brillaban tantas estrellas como no veía desde que era un niño. A lo lejos se empezó a escuchar el silbido y el rumor de la máquina sobre los rieles. Nos separamos. Yo me quedé con Nati y con Flor. Caminé unos pasos hacia delante para ver el tren cando apareciera, en ese momento un señor que un rato antes nos había preguntado si necesitábamos transporte se le acercó a mis compañeras. El silbido se oía cada vez más cerca. Este señor dice que los del tren se van a dar cuenta y nos van a bajar. Y los van a maltratar, agregó el tipo. Las dos mujeres estaban aterradas.


El tren llegó, se detuvo. En medio de la oscuridad y a la distancia a la que estaba vi un sinnúmero de bultos subirse ¡No nos podemos ir ahí! dijo la ecuatoriana y salió corriendo en busca del los demás. El tren reinició su marcha. Esperamos un rato... Nuestros amigos se habían ido... A nosotros tres nos quedaba la segunda alternativa que nos plantearon los policías: esquivar un poco la estación y seguir a pie aprovechando la falta de vigilancia a esa hora. Le pagamos a un niño para que nos condujera por una colina hasta llegar de nuevo a la carrilera. Eran las diez de la noche y había empezado a llover. Estábamos en el Km 82. Machu Picchu queda en el Km 111...


Caminamos toda la noche, descansamos cinco minutos en cada uno de los cuatro túneles que encontramos (secos y acogedores según mi apreciación, aunque mis compañeras no pensaban lo mismo por la abundancia de arañas), dormimos veinte minutos sobre la carrilera con la llovizna acariciándonos la cara. Llevábamos solo una botella de agua y celebrábamos el avance de cada kilómetro con un trago hasta que se nos acabó en el kilómetro cien. Yo iba adelante alumbrando el camino con la única linterna que teníamos. Por momentos caminaba medio dormido y soñaba que iba por el centro de Medellín con un perro ladrándome al lado. Al despertar entendía que el perro era el río Urubamba.

Llegamos a las siete de la mañana con los pies destrozados por la grava enorme y filosa de la vía férrea. Por cinco soles nos dejaron dormir y bañarnos en un hotel de Aguascalientes y a la una de la tarde estábamos listos para subir a las ruinas.

Pero yo tenía un pequeño problema que resolver. En Lima fui a un cajero automático y dejé la tarjeta olvidada, de inmediato me comuniqué con mi familia en Colombia para pedir que llamaran al banco y la bloquearan. Sencillo. Yo tenía otra tarjeta así que no me sobresalté mucho. Ya en Aguas Calientes llamé de nuevo a mi casa. Nada más a saludar. Hola, cómo están todos. Nosotros bien, mijo, el de los problemas va a ser otro. Era mi mama, la noté rara. Por qué, qué pasa. Por la tarjeta. ¡¡¿No la bloquearon?!!! No, es que bloquiamos la otra también...


Yo sin lugar a dudas no soy un hombre valiente, pero la verdad es que no me asusto fácil. Sin embargo cuando escuché semejante noticia sentí en el vientre un vacío del tamaño de Machu Picchu ¿Qué demonios iba a hacer tan lejos y sin un centavo? Bueno, traté de tranquilizarme y pensé en una alternativa: antes de salir de Medellín hice algunos grabados al aguafuerte y a punta seca con imágenes de indígenas peruanos la idea era regalarlos como recuerdo, cambiarlos o venderlos. Una amiga que ya ha hecho el viaje dos veces me lo recomendó: no te vas sin cosas para cambiar, vender o regalar, así sea bolsitas de café. Yo llevé lo que sé hacer y en el camino de subida hacia las ruinas empecé a ofrecerle un suvenir a cuanto extranjero con cara de europeo pudiente me encontré.

Mis compañeras se me adelantaron pronto. La subida toma unas dos horas y se necesita un buen estado físico. En el trayecto me encontré con mis amigos ecuatorianos, los que sí habían tomado el tren. Les fue bien, no los descubrieron, pero no habían podido entrar a Machu Picchu. Ninguno excepto Chema, un hombre robusto y de baja estatura que se nos habñia unido en el Cusco: me subí por un barranco y alcancé a ver la ruinas, vi la muerte porque casi me voy al vacío, pero lo logré; yo creo que tú también puedes, Juan, yo sé que sí. Sí, intentalo, dijo un argentino que venía con ellos, vale la pena,che. ¡Por un barranco! Yo estaba sin un centavo, me habían dado dinero falso, se me habían perdido los papeles de identificación: no estaba seguro de querer tentar más a mi suerte subiéndome por el tal barranco. Además conozco un método mucho más civilizado para entrar gratis a Machu Picchu.


Cuando llegué arriba eran más de la cuatro de la tarde y estaba empezando a llover. En la cafetería traté de vender más grabados: me estaba yendo bien, ya tenía cincuenta solecitos en el bolcillo. Trabé conversación con algunas personas y se me fue el tiempo de tal forma que cuando el aguacero arreció caí en cuenta de que no había visto a mis compañeras...


Casi a las seis de la tarde, en medio de los chorros de lluvia las vi salir de las ruinas. La ecuatoriana se me fue encima y me dio un abrazo tan fuerte que casi me daña los lentes: ¡Habían entrado gratis! Bueno aquí está el método, que es conocido por un buen número de mochileros: durante la subida es necesario trabar conversación con viajeros que recién salgan de su tour y pedirles que si por favor te regalan su tiquete, muchos lo miran a uno extrañados y se niegan, los latinos dicen que lo quieren conservar como recuerdo, en fin. Pero llega un turista desprendido que te regala su tiquete. Listo, lo que sigue es entrar a las ruinas como si nada y cuando el control pida el tiquete uno le dice que salió un rato para comer algo. Y ya. Estas adentro. Es como cuando uno va al cine y le dan ganas de orinar: al regresar muestra la mitad del tiquete que le queda. Pero cuidado, el tiquete tiene que ser del mismo día...


El caso es que por las circunstancias que ya mencioné yo no entré ese día sino al siguiente, cuando me despedí de mis amigas,que no me podían esperar y partieron cuanto antes. Yo emprendí de nuevo la subida ¡Uuuf! Me quedé cerca de dos horas en Machu Pichu; entre con el ticket de un señor llamado Phillip Dalmon, canadiense. Yo le di un grabado como agradecimiento. Estar allí fue una sensación extraña, como cuando se conoce en persona a alguien famoso: uno no logra conciliar su imagen con la que veía en televisión, se ve igual pero distinto. Además para mí una vez estuve adentro fue como la coronación de una especie de extraño sueño americano, con todas las adversidades que tuve que pasar (y con las que me faltaban) No pienso decir mucho más porque creo que definitivamente hay que visitar el lugar por cuenta propia para poder hacerse una idea. De cualquier forma nunca voy a olvidar las amplias terrazas, los senderos de piedra y la figura enorme del Wainapicchu en el horizonte, como llegando al cielo.


El camino de regreso

Inicié mi retorno como a las tres y media de la tarde. Debía llegar hasta Santa Teresa en el Km 127. Tomé la vía del tren con la esperanza de llegar a Hidro y alcanzar un carro. Pero no, a las siete de la noche, cuando llegué ya no había carros y me tocó seguir mi camino a pié bajo la lluvia. De Hidro a Santa Teresa hay tres horas; como yo iba de noche el camino estaba totalmente oscuro, lo único que alcanzaba a ver eran las luciérnagas. Algunas de ellas caían exhaustas en el piso y yo las ponía en la palma de mi mano con la esperanza de que me alumbraran un poco. En cierto lugar había una piedra gigantesca que protegía de la lluvia y me detuve a descansar un rato; me senté . El lugar estaba tan cómodo y seco que hasta pensé en que darme a dormir allí. Al cabo de tres horas empecé a ver una lucecita que se acercaba lentamente. Esperé un rato hasta que pasó por mi lado y siguió sin decir nada; obviamente no era una luciérnaga.Cómo es que iba a seguir sin siquiera saludar. Buenas, le dije. Era un campesino llamado Sandro. Me contó que faltaba poco para la oroya, y advirtió que a esa hora era mejor tener cuidado al cruzar. Un poco más allá encontré la primera casa. Llevaba como siete horas de camino sin agua así que me desvié hacia allá; a través de la reja vi a un grupo de campesinos medio borrachos, saludé, les pedí agua, charlamos un rato: terminaron invitándome a dos cervezas. Delicioso. Gente muy amable. 

Más adelante había otra casita con las luces encendidas y una puerta abierta, era una tienda. Me acerqué. Era un grupo de señoras. Les pregunté por la oroya y al final pedí que me vendieran dos bananos.Esa era mi comida, debía ahorrar mucho porque mi futuro era incierto. La que me atendió fue una mujer de unos cincuenta años llamada Fortunata ¿Y esta va a ser tu cena? Sí. Le conté los pormenores de mi viaje. Los soles falsos, las tarjetas, los papeles perdidos. Pero tú das lástima, pues, decía Fortunata en medio de risas. Cómo es que ibas a dormir debajo de una piedra. Me rodearon asombrados y me invitaron a quedarme. Dormí espléndidamente. Al día siguiente me invitaron a desayunar yucas cocidas y carne guisada con un café delicioso cosechado por ellos mismos. A las siete de la mañana me despedí de ellos, crucé el río y emprendí mi definitivo viaje de regreso. En Santa María les pedía auxilio a los policías. De nuevo conté mi historia y los tipos se cagaron de la risa. Nosotros te vamos a ayudar. El bus llegó luego de más de una hora de espera y cuando apareció por la calle principal lo primero que vi fue a los policías hablando con el chofer. Me llamaron con la mano. Mira, el amigo te va a llevar por solo 10 solecitos. El pasaje valía veinticinco… pero yo solo tenía siete… Ok… gracias, señores, les dije con cierta tristeza pero con profunda sinceridad, me voy a acordar siempre de ustedes. Luego respiré profundo y me le aparecí al chofer por la ventanilla con una gran sonrisa: amigo, yo soy el que usted va a llevar por cinco soles… Llegué a Cusco con cincuenta centavos….


El bus en el que me vine de Cusco a Lima se estaba incendiando durante el viaje a las cuatro de la mañana y tocó saltar por las ventanillas; luego, a las diez de la mañana, se le estalló una llanta y quedó al borde de un precipicio. Yo no lo podía creer. Por supuesto no me fui del Perú sin quedarme un día en Máncora, una playa hermosa al lado del Pacífico.

En Ecuador, en dos oportunidades, me iban a mandar para la cárcel por no tener papeles de identificación pero me salvé gracias a la ancestral y providencial capacidad paisa para echar carreta.



Por último llegué de nuevo a Colombia: Ipiales, Cali, Medellín: no lo podía creer cuando luego de pasar por Caldas, miré por la ventanilla y vi la primera estación del Metro: por maravilloso que haya sido el viaje siempre es bueno volver a casa...