martes, 10 de enero de 2012

Napú (Primera parte)


Diario de viaje a un lugar solitario y hermoso en el siempre olvidado Chocó
Camilo y Chipuco
Mis amigos Camilo y Chipuco





En el chocó, justo en la antesala del Tapón del Darién, hay un sitio con dos cascadas y tres playas libres de los detestables turistas. 




















I 


Toto me lo había repetido en varias ocasiones: voy a estar en Napú, tu verás si caes, el viaje no dura sino unas diez o doce horitas… ¿Napú? En fin… sí, tengo que ir un día de estos, Toto, decía yo como por decir. Pero este fin de año no sé qué pasó: Juan, voy para Napú, etc… Ok, yo voy. Estaba buscando un lugar solitario, lejano y agreste donde pasar el fin de año… 


Juan, te recomiendo llevar una cometa, no te vas a arrepentir. Ok ¿Pero dónde iba a encontrar una cometa sin ser temporada? Yo nunca fui un constructor competente de cometas. Tomé las páginas amarillas. El almacén más cercano quedaba en el centro, en el Pasaje de los libros… Cerrado ¿Sabe a qué horas abren? Le pregunté a un librero vecino. No sabía pero hablamos un rato del viejo oficio de hacer cometas. De niño uno se iba hasta la orilla del río por las varillas y luego asaltaba el ropero de una tía para conseguir los trapos viejos con que hacer la cola. Buenos recuerdos, pero yo seguía sin cometa. 


 Llamé a otros tres sitios pero nunca contestaron. Al final encontré un lugar: la Casa de las cometas. Quedaba en algún lugar de Villa Hermosa. Luego de más de media hora en un taxi buscando por callecitas estrechas y empinadas, llegué. ¿Cómo supo de la Casa de las cometas el amigo? Me preguntó un hombre rubio y bajito ¿Por Feisbum? No, por las páginas amarillas. Me preguntó que tipo de cometa quería. No sé, una normal. Ignoro lo que el tipo entiende por normal: trajo dos cometas enormes. A una la llamaba el avión y a la otra la cobra. Cada una medía dos metros de alto por noventa centímetros de ancho; con la cola alcanzaban los doce metros. Le recomiendo la cobra, dijo. Esa era la más cara. ¿No tiene algo un poco más pequeño, más … normal? No. Ok. 


II 


El tipo que iba a mi lado en el bus peleó con su mujer toda la noche por celular, su llanto no me dejó dormir. Viajé de noche bajo una lluvia menuda y llegué a Turbo luego de ocho horas tortuosas. A las ocho de la mañana el calor ya lo envolvía a uno como un vaho tibio y espeso. 


El Waffe, nombre con el cual es conocido el puerto, ya sonaba a vallenato y reguetón y estaba repleto: vendedores de pescado, de lentes oscuros, de mango, de tiquetes... En fin; gente que había llegado a Turbo a hacer el mercado o alguna visita y ahora esperba regresar a sus casa Atrato arriba... Y turistas: de Medellín y Bogotá especialmente, algunos de Montería, un puñado de gringos y otro de holandeses. 


Pero en realidad el sitio no estaba tan atestado como de costumbre a fin de año: el invierno amedrentó a la mayoría viajeros. Hay mar de leva, se oía decir por todas partes. ¿Tu para dónde vas? Me preguntó alguien. Para Napú. Eeerda, no te van a queré llevá porque hay maretas. Averigüé en todas partes: en efecto nadie me quería llevar por temor a que las olas volcaran la panga cerca de la playa. En Napú no hay muelle. La única solución es que te vayas hasta San Francisco y desde allá camines por la playa hasta Napú, sería como una horita caminando, me dijo un vendedor de tiquetes. La magnitud de mi mochila me puso a pensar, pero a esas alturas ya me daba igual, así que separé mi cupo y me senté a beber cerveza y a aguardar mi panga. 


III 


Lentamente la panga fue dejando atrás el puerto y toda esa infinidad de embarcaciones abandonadas, con el vientre carcomido por el salitre y el cagajón de las gaviotas. En las orillas, casitas de madera y niñitos barrigones navegando sobre enormes rectángulos de icopor. A ratos, entre las nubes espesas y tristes, se asomaba un sol amenazante y blanco que parecía comiéndotendote la piel a mordiscos.


A la altura del puesto náutico del ejército una panga que regresaba de Acandí se detuvo cerca. Ha llovido seguido los últimos cuatro días, dijo un tipo con acento bogotano, prepárense para quedarse encerrados. Todo el mundo lo miró como un culo. Pero entre más avanzábamos peor se veía el cielo. Tenía un aspecto mortecino, horrible. 


Había mar de leva en efecto, de lo cual dieron fe los innumerables traseros a bordo de la panga: durante las dos horas que duró el viaje, la pequeña embarcación no dejó de saltar azarosamente sobre las enormes olas de agua turbia y espumosa que se deslizaban apacibles pero veloces a lo largo del golfo. 


Llegamos a San Pacho. Se bajaron unos cuanto pasajeros, el resto iban para Sapzurro o Triganá. Yo no hice amago de bajarme. Una mujer le pidió permiso al panguero para ir a orinar. El tipo no tuvo problema. Yo me le acerqué. Aquí esta bonito el mar, me dijo. Si, verdecito, le respondí. Era un hombre amable. Tu te bajas aquí, me dijo. No, yo voy para Napú. Pero a mi me dijeron que te dejara aquí y que tu te ibas caminando. Sí, pero ¿usted por qué no me lleva de una vez a Napú, loco? Le dije con mi cara de angustia más convincente. Tu sabej que allá hay maretas, me dijo… pero ejta bien, yo te llevo. Así de simple. 


IV


Llegajte, mi hejmano, me gritó el panguero, que trató de acercarse a la playa lo más que pudo. La panga se estremecía con las olas. Bájate rápido que se voltea ejta vaina, dijo el hombre, alarmado. Yo levanté mi mochila, envuelta juiciosamente en bolsas de plástico, me quité los tenis  y me tiré. 


El agua me daba al cuello; sentí las piedras inclementes punsándome los pies a cada paso. Los pasajeros de la panga miraban desconcertados como si no pudieran creer que alguien quisiera quedarse allí: delante de ellos se extendía la playa como una franja infinita custodiada por una pradera enorme salpicada de caballos y vacas y con tres o cuatro casitas de madera desperdigadas. Mucho más atrás una hilera de montañas robustas, la antesala al Tapón del Darien. Cómo se llama este sitio, preguntó una mujer. Eso es Napú, respondió el panguero.



miércoles, 4 de enero de 2012

lecturas de vacaciones (II)




Dos escritores que en vida cultivaron, queriéndolo o no, ese aburrido título de 'trangresor'. Como es típico, la muerte les ha sentado muy bien.

Cartas a un joven disidente, Christopher Hitchens

Me da cierta incomodidad reconocer que vine a leer al tipo justo porque se murió… Pero así fue. Como dije antes, no me siento especialmente atraído por las celebridades y mucho menos por aquellas con aire de niño terrible. El caso es que había visto algunos videos en los que Hitchens hacía de entrevistador y otros en los que hacía de entrevistado. En todos se mostraba como un conversador amable e inteligente y yo me preguntaba si así de amenos serían sus libros. Decidí empezar con estas cartas escritas, como es obvio, según el modelo del célebre libro de Rilke.

No me sentí defraudado: dueño de una erudición profunda, Hitchens escribe con la calidez y, creo que hasta se  podría decir, con el cariño de un viejo amigo. Se siente uno frente a un escritor que en realidad quiere compartir algo con sus lectores, muy por el contrario del  típico intelectual europeo arrogante que  se esconde detrás de un montón de conocimientos oscuros.

Como era de esperarse, Hitchens no  presume demasiado de su condición de disidente, ni de intelectual (aunque su ego esta presente en cada palabra), más bien recuerda el deber que tiene cualquier persona que se precie de un mínimo de lucidez de poner en duda las verdades que el mundo termina por validar y convertir en dogma. Y por supuesto llama al lector a dudar de  él mismo (del autor). Y lo dice de manera sincera, sin ningún asomo de pose.


Un apartado (una de las cartas) del libro que me llamó particularmente la atención fue  aquel en el que  advierte sobre los peligros de la risa como método de subversión: en un mundo con mentalidad infantil, acaso adolescente,  la regla es burlarse de todo. La risa nos hace sentir poderosos y pertenecientes a algo (al bando de los que sí entendieron el chiste, por lo menos) Pero en con frecuencia esas burlas y esas risas subversivas revelan la profunda debilidad de quien las profiere. Revelan la desnudez de alguien que incapaz de esgrimir argumentos sólidos apela a la simple y efectiva puñalada.


Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

Escuché hablar por primera vez de Roberto Bolaño hace ya más de una década. Muy pronto ese nombre se volvió recurrente, casi un lugar común,  y en toda conversación con aspiraciones literarias alguien lo mencionaba con aire de suficiencia. Ese era el tipo que había que leer. Por entonces yo experimentaba una suerte de embeleco con la novela negra y hasta cierto punto con la novela policiaca. Devoraba con avidez todo aquello que involucrara una ciudad, crímenes, investigadores y tramas retorcidas. Estaba fascinado con Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Chester Himes, Cornell Woolrich, Rex Stout, James Ellroy, Vásquez Montalban… En fin, me había convertido en un freak del género. En medio de esas circunstancias supe de la existencia de Los Detectives Salvajes… y solo con el título quedé atónito, lo cual naturalmente me revela como un fetichista sin remedio.

El caso es que la novela contaba con una contraindicación para mí. Desde muy joven sentí  un  notable desgano por aquellos libros y autores que el canon de la actualidad dice que deben leerse  so pena de pasar por ignorante. Creo haber superado ya ese prejuicio, pero aún se me ocurre que en  nuestros días  debe haber algo malo, o por lo menos sospechoso, con un libro que se vende copiosamente… Y Los detectives salvajes era uno de esos… 
En una actitud por lo menos tan estúpida y esnob como la de quien siempre posa de estar actualizadísimo en cuestiones literarias, yo sentía una vergüenza moderada al  admitir que había leído a algún autor del momento. Aun así inicié la lectura de la copiosa novela. Pero no sé qué pasó: al cabo de unas doscientas páginas la abandoné… Un tiempo después leí  La literatura nazi en América Latina y me di otra oportunidad con Bolaño, pero “los detectives” siguieron ahí, inconclusos.

Este diciembre sin embargo empecé de nuevo  desde la primera página. Y luego de varias tardes  terminé por fin. Terminé físicamente exhausto, con una especie de temblor leve en las manos. Ya quisiera yo contar con la erudición y el criterio para comprender la razón por la cual muchos la han encumbrado al trono de la nueva gran novela latinoamericana. No me cabe duda eso sí de que las ‘grandes’ obras  del arte en nuestros tiempos son con frecuencia el producto del capricho de unos cuantos personajes influyentes que terminan por imponer su opinión sobre el resto. Y supongo que en el fondo no hay nada malo con eso.

Más allá de las valoraciones, Los detectives Salvajes se me antojó, como toda buena novela, que sin duda lo es, un viaje. Y como en todo buen viaje me aburrí terriblemente en ciertos pasajes, tanto como para preguntarme si no debería abandonarla de nuevo. Por momentos encontré desagradables a Belano y a Lima, de la misma forma en que uno reniega en algunos trayectos de sus compañeros de viaje. Y me sentí agobiado con esa multiplicidad de personajes que aquí y allá le restaban intensidad al relato. Se me llegó a ocurrir, con la potestad que me da mi condición de lector anónimo, que, de haber sido el editor, algunos de esos monólogos habrían desaparecido. Claro, admito que en ese juicio tan atrevido interviene mi ignorancia, y que Enrique Vila Matas lleva razón cuando propone ese acervo de voces como uno de los tributos más importantes al idioma español en mucho tiempo.

He mencionado tantas veces la palabra viaje que no haré mucho énfasis en la emoción que me produjo la tercera parte del libro: la travesía por los desiertos de Sonora con las imágenes de ese México ardiente y primitivo, me parecieron el mejor momento de la obra, la suma de su verdadero carácter de libro de viajes o de road movie. Un viaje tan profundo a las entrañas de esa cultura como el del gringo viejo de Carlos Fuentes o como el del Malcolm Lowry.

Terminé el libro cansado como dije y con los días se me ha ido metiendo en el pecho un poco de nostalgia por la suerte de Cesaria Tinajero. Y me he descubierto extrañando un la voz de García Madero. Por lo demás debo aguardar a que el recuerdo de  la lectura repose un poco…

martes, 3 de enero de 2012

Lecturas de vacaciones (I)





A pesar del extrema emotividad y del bullicio, diciembre es con frecuencia el mejor mes del año para la lectura.


Creía que mi padre era Dios, Paul Auster

Llevaba un tiempo buscando un buen libro de cuentos, uno que me dejara boquiabierto. Y en esa búsqueda  me encontré nuevamente con Paul Auster, por quien había dejado de interesarme hacía rato. Este libro es, al mismo tiempo que gran literatura, una buena muestra de cómo ocurre el arte en estos tiempos:  Auster fue invitado por un programa de radio a escribir cuentos breves para leeros durante la emisión al aire. Al tipo no le pareció buena idea tener que cumplir con esa ‘hora de cierre’ pero su esposa le sugirió que no escribiera él los relatos, que invitara a los oyentes a hacerlo. Y así fue. La respuesta del público fue bastante aceptable.  

De todos los rincones de los Estados Unidos recibieron cerca de cuatro mil historias de las cuales 156 integran el volumen, publicado en 2001.
Las historias comparten la virtud de la sencillez, no hay una gran técnica literaria, como era de esperarse: esa es una de las virtudes. En cambio, uno se encuentra con el poder pleno de la palabra, sin artificios, y de esas historias que nos han ocurrido a todos: casualidades asombrosas que rayan en lo sobrenatural, recuerdos emotivos que terminan por regir una vida, encuentros, muertes, ensoñaciones absurdas. Auster funge como editor de esa inesperada historia de la vida cotidiana de un país: una gallina que sabe tocar la puerta, la pérdida de un sobrero, una existencia marcada por la aparición de un neumático… En fin, un libro delicioso.


Estupor y temblores, Amélie Nothomb

Estupor y Temblores es un certero golpe en los testículos para aquellos que de una manera absurda y frívola se han dedicado a idealizar esa cultura oriental altísimamente sofisticada y eficiente en el arte de la supervivencia. Una cultura que  se nos ha tratado de vender, o más bien, de inocular,  disfrazada de literatura sapiencial  y que preconiza la resignación y el sometimiento como garantía para el éxito en los textos casi siempre lamentables de tipos como Og Mandino y Depak Chopra. 

En lo personal he tenido la oportunidad de escuchar adefesios tales como que ‘en oriente la gente vive más feliz’ o que allí  ‘el tiempo transcurre de una manera diferente’, solo por mencionar dos ejemplos y sabiendo que la televisión y la prensa nos regalan diariamente con ejemplos del furor orientalista que vive nuestra época… Hay que admitir que esas ensoñaciones son en efecto típicas de la mente occidental tan dispuesta a improvisar ídolos y modelos de comportamiento en todas partes. Pero lo cierto es que Oriente, y especialmente Japón, con todo su misterio secular y su sabiduría, es a su manera una máquina dispuesta para la alienación y para  horrores cotidianos tan abominables como los que  se viven en el resto del planeta. 

La novela de Nothomb, reconocidamente autobiográfica y escrita de una manera ágil y llena de buen sentido del humor,  transcurre en  Japón a principios de la década de los 90 y cuenta la historia de Amélie, una mujer belga de 22 años que  vive en Tokio y consigue trabajo en Yumimoto, una  gran compañía  mundial. Allí se enfrenta en primer lugar al casi explícito menosprecio japonés por los extranjeros y por las mujeres. Y se encuentra además con el férreo sistema  de jerarquías que rigen las empresas en ese país y con la ética y la moral, a ratos absurda,  que ese sistema ha impuesto.

Amélie termina desempeñándose en todo tipo de cargos sin sentido por voluntad de su superiora directa, con quien  a lo largo de la novela termina estableciendo una cierta relación perversa  aunque totalmente aséptica. Para ella, y para todos los empleados de la compañía, la única alternativa es la misma obediencia servil e irreflexiva del súbdito, que debía presentarse ante el emperador con ‘estupor y temblores’. Ante todo debe prevalecer el bienestar de la compañía. En Japón, concluye con resignación la protagonista, la existencia es la empresa.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Taxi Driver de Michel Gondry

Un pequeño repaso a la Historia del Cine con unas cuantas películas 'suecadas'




A propósito del próximo estreno de Hugo, la última cinta de Martin Scorsese, que sea este un buen momento para recordar a Michel Gondry con sus películas suecadas, esas extrañas y divertidas declaraciones de amor al cine.

Son casi innumerables los tributos que el Cine le ha rendido al Cine mismo. Desde el Cine-Ojo de Dziga Vertov hasta Cinema Paradiso . Recientemente  vimos Super 8, de J.J. Abrams, habrá que ver además The Artist. Hugo, La última película de  Martin Scorsese promete ser también un homenaje espléndido al Séptimo Arte y a uno de sus figuras tutelares: George Melies. A propósito de ella, y como parte de la campaña de promoción, en los cines franceses y europeos se exhibe actualmente un tráiler filmado a la manera del que es a mi juicio uno de los más bellos cantos de amor a la cinematografía: Be kind rewind (Rebobine, por favor). Película  de 2008 protagonizada por Jack Black y Most Def y dirigida por Michel Gondry.

En Rebobine, por favor el par de encargados de una agónica tienda de alquiler de videos borran por accidente el contenido de todas las cintas y enfrentan un primer gran problema cuando una cliente llega para llevarse los Cazafantasmas. La solución que se les ocurre a Black y a Def es filmar nuevamente la película… y lo hacen a su manera, obviamente: con una vieja cámara de video y con los efectos especiales y las locaciones más improvisadas que se pueda imaginar… Léntamente van grabando toda la colección de la videotienda y cuando les preguntan por la bizarra calidad de las nuevas películas ellos responden que son  películas suecadas, es decir, son versiones filmadas en Suecia. Con los días las películas suecadas se convierten en un éxito entre los clientes y el par de encargados se dedican a filmar a su manera buena parte de la historia del cine…. El argumento es por supuesto absurdo, pero resulta fácil para el cinéfilo promedio sentirse identificado con esos personajes casi empalagosos pero simpáticos que tratan de mantener a fuerza de imaginación esa tradición de películas que alegraron la infancia de tantos de nosotros.
No es un tributo a las llamadas obras maestras del cine, sino a esas películas que aunque pudieran ser calificadas de menores por la crítica, hacen parte de los amores del gran público.



Así pues el tráiler protagonizado por Gondry es suecado, con todo lo que ello significa: imagen de dudosa calidad, pésima actuación, efectos visuales ridículos, pero en suma una delicia. Es una versión de Taxi Driver (también de Scorsese, claro).  Luego de Be kind rewind suecar películas se puso de moda en youtube donde se encuentran decenas de clasicos grabados de la manera más espontánea por gente de todo el mundo. Suecar se convirtió en una especie de fenómeno y no me extrañaría que a la larga fuera considerado un subgénero. Junto con Taxi Driver suecado esta semana seleccioné la versión suecada de otros tantos clásico: Jurasic Park; Batman, the dark nigth;  Shining  y Terminator 2. Se trata de pequeñas dosis de absurdo, obviamente, pero no les falta humor. Son modestas celebraciones de ese cine, que en ocasiones, y parafraseando a Juan Diego Mejía, es mejor que la vida.

Taxi Driver, suecado. Protagonizado por Michel Gondry.



Jurasik Park, suecado. Uno de esos videos que te hacen pensar que en ocasiones lo únco que se necesita es tener una cámara.

Dark Knigth, suecado. Uno quisiera que durara un poco más.


The shining, suecado. ese Jack Torrance no tiene nada que envidiarle a Nicholson.


Terminator II, suecado. Como en buena parte de estas películas, la banda sonora es una delicia.



Por último, para quienes no han tenido la oprotrunidad de ver Por favor, rebobinar aquí esta el trailer:





miércoles, 14 de diciembre de 2011

3. Kurt Cobain

Grandma take me home, I want to be alone


Muy pocos de entre quienes vivieron el rock de los 90`s lograron resistirse al magnetismo de Kurt Cobain, ese glorioso miembro del llamado club de los 27

Kurt Cobain
Kurt Cobain
El furor por Nirvana me sorprendió en los primeros años de la adolescencia una tarde luego de algún concierto en el Carlos Vieco. No alcanzo a recordar si el grupo que estaba tocando era la Pestilencia. Tal vez sí, venían de Bogotá en todo caso, pero no sé. Muy cerca del escenario  se sacudían una infinidad de brazos y cabezas  con el pogo. Subí hasta el último lugar de las gradas, donde se hacía la gente misteriosa y con cara de interesante. Mi intensión  en realidad era  ponerme a salvo: aún no llegaba mi tiempo para participar en esas faenas. 

La canción terminó y el pogo se fue disolviendo lentamente, de él vi salir a Nico. Era la segunda vez que lo veía en varios años, desde que terminamos la primaria. Había regresado al país quince días antes. Le hice señas con la mano. Él subió  en dos zancadas y se sentó a mi lado. Chimba de pogo, dijo. La banda reinició el toque. Nosotros nos quedamos hablando, por eso éramos amigos: nos gustaba hablar. Me contó cosas de los toques en el sitio donde había vivido todo este tiempo. Eso allá es brutal viejo. Y los bares brutales. Yo me lo imaginé en esos sitios y envidié su suerte, pero ahora que lo pienso a él seguramente no lo habían dejado entrar a ningún bar, era casi un niño aún. Había vivido en Seattle. A mí, como creo que a mucha  gente, ese lugar no me decía nada y me parecía muy triste irse a vivir a los Estados Unidos a un sitio que no fuera Nueva York…. Antes de despedirnos esa tarde de 1990 sacó de su mochila un cassete y me lo entregó. Oiga esto y me cuenta, una chimba ¿Usté ha escuchado a The Pixies? Le dije que sí. Él mismo me había enviado una cinta. Estos manes son más chimbas que The Pixies. En la etiqueta del cassete Nico había escrito con marcador Nirvana, ese era el nombre del grupo y a mi me pareció un poquito cursi. El trabajo se llamaba  Bleach.

Llegué a mi casa y escuché el cassete. No me disgustó en absoluto, me recordó a los Ramones. Pero aunque  este era un sonido más crudo, Sliver, la canción que más me gustó,   era de tal dulzura que  parecía compuesta por los Beatles: mom and dad went to a show… Lo que más me impactó fue la fuerza del vocal, Kurt Cobain. Fue el principio de un gran amor musical (muy predecible y todo, pero un gran amor) Mucho tiempo después, algún día de 1994, luego de haber aprendido a idolatrar Incesticide, In Utero  y el Unplugged oí  que Cobain se había volado la cabeza con una escopeta… En principio me pareció de mal gusto: en ocasiones morir así es la peor forma de esnobismo...

sábado, 3 de diciembre de 2011

2. Francisco de Quevedo y Villegas

Soy un fue, y un será y un es cansado

Este es el segundo de una serie de pequeños ejercicios de retrato (escritos y dibujados). En esta oportunidad Quevedo, ese poeta apasionante y extraño.

Francisco de Quevedo y Villegas
Francisco de Quevedo y Villegas 

Me gustaba esculcar entre los libros viejos de mi padre. Él acostumbraba guardarlos en un baúl enorme asediado por el comején y las polillas. Lo mantenía herméticamente cerrado durante meses y solo lo abría para ubicar nuevamente las dosis de naftalina.  Mi hermano y yo aprovechábamos entonces la oportunidad para extraer las vísceras de esa especie de paquidermo. Abundaban los  Libros sobre política, economía y sindicalismo; áridos e insufribles todos ellos. También eran comunes, y de sobra más aceptables, los tratados de gramática y las historias de Colombia. Ese baúl siempre nos deparaba alguna sorpresa. Había libros extrañísimos por el  estilo de Las Ruinas de Palmira,  y una colección de obras de Vargas Vila que leí  por pura ociosidad.


Una tarde descubrí un volumen destartalado cuya tapa rezaba el siguiente título: Hechos y picardías de los hombres de letras. Jamás he podido recordar el  nombre del autor. Era un compendio de anécdotas  y curiosidades de escritores, muchos de ellos de Siglo de Oro español. Pequeñas historias entretenidas y contadas de la manera más colorida y amena. Ese libro fue mi primer contacto con Francisco de Quevedo, en quien se detenía constantemente para relatar sucesos casi inverosímiles y graciosísimos (muchos de ellos escatológicos)  que iban dibujando  a  Quevedo como un hombre pendenciero, osco, feísimo y cojo, pero al mismo tiempo singular y encantador. La historia que mejor se me quedó grabada es muy conocida y sin duda apócrifa: un amigo desafía a Quevedo a que le diga coja a la reina en su propia cara y el poeta, buscapleitos y atrevido  como siempre, se presenta ante ella con un clavel en una mano y una rosa en la otra,  y le dice de la manera más obsequiosa: entre un clavel y una rosa es coja, la reina es coja. Por aquella época ese chiste  me hizo mucha gracia.

Luego fui descubriendo lentamente al impertinente Quevedo, al conceptista eternamente en contienda con Góngora y los culteranos. Al conceptista de los sonetos de amor delicados y en apariencia tan ajenos al ogro que  siempre simuló ser don Francisco. Leí con avidez La vida del Buscón don Pablos pero, por una razón que desconozco, no recuerdo ahora una sola letra de ese libro. Sin embargo sé que me sacó varias risas. Me encontré  luego con el poeta de las sátiras y las letrillas; tengo muy clara eso sí la tarde en que leí la antología en la cual están estos versos: pelo fue aquí, en donde calavero, calva no sólo limpia, sino hidalga; háseme vuelto la cabeza nalga…

Por supuesto fue un gusto enorme encontrar también a don Francisco como uno de los personajes de la saga del Capitán Alatriste. Allí Arturo Pérez Reverte nos presenta al poeta como un espadachín consumado y hábil, siempre dispuesto para el duelo.

Al Quevedo que me más me gusta recordar es al de los poemas casi místicos y existencialistas. Al hombre siempre consciente del sinsentido de la vida y de su fugacidad, al filósofo huraño que siempre encontró refugio en la literatura. No sin pudor por estar repitiendo lo que es prácticamente un lugar común, transcribo algunos versos de aquel tan citado soneto, pleno de sabiduría: ayer se fue; mañana no ha llegado, hoy se está llendo sin parar un punto; soy un fue, y un será y un es cansado.

sábado, 26 de noviembre de 2011

1. Robert Walser

Qué hermoso es olvidar y ser olvidado


Este es el primero de una serie de  ejercicios de retrato (escritos y dibujados) de algunos personajes (imaginarios y reales) que he ido aprendiendo a querer  y que me han acompañado durante años.

robert walser
Robert Walser

Recuerdo bien la primera vez que tuve noticia de Robert Walser (1878-1956) mientras asistía a cierto curso somnífero de estética. El chorro de luz  compacta salía del proyector de filminas y la imagen se recortaba perfecta contra la pared oscura. En ella se veía a un hombre precedido de sus propias huellas y tendido boca arriba sobre la nieve, al lado de su sombrero.  Muy pronto el relato del profesor llamó mi atención: ese es el cadáver del escritor suizo Robert Walser, dijo. Walser salió a caminar una mañana, como acostumbraba, y en algún momento cayó, fulminado. Luego mencionó brevemente su obra, que influenció y causó la admiración de Franz Kafka. Y se refirió a su increíble humildad y a su disposición de vagabundo y de escritor  anónimo: creía que los verdaderos poetas depreciaban la gloria.  Eso me bastó para quedar profundamente cautivado.

No esperé a que terminara la clase: me fui directo a la biblioteca. Entonces solo encontré un libro de Walser que terminé de leer como   cuatro horas después. Su nombre era  Jakob von Guten, una extraña y entretenidísima  novela autobiográfica en la que parodiaba  un instituto en el que estudió para convertirse en sirviente, un lugar donde solo formaban ‘ceros a la izquierda’.

Robert Walser es acaso el creador más singular y apasionante, por lo menos del siglo XX. En un mundo obsesionado con el brillo y la fama, la austeridad y la sencillez  de su vida y de su obra le aportan un irresistible aura de carisma. Misteriosamente siempre buscó emplearse en trabajos manuales que no comprometieran su intelecto: botones, mayordomo, ayudante en alguna notaria, copista, etc. Aunque no prosperó en ninguno. Desde muy joven profesó una notable devoción por el alcohol, lo cual a la larga contribuiría a su pérdida de la razón.

Fue un hombre rigurosamente solitario. Nunca tuvo una esposa (aunque adoraba a las mujeres) y más allá de su hermano Franz Walser y de Carl Selling, su albacea y quien escribió un libro de sus conversaciones con él, parece que solo tuvo unos cuantos amigos. Tampoco tuvo posesiones y consideraba que su casa era su paraguas. Todos los libros que leyó fueron prestados.  Era una suerte de cínico del siglo veinte que se describía como “una entidad perdida y olvidada en la inmensidad de la vida”. Como los cínicos, adoraba caminar, ir de aquí para allá. Vivió en Berlín, en Zúrich, en Viena, en Múnich… No en vano otra de sus obras más célebres es El paseo.

Walser es uno de los padres del absurdo en el arte; sin él probablemente no habría existido Kafka y es uno de los grandes forjadores del antihéroe y de todos esos seres anónimos y sin rumbo tan típicos de la literatura de siglo XX. Hay que decirlo con la certeza de que él se hubiera sentido incómodo y hasta infeliz por el hecho de que ahora le atribuyamos semejantes paternidades. Su vocación era el olvido.

Tenía el hábito de escribir notas a las que no daba ninguna importancia en pequeños papeles. Escribía con lápiz y con una letra diminuta que solo se descifró al cabo de años.  Llamaba a esa forma de escritura ‘el Método del lápiz’.  Más de quinientas de esas anotaciones fueron publicadas con el nombre de Microgramas.

Murió en 1956 durante uno de sus paseos, cosa que, presumimos, le debió causar una profunda satisfacción. Para entonces llevaba  23 años de reclusión voluntaria en el manicomio de Herisau donde nunca escribió porque sostenía que había ido allí no para escribir sino para enloquecer.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Imágenes de colores y letras

Recuento (incompleto) de escritores y poetas pintores (I)

Las letras son el testimonio más feliz del parentesco entre la palabra escrita y la pintura. Hace mucho más de cinco mil años, cuando lo que conocemos como alfabeto no era más que esa serie de imágenes elementales a las que hoy llamamos ‘pictogramas’, nuestros antepasados representaban el mar con un dibujo que trataba de reproducir el movimiento de las olas   Al cabo de varios milenios, con la innovación de la letra tallada en tabletas de arcilla, ese dibujo se abrió camino en los alfabetos en Oriente, desde Sumeria hasta Fenicia, y llegó primero al griego y luego al latín para convertirse en la M con la que escribimos la palabra Mar y curiosamente también la palabra Madre.

Por lo demás, y haciendo a un lado la caligrafía, que goza de una reputación indiscutible, es un hecho  aceptado en el mundo de las artes que quien escribe dibuja: en últimas  ambos oficios usan la línea para reproducir y recrear la realidad. Para crear imágenes. La diferencia probablemente estriba en que con la escritura las imágenes se terminan de formar en la imaginación del lector, no en su retina.

La tradición literaria cuenta con un sinnúmero de escritores y poetas que encontraron en el dibujo y la pintura una extensión de su lenguaje: desde Dostoievski hasta Allen Gingsberg pasando por Kafka, Proust, Augusto Monterroso, Ernesto Hábato y Hector Rojas Herazo, solo por mencionar algunos. Una verdadera legión que nos recuerda que más allá de las técnicas el Arte es uno solo.



Víctor Hugo

Castillo
Para describir al gran novelista francés  se cita con frecuencia aquella frase de Jean Cocteau según la cual “Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo”.  En efecto con él la palabra megalomanía cobró su justa dimensión. Italo Calvino lo consideró un dios  omnisapiente y todopoderoso  que manejaba hasta los hilos más secretos del alma de sus personajes. Lo recordamos además como dramaturgo, como poeta y por supuesto como el superlativo autor de Nuestra Señora de París (1831) y Los Miserables (1862).





Paisaje con castillo
Fue un hombre desmesurado cuyos intereses desbordaron su pasión profunda por la creación literaria. Su pensamiento político lo llevó de un lugar a otro sin ningún  recato: fue partidario de la monarquía y, sin embargo, defendió con vigor la República. Celebró  la Revolución pero respaldó  el gobierno que se opuso a los rebeldes. Salió exiliado de Francia luego del golpe de estado de Napoleón y a su regreso, casi dos décadas después fue elegido para la Asamblea Nacional y para el Senado.



Composición
Su incursión en el dibujo nos lo muestran como un dibujante hábil e inquieto: se adelantó por muchos años a esa experimentación  que iniciaría Whistler con las manchas y los planos de colores y que décadas después daría lugar a la pintura abstracta. Regaba la tinta sobre el papel solo para ver qué pasaba y mezclaba materiales esperando encontrar de esa forma el medio que lo ayudara a expresarse mejor. Su actitud, a mediados del siglo XIX, era ya la de los posteriores artistas de las vanguardias. Muy probablemente su paso por Inglaterra lo familiarizó con la obra, rica en atmósferas, de Turner. Y muy probablemente también en ocasiones, cuando dibujaba, pensaba en Fenhofer, aquel pintor genial y revolucionario protagonista de La obra Maestra desconocida, esa novelita asombrosa de Balzac. algunos de los temas que más interesaron a Victor Hugo fueron los típicos de romanticismo: paisajes de aspecto sobrenatural y castillos.




Fedor Dostoievski



Las imágenes de Dostoievski hacen parte del repertorio de pesadillas de un buen número de lectores. El carácter opresivo de novelas como Memorias del subsuelo, Crimen y castigo y los Hermanos Karamazov se queda en uno de una manera inexplicable. Sin embargo son historias apasionantes en las cuales  en algún momento se respira un aire de alivio.

La vida misma de Dostoievski fue en algunas épocas  similar a la de sus personajes. En 1849 fue condenado a muerte junto con algunos compañeros de cierto movimiento político. Fue llevado hasta el pelotón de fusilamiento y solo en el último momento le comunicaron que su pena había sido indultada. Pasó sin embargo cinco años de trabajos forzados en Omsk, Siberia, años durante los cuales padeció repetidos ataques de epilepsia…

En su juventud  trabajó como delineante en el departamento de Ingeniería de San Petersburgo. Ignoramos si existe alguna relación, pero luego adquirió la costumbre de dibujar en las márgenes de algunos de sus manuscritos: ejercicios de caligrafía, rostros de sus personajes, construcciones góticas… esas páginas tienen cierto aire de Leonardo.



Dante  Rossetti

Beata Beatriz.
Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) fue muy a su manera uno de los grandes precursores  del simbolismo  y de los poetas malditos que hacia finales del siglo XIX iban a cautivar a Europa con su brillo oscuro. Movido sin duda por el influjo del romanticismo, se interesó por historia el arte y la poesía del la Edad Media. Su homónimo poeta florentino, Dante Alighieri, ejerció sobre él una fascinación que duró hasta la muerte y  tuvo ribetes casi místicos. Su joven esposa, Elizabeth Siddal,  una de las emblemáticas modelos de los pintores prerrafaelitas, murió por consumo de láudano (aunque algunos atribuyen su muerte a una complicación respiratoria luego de posar durante horas en una tina de agua fría como Ofelia para un cuadro de Jhon Everett Millais). Rossetti vio en ella de inmediato a la mismísima Beatrice  Portinari del Dante. La enterró con todos sus poemas inéditos y se dedicó a seguir idealizándola en sus pinturas. Esa mujer de cabello rojo encendido tan frecuente en la obra de Rossetti es Elizabeth Siddal.


La pia de Tolomei
Rossetti fue uno de los fundadores de La Hermandad Prerrafaelita, un grupo de pintores, poetas y críticos cansados de los vicios y las repeticiones que tenían viviendo al arte ingles una suerte de nuevo manierismo, ese estilo posterior a Rafael a Miguel Ángel y en general a los grandes pintores del renacimiento, y que repetía las ‘maneras' de esos viejos maestros. Los prerrafaelitas intentaron rescatar el vigor del gran arte del renacimiento, pero no copiándolo sino buscando también inspiración en sus motivos. Encontraron también en Shakespeare y en el secular  ciclo bretón del Rey Arturo una fuente para su obra.

Rossetti  se consideraba más poeta que pintor, sin embargo creía que, a diferencia de lo que ocurría con la poesía, para su época  a la pintura le faltaba mucho por decir.  En los últimos años de su vida se dejó persuadir de sus amigos y mandó a exhumar los poemas que había enterrado con su esposa. Murió en 1882 adicto al hidrato de cloroformo y eclipsado por el ataque de la crítica a aquellos poemas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Versiones del Apocalipsis (I)

Theodore Géricult y los náufragos de la Medusa: horror en alta mar.

'La balsa de la Medusa', por Theodore géricault (1819)


Corría septiembre de 1816 cuando la restaurada Francia de los Borbones y los periódicos de toda Europa se estremecieron  con una noticia perturbadora: luego de trece días a la deriva habían rescatado por fin  a los sobrevivientes del naufragio de la  Medusa,  una moderna fragata real de la marina francesa que un mes antes había encallado en un banco de arena entre las Islas Canarias y Cabo Verde,  a unos sesenta kilómetros de las ardientes costas de Mauritania.

Los rescatistas a bordo del bergantín L’Argus encontraron en alta mar, casi por casualidad, una balsa precaria fabricada con los restos de la fragata. Encima de ella una escena escalofriante: colgando de improvisadas perchas y cables se balanceaban los girones de carne y los pedazos de cuerpos humanos aun sangrantes al lado de los cuales esperaban ansiosos, con los rostros desencajados,  los quince sobrevivientes brutalmente tostados por el sol y reducidos a los huesos.


A la deriva…


Todo comenzó el  17 de junio cuando la Medusa partió a  tomar posesión  de San Luis de Senegal,  colonia de África Occidental que Inglaterra había restituido a Francia. A bordo estaban el gobernador francés de la colonia con su familia, sus altos funcionarios, un grupo de científicos y  un batallón completo de infantería de marina. Estaba además la tripulación estimada en unas 160 personas. Al mando de la embarcación, un tal Hugues Duroy de Chaumereys, que había estado a punto de perder la cabeza con Napoleón por mantenerse fiel a Luis XVIII, actitud en virtud de la cual había recibido de la corona la dignidad de Capitán. Pero se trataba de un marinero prácticamente retirado del oficio.

Duroy de Chaumereys,  arrogante y torpe, desestimó  las recomendaciones de sus oficiales y tratando de apurar el viaje desvió el curso de la embarcación por casi un centenar de kilómetros. Pronto llegó la catástrofe. Luego de que La Medusa colisionara con el banco de arena, la tripulación respondió al pánico y el capitán ordenó evacuar la nave. Previsiblemente, los seis botes de salvamento se ocuparon de inmediato con el capitán, el gobernador y su familia, la mayoría de científicos y los altos oficiales. Las  personas restantes debieron apiñarse en  la balsa de aproximadamente  quince por ocho metros, construida  sin mayor esmero con las tablas, los pedazos del mástil, las cuerdas y las velas del barco.

El capitán había prometido que los botes salvavidas remolcarían  la balsa hasta la costa, pero solo dos horas después, sin explicación, se soltaron cuerdas que los unían y los 147 desgraciados, entre ellos una mujer, sumidos en el desespero y provistos de solo una caja de galletas, que se acabó el primer día, y unos cuantos barriles de vino, iniciaron un recorrido por el infierno que terminaría con la muerte para casi todos.




¡El horror, el horror!

La primera noche murieron veinte, ignoramos cómo: los asesinaron, se suicidaron resignados a su suerte  o sencillamente se los llevó el mar, que inundaba los bordes de esa embarcación de pesadilla. En los días siguientes la carnicería fue atroz: decenas de hombres amotinados, ebrios de vino y miedo, intentaron destruir la balsa a lo cual los pocos oficiales armados que iban a bordo respondieron con un ataque que dejó 65 muertos y un número indeterminado de heridos a quienes en los siguientes días, cuando ya los acechaba la locura o la muerte, se los llevó el mar o simplemente murieron de hambre.

Cuando el vino escaseaba, relató Henri Savigny, médico sobreviviente, las raciones debieron completarse con agua salada y orina. Al cabo de cuatro días se reportaron los primeros casos de canibalismo.  Savigny declaró a la prensa que al principio esa alternativa le resultaba atroz, pero entre más pasó el tiempo comprendieron que era la única posibilidad para seguir viviendo.Los pedazos de cuerpo y carne humana colgados que aterrorizaron a los rescatistas eran las raciones puestas a secar al sol.

Luego de rescatados, cinco de los quince famélicos sobrevivientes  no pudieron evitar comer más de la cuenta, considerando su delicadísima situación, y murieron de indigestión.

La historia contada por Géricault

Theodore Géricault, artista emblemático del Romanticismo, quiso pintar a sus 27 años un cuadro que lo consagrara en el Salón Oficial de 1819 y le ganara el reconocimiento de sus contemporáneos. Su procedimiento fue similar al de un reportero del siglo XX: quería relatar en su pintura hechos de la vida real, lejanos a las ensoñaciones históricas grandilocuentes y edulcoradas del Neoclasicismo, muy a su manera empezaba a allanar el camino de Courbet y probablemete no quería parecerse a David. Se entrevistó con los sobrevivientes y rastreó la prensa. Se mudó a un enorme estudio cercano a un hospital donde le permitieron hacer estudios de los cadáveres y de los enfermos agonizantes. De una manera vehemente  dibujó cientos de  bocetos  y mandó a construir una maqueta  a escala de la balsa.

Sin embargo fue el tiempo el que se encargó de atribuirle el estatus que se merecían tanto Gericault como su pintura.  ‘Esena de un naufragio’, nombre con el que fue presentada la obra al Salón, no fue comprada por Luis XVIII como esperaba el joven pintor, y esa apuesta suya por un arte monumental y grandioso no fue plenamente comprendida por el público que prefirió ver su notable carga política.

El naufragio de la fragata la Medusa fue uno de los grandes escándalos de la época en Europa por que evidenciaba el desprecio y el olvido al que la clase dirigente y aristocrática sometía al pueblo. La prensa de oposición francesa se ensañó con un gobierno que muy a regañadientes destituyó a 200 oficiales de marina y a un ministro tratando de resarcir su imagen ante la opinión pública del continente entero.

Los Salones Oficiales eran eventos artísticos organizados en gran medida para favorecer el nombre de la Corona, por lo cual  resulta curioso que solo dos años después Gericault, en un gesto  a primera vista ingenuo  participara con aquella obra. Pero la decisión tal vez no fuera casual. Como el cobarde Capitán de la Medusa, recientemente el artista había  huido de una gran responsabilidad que la vida puso en su camino: el  romance clandestino con la esposa de su tio materna había dado como resultado un hijo que la familia entregó en adopción apresuradamente para evitar la deshorna, la madre fue enviada lejos.

Gericault asumió la creación de su obra maestra como una suerte de apostolado, como la purga de un hombre que había fracasado esencialmente en la vida. Trabajó durante casi dos años, sin descanso. Al finalizar intentó suicidarse y murió en 1824 como consecuencia de las graves heridas  que le produjo una caída mientras montaba a caballo.


Nuestra historia, una balsa de la Medusa
La balsa de la Medusa
De niño vi por primera vez una reproducción de la balsa de la Medusa en cierta enciclopedia y desde entonces sentí una enorme fascinación por la gran energía y la tensión contenidas en esa pintura abrumadora. Con el tiempo pensé que la historia de todos esos hombres desgraciados era similar a la historia de los pueblos latinoamericanos: dejados al garete por sus gobernantes y avocados a matarse entre sí para sobrevivir. Hace unos años intenté un collage de casi cuatro metros de ancho con cartones y viejos tablones usados anteriormente como techos y paredes para reproducir un mapa de Colombia que parecía transformarse el aquella balsa pintada por Géricault. El resultado no fue del todo deplorable, pero quedó lejos de parecerse a lo que  esperaba. Sin embargo, como ocurre con frecuencia, al final terminé sintiendo gran simpatía por  este, el primer boceto de la obra.